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La Vida Auténtica. ¿Qué significa ser nosotros mismos? Erich Fromm

El experimento de la persona hipnotizada.

Para reflexionar sobre la autenticidad de nuestras vidas, Erich Fromm proponía un experimento mental. Imaginemos una persona que es hipnotizada. Durante el trance se le induce lo siguiente. Cuando se despierte tendrán grandes deseos de leer un manuscrito que creerá haber llevado consigo, cuando lo busque y no lo halle pensará que una tercera persona se lo ha robado y entonces se enojará mucho con ella. Por supuesto, también olvidará que todo ha sido preparado durante una sesión de hipnosis.

El sujeto se despierta. Entabla una conversación con otra persona : “Eso es precisamente lo que escribí en mi trabajo, voy a leérselo”. Lo busca y no lo encuentra. Piensa enseguida en la persona que el hipnotizador había declarado como culpable. “Ha debido de ser él”, piensa. Cree en ello y comienza argumentar su creencia. “En una ocasión mostró interés por mi trabajo, en otra me dijo que le costaba poner por escrito lo que piensa, etc.” Va ordenando información anterior de su relación con él de tal forma que su creencia sea coherente. Nunca antes había pensado ni sospechado esas cosas, pero ahora que cree que el culpable es él organiza la información de ese modo y genera nuevos pensamientos para que tenga sentido, en definitiva, racionaliza. La persona implicada se niega. A él le han robado y cada vez se enoja más, se siente impotente, rabioso, encolerizado. La ira aumenta.

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Imagine ahora que una persona entra de repente en la habitación. No sabe nada. Desea saber si lo que piensa y siente es coherente con los hechos. Nosotros que conocemos lo acontecido durante la hipsonisis sabemos que todo es infundado. Sabemos que lo que siente, piensa y desea, de alguna forma no es suyo. Para el que acaba de entrar nadie conoce mejor lo que siente y piensa que la propia persona que vivencia tales emociones y pensamientos, sin embargo nuestra visión es distinta. El hipnotizador podía haberle instado a sentir que el sabor de la piña, su fruta favorita, es muy desagradable, u obligarle a sostener con encono que la tierra es plana y no redonda.

¿Qué nos incita a reflexionar este experimento hipnótico? El sujeto quiere leer su manuscrito, piensa quién es el culpable y racionaliza sus motivaciones, siente una ira creciente. Estos tres actos mentales –voluntad, pensamiento y emoción, no son los propios, no se han originidado en su yo, sino que han sido puestos desde el exterior y son subjetivamente experimentados como si fueran propios. Aunque podamos estar convencidos de la espontaneidad de nuestros actos mentales, estos pueden ser el resultado de la influencia ejercida por otra u otras personas.

El falso yo

La incapacidad para obrar con espontaneidad, para expresar lo que verdaderamente uno siente y piensa, y la necesidad consecuente de mostrar a los otros y a uno mismo un pseudoyó, constituye la raíz de los sentimientos de inferioridad y debilidad. …No hay nada que nos avergüence más que no ser nosotros mismos y nada nos proporciona más orgullo y felicidad que pensar, sentir y decir lo que es realmente nuestro, afirmaba Erich Fromm.

El hombre malogra el únivo goce capaz de darle la felicidad verdadera -la experiencia de la actividad del momento presente- y persigue, en cambio, un fantasma que lo dejará defraudado apenas crea haberlo alcanzado: la felicidad ilusoria que llamamos éxito.
Cuando logra vivir, no ya de manera compulsiva y automática, sino espontáneamente, entonces sus dudas desaparecen… se da cuenta de que sólo existe un significado de la vida: el acto mismo de vivir.

La realización de yo implica la afirmación plena del carácter único del individuo.

Emociones.

La represión de los sentimientos espontáneos y, por tanto, del desarrollo de una personalidad genuina empieza tempranamente; en realidad desde la inciación misma del aprendizaje del niño.

En nuestra cultura, la educación conduce con demasiada frecuencia a la eliminación de la espontaneidad y a la sustitución de los actos psíquicos originales por emociones, pensamientos y deseos impuestos desde fuera.

