¿Cuál es el sentido de la vida? Respuestas y silencios desde la psicoterapia.

El sentido de la vida no es algo que se alcanza, se tiene o se comprende. No es algo externo a nosotros mismos que podemos conseguir. El sentido de la vida se construye mediante nuestras acciones y relaciones.

En esta entrada repasamos algunas de las respuestas (o silencios) que diversas escuelas psicoterapéuticas han generado al tratar con una de las cuestiones fundamentales del ser humano: la búsqueda de sentido, dirección y motivación para nuestra propia vida. En ocasiones, tratándose de una disciplina encaminada a paliar el sufrimiento, la respuesta es parecida a la parábola budista en la que un hombre agoniza herido por una flecha envenenada. Pregunta incansablemente por el autor, por el motivo del ataque o por cómo ha sucedido y mientras tanto, afanado en esas respuestas, no toma el antídoto que podría salvarle. Es como ir a buscar el pirómano cuando nuestra casa está ardiendo, dice el maestro zen contemporáneo Nhat Hanh. En muchos casos, la búsqueda de sentido, más que un camino para vivir una experiencia integrada, coherente y feliz, es el principal obstáculo para ello. Como escribía Thoreau: “La felicidad es como una mariposa. Cuanto más la persigues, más huye. Pero si vuelves la atención a otras cosas, viene y se posa suavemente en tu hombro”.

Sin embargo, adentrémonos en el tema.

No podemos encontrar el sentido, podemos sentirlo.

 Muchas de las perspectivas esbozadas sobre este tema, aluden, más que a una respuesta concreta a destacar errores en la pregunta que la convierten en irresoluble, generando un sufrimiento innecesario.

No podemos encontrar el sentido de la vida. No existe fuera de nosotros y nuestra relación con el mundo. El sentido de la vida no es algo que podamos comprender, sino, como su propio nombre indica, sentir. No se trata del “comprendido”, o el “percibido”, o el “interpretado” de la vida.

El fundador del análisis bioenergético, Alexander Lowen nos recordaba que en realidad no sentimos el entorno sino a través de su efecto en nuestro cuerpo, que en última instancia sólo sentimos nuestro cuerpo. “Cuando siento que tu mano es cálida al posarla en mi brazo, lo que estoy sintiendo es el calor de mi cuerpo al ser afectado por tu mano. En realidad, uno siente cómo su cuerpo reacciona al entorno o a los objetos externos y proyecta la percepción de esta sensación sobre el estímulo.” No podemos separarnos del mundo y buscar fuera de nosotros un algo que dé sentido a nuestra vida, pues ya no se trataría del sentido, sino de una ficción mental que nos separaría de nosotros mismos y por tanto de nuestra capacidad de sentir, donde emerge el sentido.

El sentido de la vida es algo que se produce al establecer relación con el mundo, al sentir el contacto y actuar en el mundo modificándolo. Buscar el sentido puede generarnos sufrimiento o ansiedad porque es un proceso imposible e inagotable. Quien desea hallar el sentido de la vida ha de comenzar por sentir, no pensar, elucubrar o interpretar.

El sentido en cada paso, no como camino.

Otra de las acepciones de sentido es la de dirección. Desde esa perspectiva podemos preguntarnos “¿Cuál es el sentido, la dirección, el propósito, o la trayectoria de mi vida?” Si lo buscamos infructuosamente nos sentimos desorientados. Buscarlo implica dar por hecho que existe un camino fuera de nosotros, una senda que ya está construida, una carretera que hemos de tomar para llegar a algún punto. Pero de nuevo esto es una ficción que nos aleja de nosotros mismos, y sólo nos hace sufrir. Machado escribía “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. En cada momento somos responsables de crear, elegir, actuar cada nuevo paso, y con ello crear el sentido. Actuamos, caminamos y al hacerlo el sentido de nuestra vida emerge, momento a momento, no como algo que ya está acabado, sino como algo que comenzamos, iniciamos, fundamos incesantemente. Cada nuevo paso genera el sentido de nuestra vida. Si nuestras acciones son aleatorias, automáticas o reactivas, el sentido de nuestra vida será aleatorio, automático y reactivo. Si nuestras acciones nacen de un acto de consciencia y amor el sentido de nuestra vida será la consciencia y el amor. Chogyan Trungpa escribió “que los obstáculos no están en el camino, sino que son el camino”.

Viktor Frankl, fundador de la logoterapia, generó toda una escuela psicoterapéutica basada en la búsqueda de sentido. En una serie de exitosas conferencias radiofónicas explicó: “A quien encuentra un sentido a su vida, esto le ayudará más que cualquier otra cosa a superar las dificultades exteriores y los sufrimientos interiores. De esto se deduce lo importante que es, desde el punto de vista terapéutico, ayudar al hombre a encontrar un sentido a su existencia, así como despertar en él el afán de encontrar una razón de ser…” Luego añadió: “el hombre es responsable de encontrar ese sentido a su vida”.

La logoterapia propone transformar la pregunta “¿qué espero de la vida?”, por “¿qué espera la vida de mí?”. La primera pregunta conlleva una actitud pasiva y fatalista donde la el peso de nuestra vida está marcado por las circunstancias. La segunda implica la asunción de nuestra propia responsabilidad, nos convierte en hacedores y no en receptores de la vida y su sentido. Somos creadores activos, momento a momento, de nuestra propia existencia y su sentido.

