Fases en la superación del abuso sexual infantil en adultos.

FASES EN LA SUPERACIÓN DEL ABUSO SEXUAL INFANTIL EN ADULTOS

El proceso de superación de las personas que han padecido abusos sexuales en la infancia es largo y complejo. Existen diversas clasificaciones de las fases posibles que lo componen. Para esta entrada, hemos tomado la elaborada por Mic Hunter, psicólogo y terapeuta norteamericano con varias décadas de experiencia en el acompañamiento de esta situación.

Es preciso remarcar que dichas fases no son estrictamente lineales, no se trata de peldaños que hay que subir o bajar, sino de procesos interconectados, en el que avanzar en una de las etapas ayuda a avanzar en las otras. Aceptar lo sucedido, experimentar la rabia, la tristeza o el perdón, son aspectos de un mismo viaje de superación. Si bien, existe una lógica temporal, que suele observarse en el progreso de las terapias, creo que lo auténticamente provechoso es tomar esta clasificación como distintos aspectos que emergen una y otra vez a lo largo del proceso. Esta perspectiva puede ayudar a clarificar y comprender la compleja y emocionalmente confusa situación de quienes enfrentan la recuperación de abusos sexuales tempranos.

ETAPAS DE LA RECUPERACIÓN

De forma sucinta, puede describirse del siguiente modo:

  1. Negación: “nada ha sucedido…”
  2. Negociación: “algo ha sucedido, pero…”
  3. Rabia: “algo ha sucedido y no me gusta….”
  4. Duelo: “algo ha sucedido y ha tenidos graves consecuencias.”
  5. Aceptación/Perdón: “algo ha sucedido y he sanado de ello”

 

1. NEGACIÓN

La negación toma diversas formas. La más radical es la supresión de los recuerdos de abuso de la memoria consciente de la persona. Este mecanismo de protección conocido como amnesia disociativa es la forma más extrema de negación, pero no por ello infrecuente en casos de abusos sexuales en la infancia. En el reportaje de María Sahuquillo para el diario El País titulado “Abusaron de mí aunque no lo recuerde”, podemos leer: “El día que la Guardia Civil llegó y le enseñó las imágenes comenzó a sentirse enfermo. Todo estaba allí. Los fotogramas lo mostraban claramente. Los tocamientos. Los abusos. Todo lo que su mente había logrado arrinconar. Mario (nombre ficticio) no pudo continuar con su declaración policial…. Algunos habían olvidado los hechos. O pensaban que ocurrieron sólo una vez. Otros ni siquiera fueron conscientes de que habían sufrido abusos hasta que los vieron en la pantalla, años después.

En casos en los que el abusador forma parte del entorno cotidiano de la persona,  el que haya sucedido a una edad más temprana o la aparente normalidad de los hechos en la vida cotidiana, torna más posible el olvido.

Uno de los estudios más clarificadores sobre represión de recuerdos lo realizó la doctora Linda Meyer Williams. Entrevistó a 206 chicas de entre 10 y 12 años que habían ingresado en urgencias tras un abuso sexual.  En sus historias médicas se conservaron los análisis de laboratorio y las entrevistas con ellas y sus padres. Pasados 17 años, Williams pudo realizar entrevistas de seguimiento a 136 chicas, ya adultas, de las cuales, más de un tercio (38%) no recordaba el abuso documentado en las historias. Y 15 de ellas (el 12%), aseguraron que nunca habían sufrido abusos de niñas.

La amnesia fue un mecanismo defensivo de un niño en aras de su supervivencia y desarrollo. En la práctica profesional hay que ser extremadamente cuidadoso en el acompañamiento a este tipo de situaciones. Cuando el adulto está preparado, puede dar cabida en su consciencia a la realidad del abuso sufrido. No es necesario, y más bien puede ser contraproducente, escarbar en la memoria en busca de recuerdos. La memoria accederá a la consciencia, aunque sea doloroso, cuando la persona esté preparada para tolerar el malestar asociado. (Escribiremos una próxima entrada acerca de esto).

Otra forma menos radical de negación es conocida como supresión. La persona es capaz de conocer los hechos pero los suprime cuando alguna situación hace que emerjan a su consciencia. Por ejemplo, en un determinado momento un hombre mantiene una conversación con otro familiar sobre la herencia de su abuelo y esto despierta sus recuerdos del abuso. Acto seguido lo suprime y siente un conjunto de emociones trabadas, como enfado, impotencia, indignación o tristeza. Asumiendo la realidad del abuso padecido, todo este conjunto de pensamientos y emociones es comprensible y lógico, pero para ello habría de asumir plenamente lo sucedido y sus consecuencias. Lo que queda es una amalgama de malestar en el cuerpo y confusión emocional. De algún modo se conocen los hechos, pero se no se asume lo que esa información significa.

