AGRESIVIDAD INFANTIL. Tomar consciencia y encauzar su energía.

La agresividad y la violencia son temas que suelen preocupar mucho a madres y padres, así como a la mayoría de los profesionales de la educación. Esta entrada trata de ofrecer alguna orientación sobre un tema de tan enorme complejidad y señalar algunas herramientas para la reflexión.

El lector encontrará una distinción entre una agresividad positiva, indispensable para un desarrollo sano de la infancia y una agresión entendida como violencia culturalmente modelada, en la que su valor ha sido desnaturalizado y su fuerza se ha convertido en un impulso peligroso y destructivo, tanto para el propio niño como para la sociedad en la que vive. El temor a este último tipo de agresión nos conduce en ocasiones a inhibir o sustituir erróneamente la agresión positiva por otras formas de expresión, a reducir su necesaria e importante energía o a relacionarnos de forma confusa con el niño.

Dado que es la agresión positiva la que suele ser olvidada y provoca mayor confusión, esta entrada se ha centrado fundamentalmente en ella. Por un lado, porque sobre la violencia desbordada de nuestra cultura se escriben a diario líneas y líneas en todos los formatos. Por otro, porque comprendiendo las funciones positivas de la agresividad en el desarrollo del niño, comprenderemos también la violencia brutal y cotidiana de nuestra sociedad. Y sobre todo, porque es de este modo que podremos ayudar a nuestros hijos y niños a enfocar, aceptar y utilizar esta ineludible función humana, especialmente tomando nosotros mismos consciencia de ella.

La agresividad positiva

“Una agresividad considerable es un componente esencial de la psicología del niño, pues de otro modo le sería imposible romper los vínculos de dependencia, tomar resoluciones por sí mismo, conseguir la autonomía y fundar una nueva familia”. Así defendía el psiquiatra británico Anthony Storr el papel crucial e indispensable de la agresividad en el desarrollo sano de la infancia. (1)

La agresividad como fuente de autonomía .

Conforme el niño va alcanzando nuevas capacidades físicas comienzan sus primeros movimientos exploratorios hacia el mundo exterior. Los primeros indicios de autonomía del bebé significan también las primeras conductas de búsqueda y experimentación del mundo de una forma individual. Es por esto que se establece una profunda interrelación entre la movilidad y los primeros conatos de separación de la madre. Un proceso que culminará, si las circunstancias físicas, psicológicas y sociales son las adecuadas, muchos años después, permitiendo al entonces bebé afirmarse como un individuo adulto , seguro, estable y autónomo. Es en este sentido que muchos psicólogos, psiquiatras y etólogos evolutivos hablan del impulso agresivo positivo.

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La agresividad como respuesta a la frustración.

La agresividad es también la respuesta a la frustración de las necesidades del niño. Un bebé insatisfecho es en muchas ocasiones un bebé que manifiesta un repertorio considerable de comportamientos agresivos. Un niño hambriento, que duerme mal, con falta de contacto social, etc. es un niño que puede mostrar una irascibilidad exagerada, o repentinos ataques de ira fuera de contexto. Algunos autores señalan que este hecho condujo a la creencia educativa popular de que si el niño mantenía sus necesidades cubiertas no había de mostrar un comportamiento excesivamente agresivo y sin embargo, muchos lo mostraban.

Niños frustrados y niños dependientes.

La etología nos muestra que las dos funciones fundamentales de la agresión son la respuesta a la frustración y alcanzar la autonomía, por lo que si uno de las dos facetas se ve a amenazada las crías responde con conductas agresivas. Un niño bien alimentado, cuidado con amor, protegido, etc. puede manifestar comportamientos violentos si los cuidados recibidos no le permiten diferenciarse correctamente del núcleo familiar. Además, la experiencia de muchos clínicos indica que existe una relación directa entre el grado de hostilidad hacia una persona y el grado en que dependemos de ella. Esa es la tormentosa adolescencia que explota en niños y niñas para los que aparentemente la familia les ha dado una crianza adecuada, en el sentido de que ha satisfecho sus necesidades.