Para elegir un ejemplo al azar, una de las formas más tempranas de represión de sentimientos se refiere a la hostilidad y la aversión (si se desa ampliar información seguir este enlace). Así, muchos de las emociones tratan de ser reprimidas, extinguidas, eliminadas del niño, que pronto a aprende a no ser consciente de las mismas y en consecuencia, a no ser capaz de recornocerlas en los demás. Con esto se instaura una especia de analfabetismo emocional.

Del mismo modo, también se enseña al niño a experimentar sentimientos ajenos, es decir, que no son suyos. Fromm cita en esta ocasión el muy frecuente caso de querer inculcar al niño en la más temprana infancia simpatía por la gente, en el sentido de deber representar actitudes amistosas con todas las personas con las que interacciona. Si la represión de la hostilidad era un ejemplo de supresión, los sentimientos amistosos son un ejemplo de falsificación. Durante la educación, una amplia gama de emociones espontáneas son reprimidas (cólera o miedo) o reemplezadas por pesudosentimientos.

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Pero en nuestra sociedad existe incluso una tendencia general de desaprobación de las emociones. El mundo afectivo es infravolorado frente al mundo racional. Ser emotivo, nos recuerda Fromm, llega en ocasiones a ser sinónimo de débil, enfermizo o falto de equilibrio y fortaleza. Esto conduce a escindir el universo emocional, una faceta humana inextinguible, del aspecto intelectual y en gran medida fuera del alcance de la consciencia. En gran cantidad de ocasiones no somos conscientes de lo que sentimos.

La psiquiatría y psciología modernas han desempeñado un importante papel en el proceso de prohibición de las emociones. Lo que se considera una personalidad “normal” en una persona que nunca está demasiado triste, airada o excitada. “Infantil” o “neurótico” señalan rasgos inconformes con lo convencional. Determinadas emociones son abolidas, determinadas intensidades y calidades también. Como nos recuerdan Vaughan y Walsh, del mismo modo que la persona enferma no encaja con la definición de “persona normal” creada por la ciencia actual, las personas especialmente sanas, en las que sus emociones están integradas con la totalidad de su ser, a la vez que mantienen un alto nivel de consciencia sobre su universo afectivo, no encajan tampoco con la definición de normalidad. Pero esto no quiere decir que estén enfermas, como a veces puede deducirse del concepto de normalidad esgrimido por la psiquiatría y psicología, sino que se trata de personas especialmente saludables.

Pensamientos.

Tal y como ocurre con las emociones, el pensamiento original y genuino de las personas es desaprobado. La educación, la familia, la cultura, la sociedad, llenan la cabeza de pensamientos preparados. Fromm nos recuerda que, como a los ancianos, enfermos y quienes carecen de poder, los niños suelen ser tratados con condescendencia. Ese trato desalienta profundamente el pensamiento independiente. A la vez, la insinceridad con la que el mundo adulto tiene a relacionarse con la infancia tiende a trasmitirles un mundo falsificado, una imagen ficticia, carente de veracidad. Es como si diéramos instrucciones para sobrevivir en el ártico a quien ha de prepararse para afrontar una vida en el Sahara.

Luego la escuela actual se basa en métodos educativos instruccionales, donde lo primordial es la asimilación de hechos, de información, una estrategia pedagógica basada en la pasividad del pensamiento original y la creatividad. Las cabezas de los estudiantes se llenan de decenas y cientos de hechos aislados e inconexos. A la vez, se inculca la idea de una objetividad imposible. El experto, con sus manos esterilizadas examina la verdad. Esta imagen también es enemiga del pensamiento original, porque éste parte de los intereses y deseos de la persona, de su particularísimo, único e irreplicable punto de vista. Pero la educación no trata tanto de generar personas con capacidad de crear pensamientos genuinos, auténticamente propios, de los que son legítimos emisores, sino de transformarlos en máquinas registradoras de hechos que transportan información vacía de una cabeza a otra.