Mic Hunter usa el siguiente símil. “Si es costoso mantener un hecho en secreto para otras personas, imagina el coste de esfuerzo y energía de mantenerlo en secreto para nosotros mismos”. Toda esa energía y esfuerzo no está disponibles para otras áreas de la vida.

Otras consecuencias de la negación pueden ser miedos irracionales y pérdidas de control, o dificultad para empatizar con otras personas que están sufriendo. A veces, negar el propio sufrimiento y vulnerabilidad conlleva una dificultad para apreciar el sufrimiento y la vulnerabilidad de los otros.

El encuentro en grupos de personas que han atravesado experiencias similares, suele ser una importante ayuda en estos casos. También en la terapia individual se puede encontrar un lugar seguro en el que compartir y dar cabida con otro ser humano a lo acontecido. La escritura, como redactar cartas que no se enviarán,  experiencias creativas a través de la pintura o el collage, así como prácticas corporales, pueden ayudar a asumir y explorar la vivencia de lo ocurrido, así como el dolor, la confusión y otras emociones perturbadoras.

2. NEGOCIACIÓN

En muchas ocasiones las personas conocen lo sucedido, pero básicamente tratan de convencerse a sí mismas y  a los otros de que no ha existido un trauma asociado a ello. No es extraño oír en terapia al referir experiencias tempranas de abuso sexual expresiones como: “no fue para tanto”, “si, pero eso no me afectó”, “hay cosas mucho peores, eso no tiene nada que ver”, “no creo que eso pueda llamarse abuso”, “puede que tenga mucho de fantasía”, “no hay que ser tan dramático”, “su intención era buena, enseñarme sobre sexo”, “eso hace demasiado tiempo, ya lo que olvidado y perdonado”, “no veo motivo para hablar ahora de ello”, “yo era un niño muy malo”, “si auténticamente aquello me hubiera hecho daño yo lo hubiera parado”, “si, pero yo tengo gran parte de la culpa de aquello”, “si, pero…”.

La persona trata de negociar activamente que lo sucedido no ha tenido consecuencias traumáticas. En esta fase, las personas dedican energía y tiempo en demostrar que determinados sentimientos no se asocian al abuso. Uno de los mecanismos más patentes de la negociación es la duda. En determinados momentos, la persona se muestra clara y convencida de las consecuencias de lo ocurrido, de que no querían de que aquello sucediera y de que el abusador traspasó dañinamente los límites. A la sesión siguiente puede volver a afirmar que en realidad le gustaba o que él mismo lo provocó o que auténticamente no hubo un traspaso dañino de los límites, ningún motivo por el  que sentirse dolido o traicionado.

El pseudoperdón es otro de los hechos que pueden producirse en esta fase. Una persona puede negar que haya sucedido algo realmente nocivo. Y una semana después afirmar que sí lo fue, pero que ya lo ha perdonado y puede pasar página. Este perdón se produce sin experimentar las emociones asociadas al abuso. No hay una auténtica asunción de lo vivido y de lo que puede ser perdonado, por lo que la persona no experimenta la serenidad y la paz interior que suele acompañar al perdón auténtico, que nace de la aceptación plena de lo sucedido y sus consecuencias vitales. Este falso perdón es especialmente frecuente cuando la persona ha de seguir manteniendo contactos con el abusador, como una forma de protección frente a la vergüenza, la culpa o el cualquier tipo de enfrentamiento.

Otra forma de negociación suele mostrarse al comenzar una terapia individual o encuentros grupales. La persona puede razonar algo como lo que sigue: “Al fin lo he soltado, he revelado el secreto, me he quitado ese peso de encima. Ya puedo seguir tranquilamente con mi vida. No me hace falta volver, todo está bien al fin”:

Otro forma en la que la negociación tiene lugar es similar a lo que sigue: “lo que me ha pasado a mí es diferente a lo que le ha sucedido a esos niños, no creo que podamos estar hablando de lo mismo” La persona construye un compartimento mental en que están los niños abusados y traumatizados por ello y su caso no encaja allí. Lo que a él le ha sucedido es otra cosa, no un abuso propiamente dicho. A veces, para explicar esto refiere su consentimiento usando expresiones contradictorias como “fui una víctima voluntaria”, o “a mí me complacía”; “mi caso es distinto porque a mí me gustaba”.

