A LO QUE PRESTAMOS ATENCIÓN FLORECE. Un texto de Sharon Salzberg.

Hoy compartimos un texto de Sharon Salzberg de su libro “La auténtica felicidad” en el que nos recuerda que a lo que prestamos atención florece, y a lo que no, se marchita.

A lo que prestamos atención florece.

 “El psiquiatra pionero William James escribió a principios del siglo xx: «Mi experiencia es aquello en lo que acepto concentrarme. Sólo aquellas formas a las que presto atención dan forma a mi mente». A su nivel más básico, la atención (las cosas a las que nos permitimos prestarles atención) determina literalmente el modo en que experimentamos el mundo y navegamos por él. La capacidad para fijar y mantener la atención es lo que nos permite buscar trabajo, hacer malabares, aprender matemáticas, cocinar tortitas, coger el taco y meter la bola ocho en la tronera, proteger a nuestros hijos o realizar una operación quirúrgica. Nos permite tener un criterio en nuestros tratos con el mundo, mostrarnos receptivos en nuestras relaciones íntimas y ser sinceros a la hora de examinar nuestros propios sentimientos y motivos. La atención determina nuestro grado de intimidad con nuestras experiencias cotidianas y moldea por completo nuestra sensación de conexión con la vida. El contenido y la calidad de nuestras vidas dependen de nuestro nivel de conciencia, hecho del que normalmente no somos conscientes.

Puede que usted haya oído alguna vez esa historia que suele atribuirse a un anciano indio americano y que pretende poner de manifiesto el poder de la atención. Es la siguiente: un abuelo (a veces es una abuela) que le está dando una lección de vida a su nieto le dice: «Hay dos lobos que luchan en mi corazón. Uno de ellos es vengativo, miedoso, envidioso, rencoroso y embustero. El otro es cariñoso, compasivo, generoso, sincero y sereno». El nieto le pregunta qué lobo ganará la batalla y el abuelo le responde: «El que yo alimente». Pero eso sólo es una parte del panorama global. Es cierto que cualquier cosa que reciba nuestra atención florece, así que, si le prodigamos nuestra atención a lo negativo y lo inconsecuente, acabará por superar a lo positivo y lo significativo. Pero, si hacemos lo contrario y nos negamos a reconocer o a aceptar lo difícil y lo doloroso haciendo como si no existiera, nuestro mundo se desbaratará. Cualquier cosa que no reciba nuestra atención se marchitará o se esconderá bajo nuestra percepción consciente, desde donde seguirá afectando a nuestras vidas. Ignorar lo doloroso y lo difícil no es más que otra forma de alimentar al lobo.

 La meditación nos enseña a abrir nuestra atención a todas las experiencias humanas y a todo lo que forma parte de nosotros. Estoy segura de que conoce la sensación de tener la atención dividida entre el trabajo y la familia, el señuelo de los entretenimientos electrónicos y el constante parloteo de la mente (aquella pelea matutina con su compañero que se reproduce en su cabeza, una letanía de preocupaciones sobre el futuro o de lamentos sobre el pasado, la repetición nerviosa e infinita de la lista de cosas que debe hacer ese día…). Partes de esa banda sonora mental pueden no ser más que viejos discos que se instalaron ahí en la infancia y que llevan sonando tanto tiempo que ya casi quedan fuera de nuestra atención consciente. Puede que se trate de comentarios poco amables sobre el tipo de persona que somos o de prejuicios o asunciones acerca de cómo funciona el mundo (por ejemplo: «Las niñas buenas no hacen esas cosas», «No se puede confiar en los hombres/las mujeres» «Siempre hay que aspirar a ser el mejor»). Es posible que ya ni siquiera nos demos cuenta de los mensajes que nos enviamos a nosotros mismos, sino sólo de la ansiedad que perdura en su estela. Esas reacciones tan habituales normalmente son el resultado de una vida entera de condicionamientos: las primeras lecciones que aprendimos de nuestros padres y de nuestra cultura, que se basan tanto en enseñanzas explícitas como en pistas no verbales. Esa dispersión de nuestra atención puede resultar moderadamente frustrante y crear la vaga sensación de que siempre estamos descentrados o de que nunca estamos en verdad donde se supone que deberíamos. Puede ser desalentadora y dejar a la persona exhausta tras pasarse el día arrastrada por pensamientos inquietos y dispersos. E incluso puede ser peligrosa; piensen en lo que les pasa a los conductores que se distraen al volante. También podemos «quedarnos dormidos al volante» de otras formas; por ejemplo, desatendiendo nuestras relaciones o dejando de percibir lo que es realmente importante para nosotros y de actuar en consecuencia. Nos perdemos muchas cosas porque nuestra atención no está centrada o porque estamos tan seguros de que ya sabemos lo que ocurre que ni siquiera nos molestamos en buscar información nueva e importante. La meditación nos enseña a centrarnos y a prestar atención a nuestras experiencias y reacciones en el momento en el que surgen, así como a observarlas sin juzgarlas. Eso nos permite detectar hábitos mentales dañinos que hasta ese momento nos resultaban invisibles. Por ejemplo, en ocasiones basamos nuestras acciones en ideas que no hemos examinado con anterioridad («No me merezco amor», «No se puede razonar con la gente», «No soy capaz de enfrentarme a las situaciones difíciles») y que nos mantienen estancados en patrones improductivos. Una vez que seamos conscientes de esas reacciones reflejas y de cómo debilitan nuestra capacidad de prestar atención al momento presente, podremos hacer elecciones mejores y mejor fundadas. Asimismo, podremos reaccionar ante los demás de una forma más compasiva, más auténtica y más creativa.”

Texto extraído de ““El secreto de la felicidad auténtica”.

Editorial PLANETA. 2015.  


Sharon Salzberg nació en Nueva York en 1952. Una temprana comprensión del poder de la meditación para superar su sufrimiento personal determinó su dirección de vida. Sus enseñanzas y libros alcanzan actualmente una audiencia mundial de practicantes. Ofrece retiros no sectarios y oportunidades de estudio para participantes de diversos orígenes. Conoció el budismo en 1969, en un curso de filosofía asiática en su universidad. El curso suscitó un interés que, en 1970, la llevó a la India, motivada por “una intuición de que los métodos de meditación me traerían algo de claridad y paz”. En 1971, en Bodh Gaya, India, asistió a su primer curso intensivo. Pasó los años siguientes dedicada al estudio de la meditación con maestros altamente respetados. Regresó a los Estados Unidos en 1974 y comenzó a enseñar meditación vipassana. En 1976, estableció junto a Joseph Goldstein y Jack Kornfield, la Insight Meditation Society (IMS) en Barre, Massachusetts, que ahora se ubica como uno de los centros de meditación más prominentes y activos en el mundo occidental. (https://www.sharonsalzberg.com/)

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