A la vez, la mayor parte de los medios de comunicación, en una era en la que su presencia es radicalmente importante, parecen ejercer una sola función: la de confundir a los individuos. Todo es demasiado complejo para el hombre común, que ha de delegar parcelas altamente relevantes de su existencia (económía, política, moral) al juicio de expertos a veces completamente ajenos a su situación. Sólo los especialistas pueden comprender la realidad. El hombre común sólo puede sentir impotencia frente a una caótica maraña de datos.

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El estilo de los medios de comunicación tiende a fomentar dos tipos de actitudes. Por un lado genera escepticismo y cinismo en las personas interesadas por la información. Por otro una aceptación infantil de lo todo lo que afirme la autoridad.

En un informativo convencional de televisión es costumbre presentar la escena de un bombardeo y sus consecuencias: centenares de muertos, una ciudad arrasada, para acto seguido comentar el resultado de un partido de fútbol o anunciar una marca de jabón. Esta perspectiva erosiona toda imagen coherente y estructurada del mundo, Las cosas no componen una totalidad, sino que se suman desordenadamente, datos tras datos, información tras información, sin dirección ni sentido. Toda esa información embota al ser humano, entorpecen sus sentidos, los adormece. Frente a la viva y compleja realidad del mundo, el ser humano que ve la televisión o lee la prensa en internet, por citar dos ejemplos, vive una experiencia de indiferencia y chatedad.

El imperativo del egregio oráculo de Delfos: “conócete a ti mismo” mantiene su vigencia y su poder. Sólo el autoconocimiento puede conducir al hombre a asegurar la fuerza y la capacidad de vivir en plenitud, de desarrollar sus propios pensamientos, originales y únicos, su genuina forma de ser en el mundo.

Motivaciones

Lo mismo que se ha descrito sobre las emociones y el pensamiento sucede con la voluntad. Solemos creer que las mayor parte de nuestros problemas radican en un hecho, que no podemos conseguir lo que queremos, por lo que empleamos prácticamente toda nuestra energía en perseguir aquello que deseamos. Pero pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre un hecho fundamental, si auténticamente sabemos lo que queremos. ¿Persigo mis sueños o los de otros, mis auténticos deseos o los de mi familia y sociedad? ¿Mi voluntad es mi voluntad o algo ajeno a mí mismo? ¿De quién son realmente mis motivaciones?

En gran medida vivimos bajo la ilusión de saber lo que queremos. Socialmente se supone lo que hay que desear. Fromm reflexiona sobre esto: el hombre moderno es capaz de asumir una gran cantidad de riesgo por lograr metas que identifica como propias, pero teme profundamente asumir el riesgo y la responsabilidad de forjarse sus propios fines. Cuando los actores preparan una obra, una vez conocen la trama general pueden llegar a improvisar coherentemente fragmentos de textos, reacciones, detalles de la acción, pero no dejan de representar el papel que les ha sido asignado.

La debilidad de nuestro yo en la sociedad contemporánea ha aumentado nuestra necesidad de conformismo. Si no soy otra cosa que lo que creo que los otros suponen que yo debo ser.. ¿Quién soy yo realmente?

Si no logro satisfacer las expectativas de los demás no arriesgamos a perder la identidad de nuestra personalidad, con lo que comprometemos nuestra salud psíquica y nuestro funcionamiento en sociedad. Si nos adaptamos, si renunciamos a ser diferentes, acallamos nuestras dudas y ganamos seguridad. El precio es la frustración que vivimos cuando abandonamos nuestra individualidad y espontaneidad. Vivimos entonces como autómatas, biológicamente vivos, pero no emocionalmente, no nuestros pensamientos, no de un modo integral y consciente. Fritz Perls, el creador de la Terapia Gestalt, llamaba a este estado “cadáveres computantes”.