Secreto y abuso son realidades inextricablemente unidas en la mayoría de los casos y este hecho marca la realidad de las vivencias posteriores. Hay situaciones en los que la persona puede buscar evidencias de lo sucedido, como el testimonio de otras personas o historias médicas. En otras esto es imposible. Sea como fuere, la progresiva aceptación de lo sucedido y sus consecuencias permite a la persona comprender cada vez mejor su presente, de modo que puede dejar el pasado en el pasado, pues ya no interfiere en su día a día y construir un futuro con mayor sentido y bienestar.

Aceptar el abuso como tal implica superar la culpabilidad y la responsabilidad de lo sucedido. Tomar consciencia de la desproporcionalidad y la indefensión vivida, de la transgresión y vulneración de los límites psicológicos  y físicos por parte de un adulto, supone también atravesar el asco que en muchos casos suele sentirse, la vergüenza y el miedo que han lastrado y teñido las vivencias desde entonces.

3. RABIA

Muchas de las personas que han padecido abusos se han sentido inhibidos  o temerosos gran parte de sus vidas. Sentir la rabia que nace de la aceptación de lo ocurrido y sus consecuencias puede ser una importante fuente de energía para el cambio. La rabia sana es un catalizador de la pasividad y el miedo al servicio de la recuperación de la persona. Sin embargo, también existe una rabia compulsiva y destructiva que puede sumir a la persona en mayor desconcierto y daño. Superar esta fase supone integrar la ira y el enfado que surgen al aceptar lo ocurrido.

A menudo es más fácil sentir la rabia al conectar con el dolor de otras personas. A muchos, le es más fácil sentir la indignación y el enfado cuando oyen historias de otros que al conectar con la suya propia, o al imaginar que lo que a él le ha sucedido le pasara a su pequeño sobrino.

Al ir conectando con la rabia, muchos experimentan pensamientos y emociones intrusivas con grandes cargas de agresividad. Pueden aparecer de repente y de forma sorpresiva pensamientos como deseos de atropellar a alguien mientras se conduce, estampar a un pequeño animal que se sostiene contra la pared o reprimir unas repentinas ganas de gritar en público. No pocas veces, si aparecen, estos pensamientos generan extrañamiento y perturbación. Algunos piensan que se están volviendo locos.  Otras veces, lo que sienten es un enfado sumamente desmedido frente a un hecho más bien anodino. Desde una perspectiva terapéutica, la idea es ir dirigiendo la agresividad al abusador, para que no se manifieste forma indiscriminada contra uno mismo o contra todo y todos. Poco a poco, este redireccionamiento de la rabia, permite a la persona dejar de sentirse invadido y sobrepasado por la potente energía de la ira

Escribir cartas que ayuden a integrar los sentimientos de rabia, los pensamientos y energía despertados puede ser una fuente de ayuda. La situación original era asimétrica e injusta. Un niño no puede hacer nada frente a un adulto para defenderse de la agresión. Martin Symonds ofrece una forma paradójica de reparar. “Cada día que eliges vivir, destruyes el poder del abuso para destruirte”.

A veces aparecen sueños o fantasías en los que se golpea violentamente al abusador o a alguna figura asociada o incluso se le mata. Para algunos, este tipo de experiencias son satisfactorias y calmantes,  pero para muchos, como los pensamientos intrusivos, son perturbadoras. Suele ser de ayuda recordar que soñar con ello no quiere decir que vayan a actuarse y poder releer esas fantasías a la luz de lo sucedido, aportando un contexto que calme el miedo a la locura o a la propia destructividad, de forma que estas fantasías se pongan al servicio de la recuperación y no lo obstaculicen, pues son expresiones lógicas de personas en tales circunstancias.

En otras ocasiones, puede ser recomendable una descarga de energía, bien golpeando de forma guiada, usando la voz o realizando determinado tipo de deportes. La energía que es capaz de movilizar la rabia es tan intensa que a veces en necesario descargarla activamente.