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Diferenciación y autonomía.

A veces olvidamos que una de las necesidades del niño durante su educación es recibir impulsos para alcanzar la autoafirmación y poder separarse del seno familiar. Como indicaba el terapeuta familiar Bowen, cuando la familia ha favorecido el proceso de diferenciación de los hijos la adolescencia no es en absoluto un periodo tormentoso. Se produce una transición enérgica, pero no violenta ni ansiógena para el sistema familiar.

Evidentemente no es fácil realizar esto. La capacidad de autonomía se relaciona con un apego seguro o una correcta autoestima, como hemos visto en entradas anteriores de este blog. El conjunto de condiciones que reúne un desarrollo saludable van más allá de los cuidados materiales y físicos y el amor por los hijos requiere también de invitarles a explorar el mundo, a separarse de nosotros. La dificultad de esto radica en que según las investigaciones realizadas, padres que aun no han podido diferenciarse psicológicamente de sus propios padres le es difícil promover esta autonomía en sus hijos. Así que, no se trata tanto de revisar o modificar nuestras pautas de crianza como de observarnos a nosotros mismos. Si como padres alcanzamos mayor seguridad, autoestima y logramos establecer una vinculación sana con nuestros propios padres, incluso aunque ya hayan desaparecido, seremos capaces de estimular mayor seguridad, autoestima y una sana vinculación con nuestros hijos.

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La cólera como emoción primaria.

Cuando pensamos en agresividad pensamos en palabras como cólera, rabia, ira, etc. Los estudios que han adoptado una visión darwiniana de las emociones, han detectado una serie de emociones denominadas básicas, es decir, un repertorio de emociones innatas que guían nuestro comportamiento y de la que por un proceso de refinamiento posterior surgen las más complejas como la culpa o la devoción.

Así, citando a Pérez, Redondo y León (2) “esta orientación defiende la existencia de una serie de emociones básicas, asumiendo que estas emociones básicas son innatas, cualitativamente distintas unas de otras y de las cuáles se derivan el resto de las respuestas emocionales Desde esta perspectiva la ira es considerada como una emoción básica que posee una expresión facial característica: cejas bajas, contraídas y en disposición oblicua; párpado inferior tensionado; labios tensos o en ademán de gritar; y mirada prominente. La expresión facial de ira ha sido descrita en muchos estudios, y se ha llegado a encontrar en bebés de cuatro y hasta de dos meses Sin embargo, parece que a medida que se avanza en el desarrollo de la persona y aumenta la complejidad de la relación de la persona con el ambiente, la ira estará elicitada en mayor medida por variables relacionadas con la interpretación que se hace de los eventos o de las situaciones, como, por ejemplo, las valoraciones sobre la violación de normas, o las atribuciones de responsabilidad hacia otro.”

colera primariaDe este modo, comprobamos como la agresividad conforma una parte esencial, primaria, innata, de nuestro repertorio emocional. Ha de recordarse en este punto que emoción proviene de emotio, movimiento o impulso, es decir, que desde una perspectiva adaptativa, su función biológica es mover, impulsar, guiar al organismo hacia los comportamiento correctos para su supervivencia

La agresión violenta socialmente modelada.

La cita anterior concluía afirmando que es a medida que se avanza en el desarrollo y aumenta la complejidad de la persona y su relación con el ambiente, que la ira comienza a ser provocada por interpretaciones socialmente mediadas, por responsabilizar a otros de cosas que nos suceden, por transgredir lo que consideramos las normas adecuadas o lo correcto, etc. Es decir, la ira se va volviendo una emoción de mayor complejidad y es en este punto cuando puede volverse dañina y por lo que la hemos socialmente estigmatizado. Dado que la ira adulta es abiertamente peligrosa en gran cantidad de ocasiones para uno mismo y para su entorno, se ha pensado que la agresividad de los niños y bebés se relaciona directamente con ella, inhibiendo la agresividad positiva que es indispensable para el desarrollo de una vida adulta saludable.