Hacia la vida auténtica

Estas líneas tratan de ser una invitación a la plenitud y espontaneidad de la vida. A tomar consciencia de que gran cantidad de pensamientos, emociones y motivaciones son sólo espejismos inoculados durante nuestra crianza, durante la educación reglada, diariamente por un determinado orden social. Sólo seremos libres de actuar según nuestra propia voluntad si realmente sabemos lo que queremos, pensamos y sentimos. Mientras nos ajustemos al mandato de autoridades anónimas adoptamos un yo que no nos pertenece. Cuanto más procedemos de este modo, más conformamos la apagada autenticidad de nuestro comportamiento a la expectativa ajena. Y nuestro sentimiento de impotencia crece. La conquista de nuestra libertad es un empeño activo en el que, paradójicamente, es necesario desprenderse, desnudarse, deshacerse, despojarnos de servidumbres y sumisiones, de hábitos que conducen nuestro destino sin que tomemos parte en ello. Una invitación a aprender desaprendiendo.

fromm hombre modernoDe barbaricarius.wordpress.com

NOTA:

  • Esta entrada ha tomado literalmente varios párrafos de la obra “La Vida Auténtica” de Erich Fromm, publicado por la Editorial PAIDÓS, en la colección Nueva Biblioteca Erich Fromm, en 2007, aunque no deja de contener material propio intercalado, y el original ha sido ordenado de forma que permitiera crear una exposición coherente de una de las ideas centrales de la obra. A saber, el concepto de falso yo en cuyo seno nuestras emociones, pensamientos y motivaciones no son genuinas.
  • También contiene referencias a la obra “dentro y fuera del tarro de la basura” de Fritz Perls
  • y al libro “Más allá del Ego. Textos de Psicología Transpersonal” de Vaughan y Walsh
  • Las imágenes de las citas han sido tomadas de dos páginas web cuya dirección detallamos a continucación. Las citas sobre el pasado y el hombre moderno se encuentran respectivamente en:
  1. http://frasescelebres.frasesparapensar.es/erich-fromm/
  2. https://barbaricarius.wordpress.com/2013/03/02/el-hombre-moderno-vive-bajo-la-ilusion-de-saber-lo-que-quiere/

Erich Fromm. El arte de amar.

En esta entrada citamos y resumimos algunos fragmentos de la obra “El Arte de Amar” de Erich Fromm, psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista. Una de las voces más fundamentales de la psicología. También conectamos con el video de una interesante entrevista subtitulada en español.


EL DOMINIO DE UN ARTE
Para llegar a dominar un arte no sólo es necesario un conocimiento teórico que permita una práctica juiciosa, sino también una dedicación constante y esforzada. Un músico virtuoso conoce todo el entramado teórico necesario para la ejecución de su instrumento, el conocimiento sobre el que fluye su arte y su técnica. A través de una práctica prolongada de estos conocimientos alcanza altas cotas de dominio. Esto no le sería posible de no entregar a la música gran parte de su tiempo y energía, de no priorizarla por encima de otras facetas de su existencia. Lo mismo sucede con cualquiera otra de las artes. El médico, conociendo el cuerpo humano y las enfermedades, se ejercita cotidianamente en el ejercicio de su profesión hasta lograr el punto culmen de dominio, la fusión entre los conocimientos teóricos y prácticos, la intuición. Puede concluirse que el logro de la intuición mediante la entrega existencial de tiempo y energía que esto requiere, es el pilar del dominio de todo arte, sea este la carpintería o el amor.