Poco a poco la rabia va direccionándose hacia el abusador y lo sucedido. La persona está enfadada cada vez más específicamente por lo vivido. Y cada vez más esa rabia va convirtiéndose en una expresión de la agresividad sana y natural, que como mamíferos podemos usar para el logro de una vida más plena. Desde una perspectiva etológica, la agresividad está al servicio de la diferenciación, la autoafirmación, evitar la frustración de nuestras necesidades, la protección de nuestros límites personales y obtener determinado tipo de satisfacciones. La baja autoestima, el retraimiento existencial y el miedo relacional característicos en muchas personas abusadas, puede verse transformado bajo el auspicio de la energía que una agresividad sana sabiamente canalizada puede proporcionar.

 

4. DUELO

Si eran la rabia, la ira o el enfado, las emociones que predominaban en la fase anterior, es la tristeza, la pérdida y el duelo las que definen esta nueva etapa. Aceptar la existencia del abuso y de sus consecuencias, no sólo produce un sentimiento defensivo de agresión y enfado, también supone atravesar un duelo por todo lo perdido. Un abuso deja huellas en la persona, hay determinadas experiencias que ya no volverán a ser las mismas. La infancia ha sido lastimada y hay consecuencias.

En esta fase se toma contacto con una pregunta: “¿qué es lo que he perdido, cómo me ha afectado? La autoestima, la capacidad de sentirse seguros, la inocencia o el poder confiar en los otros, son algunas de las áreas que las personas que han padecido abusos comentan con mayor asiduidad. Dependiendo de cada persona concreta, es la toma de consciencia de una vida en parte construida sobre el miedo, la desconfianza hacia uno mismo y los otros, la culpa, la vergüenza, la dificultad para establecer relaciones o una sexualidad alterada en alguna dirección, entre otras consecuencias, lo que genera esta fase de duelo.

Todo lo anterior se manifiesta en hechos concretos dependiendo de la historia de cada persona. Por ejemplo, el modo en que la vida sexual se ha visto trastocada, las relaciones íntimas, la cantidad de acciones que se han dejado de emprender por miedo, los largos episodios de ansiedad y confusión, como  algunas situaciones más bien anodinas sobrepasaban hasta el extremo, o la relación con las figuras de autoridad, etc.  En definitiva, todas las parcelas de la vida que se han visto empobrecidas y contaminadas por la experiencia del abuso. Todo lo dejado de hacer, todo el sufrimiento, todas las pérdidas que han quedado atrás.

Esta toma de consciencia de lo perdido aparece en muchas ocasiones como una mayor emotividad y apertura hacia la experiencia y las historias de otras personas. Algunos se encuentran llorando al ver el relato de víctimas de guerra en los telediarios, durante una manifestación contra el maltrato de género, o al oír la situación de miseria de unos niños que viven en la calle. A veces, la apertura a las emociones no siempre se relaciona de alguna manera con la propia experiencia del abuso. La apertura es tan intensa que personas que no se han considerado especialmente emotivas, se ven sorprendidas a sí mismas llorando por una música o el trato cariñoso de un perro. La persona comienza a contactar y sumergirse plenamente con las emociones que conlleva aceptar plenamente lo vivido y las pérdidas que ha acarreado en sus vidas.

Con frecuencia, durante los episodios de tristeza y llanto, la persona conecta de una forma muy vivida con el niño que fue y su tremendo sentimiento de soledad. Poco a poco las lágrimas tienden a nacer de un lugar cada vez más profundo, reconfortar y sanar. Como afirma Mic Hunter: “Los niños víctimas de abusos tienen dificultades para ser espontáneos y jugar porque tienen que tomar la vida  con seriedad. Es difícil centrarse en pasarlo bien cuando la noche anterior se ha sido forzado para mantener sexo oral con un adulto de la familia”. La fase de tristeza conlleva un contacto profundo con el niño interior, con su soledad como hemos dicho, pero también con esa espontaneidad y deseos de juego tan propios de la infancia, una forma de vivir que ha sido secuestrada por  la temprana vulneración de sus límites. La tristeza de esta fase se torna aliada de la recuperación, ya que no sólo expresa un llanto por la pérdida, sino que emerge del contacto con ese niño interior y su sed de vida y expansión.

Uno de las peores versiones de esta fase es quedar trabados en el papel de víctimas o sentirse de algún modo justificados a dañar a otros por haber recibido un daño cuando se era un niño inocente. Afirmarse en una identidad de víctima, es una forma de empobrecer la vida, enajenare de la responsabilidad del cambio y perpetuar el malestar propio y en las relaciones. En estos casos es necesario un movimiento terapéutico hacia la aceptación, el perdón y empoderamiento de la persona, de forma que pueda establecer una relación productiva con su pasado, parte de una historia que evoluciona en el presente hacia algo nuevo y mejor.