violencia
Es necesario observar los contextos socio-culturales en los que se establece el desarrollo de una persona para poder comprender la expresión de su agresividad. Para que un niño muestre una violencia física cotidiana y automatizada ha de haber experimentado una crianza y modelado en entornos propicios para ello. El testimonio de un delincuente habitual hallado en el libro de Parker y Thompson “The courage of his convictions” es un ejemplo radical de este punto:

La violencia se parece en cierto modo a las malas palabras: es algo con lo que una persona como yo se ha criado, algo a lo que me acostumbré desde muy temprano como parte de la escena diaria de mi infancia, se podría decir. No siento repugnancia ante la idea, como ustedes; no siento ninguna clase de aversión innata hacia ello. Hasta donde llegan mis recuerdos, siempre he visto el empleo de la violencia a mi alrededor: mi madre , que pegaba a los niños; mis hermanos y hermanas, que golpeaban a nuestra madre o a los demás niños; el vecino de abajo, que daba palizas a su mujer, etc”.

La agresividad culturalmente estigmatizada.

La violencia que se desarrolla como resultado de impulsos agresivos descontrolados es lo que ha llevado a gran parte de las personas, incluso a parte variable de los profesionales de la educación y la psicoterapia, a estigmatizar la agresividad humana como algo aborrecible. Sin embargo, ya hemos visto que la agresividad cumple un rol fundamental en el desarrollo saludable de las personas. Su presencia garantiza dos funciones de gran relevancia para culminar con éxito el proceso de crecimiento y maduración a todos los niveles. Por un lado, juega un papel fundamental en la emancipación del individuo, en la progresiva separación de la madre y la familia que le lleva a la autoafirmación adulta, al encuentro de su propia individualidad y, muy probablemente, a la creación y mantenimiento de su propia familia.

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A su vez, la agresividad permite al individuo reaccionar en la defensa de sus propios intereses garantizando su entrega a la satisfacción de sus necesidades más elementales. Es por esto, que muchas de las patologías y malestares del adulto se relacionen con una mala gestión de la agresividad, una represión de la misma o una exageración de ella. Algunos individuos socialmente invalidados o las personas en extremo dependientes son ejemplos de una mala gestión de la agresividad. Es de este modo que una persona que se ha criado en un clima de represión de la agresividad puede padecer grandes dificultades sociales y emocionales durante su desarrollo.

Como ayudar a nuestros hijos a manejar su agresividad.

La educadora y terapeuta Giuseppa Lulli (3) ha trabajado la agresividad en colegios de infantil y primaria. Sus observaciones pueden hacernos comprender las formas en la que nuestros hijos pueden vivenciarla.

Algunos alumnos expresan la cólera con comportamientos agresivos, violentos hacia las personas, las cosas y hacia sí mismos, generalmente son el grupo que en los colegios más nos preocupa por obvias razones…

Unos cuantos se alejan de la situación de conflicto y descargan la tensión expresando la cólera con producciones verbales y golpeando con patadas y puños algunos objetos (preocupan por dar un mal ejemplo a los otros)…

Otros la reprimen de inmediato para sustituirla por la tristeza, la pena; éstos revelan una clara incapacidad de conciencia hacia la cólera. Se podría pensar también que prueban un rechazo inconsciente, debido a influencias familiares y sociales. Han aprendido quizás que, en vez de una reprimenda, lo que obtienen es atención, aceptación por parte de los coetáneos o de los adultos. Pero a veces el alumno en cuestión puede obtener rechazo y desaprobación cuando su incapacidad lo lleva al victimismo. Una postura que igualmente no está bien vista ni aceptada porque crea bloqueo, inseguridad, impotencia, baja autoestima, renuncia…