EL AMOR
 
“Ese deseo de fusión interpersonal es el impulso más poderoso que existe en el hombre, su pasión más fundamental, la fuerza que mantiene unida a la raza humana, al clan, a la familia y a la sociedad. La incapacidad para alcanzarlo significa insania y destrucción – de sí mismo o de los demás-. Sin amor, la humanidad no podría existir un día más.”. Sin embargo hay que explorar el amor, las distintas concepciones que pueden tomarse de esta palabra.
El “amor” como unión interpersonal. Esta visión entraña serias dificultades. La unión simbiótica tiene su patrón biológico en la relación establecida durante el embarazo entre madre y feto. En la unión simbiótica psíquica los cuerpos están escindidos, pero psicológicamente existe el mismo tipo de relación. La unión simbiótica tiene dos formas:
  • La forma pasiva. Esta forma es conocida como sumisión y clínicamente como masoquismo. El escape de la separatidad se logra mediante la conversión en parte de otra persona que la guía, decide por ella, la protege. De esta forma no es necesario tomar decisiones ni exponerse a riesgos. La persona sumisa jamás está sola, pero no es independiente. Puede describirse como una persona aun por nacer completamente, que aun no ha alcanzado su integridad. El sometimiento masoquista no es sólo hacia otra persona cuyos rasgos se engrandecen, sino a cualquier instrumento exterior ante el que se renuncia a la integridad, sea éste el destino, la enfermedad, las drogas, la música o el trance hipnótico. En definitiva, no se necesita resolver el problema de la existencia mediante la actividad productiva.
  • La forma activa es el sadismo. Sin bien las diferencias entre ambas formas son claramente constatables desde una visión externa, psicológicamente, desde la emocionalidad profunda, la diferencia es sólo una cuestión de forma. En ambas se produce la fusión sin integridad.
Frente a la unión simbiótica se halla el amor maduro: se produce la unión y se preserva la integridad. “En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos”.

EL AMOR: ACTIVIDAD PRODUCTIVA
El término actividad es ambiguo, por lo que ha de ser aclarado. Su sentido moderno es el de acción. Es activo el que construye una mesa, monta un negocio o practica algún deporte. Todo ello está dirigido hacia una meta exterior. Pasivo es aquel que permanece inmóvil y contemplativo, pues no “hace” nada. “En realidad, una actividad de concentrada meditación es la actividad más elevada, una actividad del alma, y sólo es posible bajo la condición de libertad e independencia interiores.” Así, las dos acepciones de actividad son: el uso de energía para el logro de fines exteriores y el uso de los poderes inherentes al ser humano, se produzcan o no cambios externos.
Esto puede describirse de otra forma. Spinoza distinguió entre afectos pasivos y activos, en los primeros el ser humano es impulsado, es él el objeto de motivaciones de las que no se percata (envidia, celos o ambición); en el segundo es libre, él es el amo de su afecto. El amor, por tanto, es una actividad, no un afecto pasivo, es un estar continuado, no un súbito arranque


AMAR ES DAR
En un sentido amplio, Fromm describe el carácter activo del amor afirmando que, fundamentalmente, amar es dar, no recibir. ¿Pero, qué es dar?
Un malentendido común es afirmar que dar es desprenderse de algo, “renunciar”. Quien no se ha desarrollado más allá de una etapa receptiva puede entenderlo así. El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero no sin recibir. Otros otorgan al acto de dar la dimensión de “sacrificio”, entienden por “es mejor dar que recibir”, “es mejor sufrir una privación que experimentar alegría”. Pero dar produce más felicidad que recibir, no porque sea sinónimo de privación, sino porque “en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad”.
Un ejemplo se halla en la esfera del sexo. El hombre se da a sí mismo, da su órgano sexual, en el orgasmo su semen y no puede dejar de darlo si es potente. La mujer permite el acceso al núcleo de su feminidad, en su acto de recibir, ella da. Si es incapaz de dar y sólo de recibir, entonces es una mujer frígida.
¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, su propia vida. Da su alegría, tristeza, conocimiento, comprensión, da “de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en ella. Al dar así realza el sentimiento de vida de la otra persona exaltando el suyo propio. No da por recibir, dar es ya una dicha exquisita. Pero al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la otra persona, y eso que nace a la vida, se refleja otra vez sobre ella; cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo que se le da en cambio. Dar implica hacer de la otra persona un dador, y ambas comparten la alegría de lo que han creado.”
El amor es un poder que produce amor. 
No sólo en el amor dar es recibir. El maestro aprende de sus alumnos, el auditorio estimula al actor, el paciente cura a su psicoanalista, siempre que no se traten como objetos, sino como personas productivas. “La persona ha superado la dependencia, la omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos y coraje para confiar en su capacidad para lograr el logro de sus fines.”
Mas allá de la acción de dar, “el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que implica ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas de amor. Esos elementos son: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.