En este punto es necesario aclarar, que esto no tiene que ver con negar que se ha sido un niño abusado por una figura mucho mayor y más poderosa frente a la que se estaba completamente indemne, aceptación necesaria para la recuperación, sólo refiere algunas situaciones en los que la persona puede quedar atrapada en el papel de víctima impotente, anulando así su propio poder para superar la situación en el presente.

Escribir cartas de despedida a lo perdido, compartir las experiencias con otros o establecer contactos creativos con ese niño que se ha sido y de algún modo se sigue siendo, bien guiados mediante visualizaciones o dramatizaciones en terapia, o a través de postales u otras expresiones artísticas, así como el trabajo corporal, son formas de ayudar al proceso de recuperación en esta fase,  transformando la tristeza en crecimiento y plenitud.

 

5. ACEPTACIÓN Y PERDÓN 

La aceptación y el perdón son el desenlace deseado del proceso terapéutico. En esta fase, la  mentalidad y visión del mundo anteriores tienden a  disolverse. Cuando se ha sido abusado durante la infancia, la confianza en los otros y el mundo ha quedado devastada. La impotencia de un niño frente a un adulto supone un aprendizaje de vulneración, miedo e impotencia que configura toda una forma de ser en el mundo. Gran parte del proceso terapéutico se dirige a restablecer la confianza en dos direcciones. Por un lado aprender a confiar en que somos capaces de sostenernos emocionalmente y en que somos capaces de actuar adecuadamente frente a las diversas circunstancias que la vida nos presenta. No somos niños impotentes, sino adultos capaces.

Por otro lado, aprendemos a confiar en el mundo, en los otros, en las relaciones.  La experiencia del abuso no sólo mina la confianza en uno mismo, sino también las relaciones humanas, cuanto más si la persona era un familiar cercano, una figura de protección y no ha habido experiencias reparadoras posteriores. En esta fase la persona es capaz de abrirse más a los otros, porque además de confiar en su propia capacidad para sostener emocionalmente lo que suceda y gestionar los avatares que se presenten, confía también en otros seres humanos, en la existencia de relaciones seguras y auténticas.

Una consecuencia lógica de todo lo anterior es que la persona comienza a comportarse y actuar de formas novedosas e inéditas hasta el momento. Cuanto más avanza en esta nueva forma de vivir, más confianza gana y más poderosa se siente. Ambos procesos se fortalecen mutuamente. Conforme la confianza básica en uno mismo y el mundo, que fue sepultada por la experiencia del trauma, va restableciéndose, nace una nueva sensación de poder. Y cuanto más poder se siente y más se actúa de una nueva manera, más se confía en la propia capacidad y en que existen otras formas de vivir con mayor plenitud.

Dicho de otro modo, la mentalidad construida en base a la experiencia traumática, caracterizada por el miedo, la  desconfianza, la impotencia, y el retraimiento vital, da paso a una mentalidad construida en base a las nuevas experiencias que están teniendo lugar, caracterizada por el coraje, la confianza, el poder y la acción.

En esta fase, la persona es capaz de perdonarse a sí misma. En la medida que se acepta la objetividad de lo sucedido (la vulneración de los límites de un niño impotente por parte de una adulto más fuerte ) y todas las sensaciones subjetivas ya comentadas surgidas de ello, la culpa y la vergüenza tienden también a disolverse. Estos sentimientos de autoculpabilización son característicos en muchas personas abusadas durante la infancia. Cuando esta desoladora y deformada visión de ellos mismos se ve abandonada, la autoestima comienza a mejorar de forma natural.

Aceptar la realidad de lo sucedido con todas sus consecuencias es un camino difícil. Como se aprecia en las distintas fases, hacerlo implica contactar con fuertes emociones de rabia y atravesar un duelo por la inocencia y el goce perdidos. Una vez la persona ha podido atravesar la confusión, el enfado, la nostalgia, la ira y la tristeza por lo vivido hasta entonces está en condiciones de soltar las cargas del pasado para abrazar y construir activamente una nueva forma de vida más plena de disfrute y sentido.