Agnes Gonxha, conocida como la Madre Teresa de Calcuta, narra un proceso de asunción de la responsabilidad en el marco de sus creencias cristianas. Cuenta en una entrevista como se sintió sumida en una depresión al no encontrar sentido al sufrimiento en el mundo. El dolor que encontraba por doquier no casaba con su concepto de Dios y nada tenía sentido. De repente, contempló las cosas de forma diferente, ella era un instrumento de Dios para paliar en la medida de sus posibilidades el dolor en el mundo. Durante la sequedad de su depresión, buscaba fuera de sí las respuestas, la dirección y el sentido. Fue asumir su propio papel y responsabilidad lo que le permitió abrazar un entusiasmo fértil y encontrar un sentido y propósito definido a su vida. Se trata de un ejemplo religioso, pero el giro en la perspectiva y la dirección de la pregunta es paradigmático.

El propio Viktor Frankl comenta varios casos similares, comenzando por el suyo, en su obra terapéutica. En uno de sus más célebres libros sobre sus experiencias en campos de concentración durante el nazismo escribió “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino para decidir su propio camino…El talante con el que un hombre acepta su ineludible destino y todo el sufrimiento que lo acompaña, le ofrece una singular oportunidad- incluso bajo las circunstancias más adversas- para dotar su vida de un sentido más profundo. Esa libertad interior, que nadie nos puede arrebatar, es la que confiere a cada existencia una intención y un sentido, y en esa decisión personal reside la posibilidad de atesorar o rechazar la dignidad moral que cualquier situación difícil ofrece al hombre para su enriquecimiento interior”.

El error de buscar Mi sentido, como si estuviéramos separados del mundo.

Existe otra fuente de confusión. No estamos solos. Somos en relación. No existe ningún ser humano aislado de los otros y el mundo. El ser apartado, absolutamente autosuficiente y autónomo es de nuevo una ficción. En los dibujos animados toda la realidad puede desaparecer y el personaje queda a solas en la nada. A veces nos percibimos aislados como esos dibujos animados, como si todo pudiera desaparecer excepto nosotros, que quedaríamos “flotando” en la nada. Cuando nos percibimos de este modo, separados, y desde esa percepción errada buscamos el sentido de nuevo encontramos sufrimiento, angustia o insatisfacción.

Erich Fromm escribió a este respecto: “La vivencia de la separatidad es la fuente de toda angustia. Estar separado significa estar aislado, sin posibilidad alguna para realizar las capacidades humanas. De ahí que estar separado signifique estar desvalido, ser incapaz de aferrar el mundo -las cosas y las personas- activamente; significa que el mundo puede invadirme sin que yo pueda reaccionar… Por tanto, la necesidad más profunda del ser humano es la de superar esta separatidad, de abandonar la soledad.

El monje trapense Thomas Merton también escribió sobre el sufrimiento y la pérdida de sentido que entraña la ficticia vivencia de que somos entes separados del resto de personas y el mundo. “Sólo cuando nos vemos en nuestro contenido humano verdadero, como miembros de una raza que está planeada para ser un organismo y un “cuerpo”, empezamos a comprender la importancia positiva, tanto de los éxitos como de los fracasos y de los accidentes de nuestra vida. Mis éxitos no son míos: El camino para ellos fue preparado por otros. El fruto de mis trabajos no es mío: Porque yo estoy preparando el camino para las realizaciones de otros. Ni mis fracasos son míos: Pueden dimanar del fracaso de otros, mas también están compensados por las realizaciones de otros…El significado de mi vida no debe buscarse solamente en la suma total de mis realizaciones. Únicamente puede verse en la integración total de mis éxitos y mis fracasos, junto con los éxitos y fracasos de mi generación, mi sociedad y mi época… Todo hombre es un pedazo de mi mismo, porque yo soy parte y miembro de la humanidad…Nada, absolutamente nada tiene sentido, si no admitimos, con John Donne, que “los hombres no son islas, independientes entre sí; todo hombre es un pedazo del continente, una parte del todo”.

Desde esta perspectiva, cuando tomamos consciencia de que no estamos en el mundo, que somos el mundo, podemos sentir el ser, la realidad y la vida. Lo que la mente interpreta de ese sentir que participa activamente, que se siente ser y vida, es el sentido de la vida. Pero no es un sentido, es un sentir dinámico y ahí radica la última de las confusiones señaladas por la psicoterapia que abordaremos.

El sentido de la vida es un verbo.

El término sentido alude a algo petrificado, a una experiencia que es o que ha sido. Podemos decir “ese es el sentido” o “he sentido”. Pero el sentido de la vida es algo que fluye, que emana de esa sensación de ser y estar vivo. Por eso no es algo que podamos encontrar fuera, como algo acabado, concreto, limitado, como una cosa que podemos tener o sostener. El sentido de la vida es el sentir incesante de ser vivos.

Por eso, paradójicamente, para encontrar el sentido es necesario dejar de buscarlo. Puede ayudarnos el darnos cuenta, como hemos visto en los apartados anteriores, que el mundo y nosotros, el observador y lo observado se encuentran imbricados como lo están la vida y la muerte; que no existe un camino prefabricado, sino que el camino se hace en cada paso; que no somos seres aislados, separados del mundo, sino que somos mundo; y que el “sentido de la vida” no es un sustantivo sino un verbo. Que, en definitiva, se trata de sentir. Que es inútil buscarlo porque no podemos encontrarlo, pero sí podemos crearlo.

caminan