Otros la reprimen disfrazándose con la alegría, la serenidad de quien expresa que todo va bien, de que no pasa nada. Los mas aceptado: el alumno pacifico, angélico, simpático, hasta cuando el bloqueo lo lleva a la somatización, y entonces el sistema escolar y familiar se enfrentarán con otro tipo de problema…

Todo esto revela una incapacidad en escuchar la cólera, reconocerla, aceptarla pero, sobre todo, vivirla.” (negritas nuestras)

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Aceptar la agresividad

Al fin y al cabo se trata de eso, de aceptar la agresividad como un componente crucial del ser humano. Como toda emoción básica una deformación posterior, por exageración, inhibición o mala asimilación, puede perturbar nuestra vida y la de los otros. El miedo es un aliado de nuestra seguridad, pero no el estrés, los ataques de pánico o la ansiedad crónica. La alegría es fundamental para nuestro desarrollo y socialización, pero una alegría falsa, que carece de autenticidad, que hemos enmascarado y enturbiado y no nos permite gozar de nuestra propia vida ni de la de los otros, compartir y celebrar. Con la agresión sucede lo mismo.

En el apartado anterior hemos visto como nuestros hijos y nosotros mismos podemos estar haciendo una mala gestión de nuestra ira:

– Manifestarla destructivamente, bien contra otras personas, bien contra nosotros mismos, secuestrados emocionalmente por ella.
– Desviarla sobre objetos para no dañar a personas, también aquí secuestrados por la emoción.
– Sustituirla por la tristeza, lo que puede conducir a la victimización.
– Sustituirla por la alegría, por lo que podemos somatizarla (las emociones llevan una profunda carga fisiológica, amainar cognitivamente la emoción no quiere decir que nuestro cuerpo suspenda la reacción).

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Así, vemos que podemos dar rienda suelta a la agresividad de una forma destructiva, pues nos vemos secuestrados, dominados por ella. O bien podemos no ser conscientes de ella, pues hemos aprendido en nuestro desarrollo que eso era lo mejor para sobrevivir y no sufrir, y cuando la agresividad nace en nosotros nos sentimos tristes o falsamente alegres.
Como hemos visto, la agresividad cumple dos funciones fundamentales, satisfacer nuestras necesidades cuando se ven frustradas y ayudarnos a alcanzar autonomía e independencia. Si nuestros hijos la reprimen o sustituyen por otras emociones, la agresión no está cumpliendo su función y no verán sus necesidades satisfechas ni lograrán ser personas autónomas. Si se ven dominados por ella, la energía que el organismo despliega para cumplir las funciones citadas se convierte en una mera descarga, en este caso destructiva, agreden a otros, a sí mismos o a objetos, pero sigue sin cumplir su función.

Cómo enfrentar la agresividad de nuestros hijos.

Lo primero es invitar a nuestros hijos a ser conscientes de la agresividad, la rabia, la ira, la cólera y otras emociones asociadas. Es el primer paso para no reprimirlas o enmascararlas, aceptar que forman parte ineludible de nosotros mismos.

Lo segundo es tratar de enseñarles a hacer una gestión adecuada de su agresividad, mostrarles vías de reacción con las queque pueden encauzar la energía desplegada hacia fines productivos. Si la agresividad es suscitada por respuesta a una amenaza del medio han de saber enfrentarla, si algo o alguien han boicoteado sus necesidades, etc. Se trata de enseñarles a confiar en ellos mismos, sentirse seguros y capaces.

Explorar nuestra propia agresividad como madres y padres.