Sólo podemos perdonar aquello que hemos aceptado como real en todas sus dimensiones y con todas sus implicaciones.  En palabras de Mic Hunter, “se trata más de una cicatriz que de una herida abierta”. De este modo, la enorme cantidad de energía que se utiliza en mantener vivo el resentimiento, puede ponerse al servicio de de otras cosas, como construir relaciones más significativas o emprender acciones encarnadas en nuestros valores más genuinos.

En este punto, es necesario aclarar algunas confusiones acerca de lo que significa perdonar, que tienden a complicar y obstruir el  proceso. El psicólogo Jack Kornfield lo explica en el siguiente texto, que introduce con el diálogo entre dos exprisioneros de guerra:

-“¿Has podido perdonar a tus captores?

– “¡No, jamás!

– “En tal caso, todavía te tienen prisionero”.

 “A veces se requiere perdonar lo imperdonable, liberando de modo consciente el corazón de las garras de las terribles iniquidades cometidas por otros. Sean cuales sea los traumas que hayamos sufrido en el pasado, debemos hallar la forma de seguir adelante. Es la única forma de sanar.

El perdón requiere coraje y claridad. Las personas se engañan al creer que el proceso consiste en perdonar y olvidar. EL perdón no olvida, ni condona el pasado. Reconoce lo que es injusto, doloroso e inicuo. Tiene el coraje de reconocer el sufrimiento del pasado y comprender las circunstancias que lo provocaron. Cuando perdonas, puedes decir también: “Jamás permitiré que esto vuelva a ocurrir. Jamás permitiré que vuelvan a causarme a mí o a otros ese sufrimiento”.

Perdonar no significa que debas  seguir en contacto con quienes te han herido. En algunos casos, la  mejor práctica es romper todo contacto con esas personas. A veces, durante el proceso de perdonar, es posible que un persona que te ha herido o traicionado quiera compensarte por el daño que te ha acusado, pero eso no requiere que te expongas a más sufrimiento. En última instancia, perdonar significa no excluir a otra persona de tu corazón.

A continuación, expone otra de las confusiones más habituales acerca del perdón. Perdonar no es un evento, algo que se hace y termina en un determinado momento. Perdonar es un proceso. Por esto, añade:

“La práctica de perdonar requiere tiempo. No consiste en fingir que nada ha pasado. Ni requiere que reprimas  o ignores el pasado. Perdonar puede requerir un largo proceso de angustia, coraje y tristeza, pérdida y dolor. Es un proceso profundo que honra de modo reiterado el sufrimiento y el dolor en el corazón. Con el tiempo, el perdón madura y se convierte en libertad para despojarnos total y definitivamente del trauma.”

Como expuse al principio del texto, estas etapas no son tanto una descripción cronológica, como una presentación de procesos simultáneos que tienen lugar en la recuperación y el acompañamiento psicológico de personas que han padecido abusos sexuales durante la infancia. Aunque existe cierta lógica temporal, estos procesos tienden a mantenerse vivos durante toda la terapia, reforzándose mutuamente unos a otros conforme son atravesados.

En muchas ocasiones, leer acerca del abuso sexual, si se ha padecido y aun la herida está muy abierta, puede resonar de forma dolorosa y hacernos sentir confusos o provocarnos malestar físico o emocional. Si el lector se encuentra en este caso, y leer esto le ha supuesto una experiencia perturbadora, le invitamos a cuidarse a sí mismo y parar un instante, darse un momento para procesar la experiencia, para sentir lo que esto le ha provocado, escribirlo o contarlo a alguien cercano si le sirve de ayuda, o simplemente darse un espacio para integrarlo antes de pasar a otra cosa, contactar con lo que necesita y si es posible procurárselo con amabilidad.

Espero que esta entrada sirva de apoyo, especialmente a las personas que se encuentran en esta situación, ya que una de sus características, más allá de las comentadas, es la confusión y el desconcierto, por lo que cualquier cosa que invite a clarificar y ordenar la turbadora experiencia que conlleva el abuso temprano puede ser de ayuda.


(Esta entrada ha sido escrita por Carlos López Castilla. Psicólogo sanitario y psicoterapeuta en CAIP Psicología. Si desea contactar con él puede hacerlo a través del siguiente enlace: contacto).

La descripción de las fases ha sido tomada de Mic Hunter, en su libro “Abused Boys. The Negelected Victims of Sexual Abuse” editado por Ballantine Books en 1990.

El texto de Jack Kornfield ha sido tomado de su libro “El mejor momento es ahora”, publicado por le editorial Urano en 2018.

 

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