Obviamente, como también dijimos anteriormente, todo lo descrito no es tarea fácil. Sobre todo porque para lograr transmitir a nuestros hijos tanto la consciencia de la agresividad, como la capacidad de encauzar su energía hacia fines productivos, es necesario que también nosotros seamos capaces de hacerlo. Le invitamos a reflexionar sobre ello. A investigar su propio funcionamiento con algunas preguntas:

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¿Expresa su agresividad? ¿Cómo reacciona a la agresividad de otros? ¿La inhibe? ¿Se siente automáticamente triste? ¿La disfraza de alegría, convenciéndose de que no pasa nada, de que no está enfadado? ¿Es consciente pero es incapaz de controlarla? ¿Se siente desbordado por el enfado? ¿Cómo utiliza la energía desplegada por la ira? ¿La usa para satisfacer sus necesidades, para autoafirmarse sin dañar a otros, de forma productiva tanto para sí mismo como para su familia y su sociedad? ¿Se desahoga rompiendo cosas, haciendo deporte frenéticamente, mientras trata de olvidar lo que la ha desencadenado? ¿Qué mecanismo usa para enfrentar su agresividad? ¿Es capaz simplemente de aceptarla como una parte imborrable de usted mismo? ¿Es capaz de aceptarse a usted mismo? ¿Se siente una víctima, indefenso, impotente para enfrentar la hostilidad de los otros? ¿Puede contener la energía desplegada y guiarla conscientemente para mejorar su vida y la de quienes le rodean?

Seguir creciendo nos permite ayudarles a crecer.

Las preguntas anteriores nos plantean cuestiones complejas que pueden ayudarnos a explorar nuestra propia relación con la agresividad. Como casi siempre, una de las mejores formas que tenemos de ayudar a nuestros hijos es ayudándonos a nosotros mismos. Seguir creciendo nos permite ayudarles a crecer. Sólo si expresamos con consciencia y productividad nuestra propia agresividad podremos trasmitírselo a ellos.

En multitud de ocasiones, durante el largo proceso de crianza y educación, en nuestra relación como familias, la agresividad desempeñará un papel de gran relevancia. La forma en que lo manejemos es la forma en la que los niños aprenderán a manejarlo. Por eso casi todas las indicaciones acerca de una correcta crianza o educación comienzan con nosotros mismos. No podemos exigirle una correcta gestión de la ira si nosotros nos sentimos desbordados por ella y nos tornamos destructivos. No podemos trasmitirle como usarla para defender nuestro lugar, satisfacer nuestras necesidades, respetarnos y respetar, si nosotros la negamos o le ensañamos a disfrazarla de alegría o tristeza.

Le invitamos a reconciliarse con su agresividad si la ha excluido de su vida por considerarla perniciosa. Recuerde que existe una agresividad positiva indispensable para la vida. Le invitamos a aprender a gestionar la energía agresiva de una forma productiva. Le invitamos a tomar consciencia de ella, aceptarla y encauzarla. Simplemente, comience por probar a observarse su propio funcionamiento y el de su familia. A veces, sencillamente darnos cuenta produce un cambio hacia el crecimiento.

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Notas
(1) Esta cita se encuentra en el interesante libro la Agresividad Humana, de Anthony Storr. Es un libro de 1968, escrito en clave etológica y de la psicología del desarrollo. Sigue y matiza postulados de Lorenz, Klein o Winnicott. Para algunos puede resultar algo antiguo en sus referencias, estilo y parte de su contenido. En la actualidad existe abundante literatura acerca de las emociones primarias, la gestión de las emociones o la inteligencia emocional. Esta nueva literatura divulgada especialmente por Ekman o Goleman cita investigaciones más actuales y se apoya en correlatos cerebrales.
(2) Esta cita está extraída de un artículo escrito por Pérez Nieto, Redondo Delgado y Leticia León, titulado “Aproximaciones a la emoción de ira: de la conceptualización a la intervención psicológica”, publicado en Revista Electrónica de Motivación y Emoción, en el volumen XI, número 28, en junio de 2008.
(3) Este texto es parte de un artículo más amplio titulado “La rabia: la hermanastra desconocida y rechazada de las emociones. Apuntes de trabajo terapéutico con la rabia. A la escuela con el cuerpo: La rabia, la hermanastra desconocida y rechazada de las emociones” escrito por Giuseppa Lulli y publicado en la página web del Institut Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet (http://elpuig.xeill.net/)