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Enseñar a los niños a contactar con su sabiduría interior. Virgina Satir y la educación espiritual.

La espiritualidad es una de las dimensiones básicas del ser humano, nuestra sed de trascendencia es intemporal y tan connatural a nuestra especie como puede ser nuestro anhelo de razón, el empuje de nuestras emociones o el bipedismo. Desde escenarios diversos, hace tiempo que se viene planteando que el laicismo moderno no tiene porqué ser incompatible con esta faceta humana. El ámbito de la educación no ha permanecido ajeno a estas propuestas. El laicismo que define a los individuos, la sociedad y Estado como entes independientes de toda confesión religiosa es un interesante valor de la modernidad que habitamos, pero no es incompatible con la dimensión espiritual humana, semilla de muchas de las religiones organizadas. Así, no hemos de confundir tales religiones institucionalizadas con el germen del que emergen, condición natural de nuestro ser.

Actualizar nuestro potencial espiritual.

El proceso educativo trata de promover la mejor versión de las personas que participan de él. No estimular una correcta gestión de los sentimientos, capacidad de autocontrol, autoconocimiento sobre el universo afectivo y otras habilidades emocionales, puede generar personas socialmente torpes, carentes de empatía, incapaces de sentir y comunicar a un nivel profundo sus necesidades, así como de colaborar por suplirlas en los demás: futuros profesionales, compañeros, madres y padres emocionalmente incompetentes. Al fin y al cabo, personas que sufren y podría aliviar en parte su sufrimiento si aprendieran una serie de habilidades emocionales básicas. Del mismo modo, el cuidado de nuestro cuerpo (higiene, energía, resistencia, flexibilidad, etc.) o nuestra capacidad de razonar, pueden quedar muy lejos de la mejor versión de los futuros adultos si nadie en la familia o la Escuela, los dos escenarios por excelencia de socialización del niño, trabaja activamente por enseñar y transmitir el cultivo de tales posibilidades, de actualizar y realizar todo el potencial del que son capaces. Lo mismo sucede con la espiritualidad. Carentes de una educación espiritual, los niños pueden encontrar dificultades para conectar y confiar enla fuerza transformador de la vida, aprovechando el caudal de resiliencia, conocimiento y regeneración natural del crecimiento y el desarrollo; dificultades para senitrse parte de un todo más extenso del que forman parte, para aprender la humilidad de no desear imponer sus dictados a la totalidad de la creación, para  conectar a un nivel profundo con otros seres,  para sentirse plenamente integrados y dotados de un horizonte de sentido; para alcanzar estados de serenidad, sosiego y comprensión más allá de la intelectualización; así como  un largo etcétera de valores y caracterísitcas que definen la dimensión espiritual del ser humano.

Pero qué es la espiritualidad

La psicoterapeuta Virgina Saitr, especialista en el trabajo con familias, presenta el tema narrando su propia experiencia personal. “Mi comprensión personal de la espiritualidad se originó a partir de mis experiencias infantiles en una pequeña granja lechera de Wisconsin. Pude ver que las cosas crecían por doquier. A temprana edad comprendí que el crecimiento era una manifestación de la fuerza vital, una forma de expresión del espíritu… pude presenciar el nacimiento de mi hermano y me sentí maravillada; pude sentir su misterio, emoción y solemnidad”.

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Satir nos recuerda que sabemos cómo funciona el crecimiento, pero desconocemos como se inicia. “Ninguna planta crecía mejor porque yo lo exigiera o por temor a mis amenazas. Sólo crecían cuando encontraban las condiciones adecuadas y recibían los cuidados necesarios, aunque en mi opinión, estos incluyen el afecto”. Sólo cuando hemos recibido alimento podemos ofrecerlo a los demás de forma adecuada. “La creación de toda vida procede de una fuerza muy superior a la nuestra; el desafío de volvernos más humanos es permanecer abiertos y en contacto con dicha fuerza a la que damos diversos nombres, de los cuales Dios es el más socorrido. Considero que una vida exitosa depende de nosotros y de que aceptemos una relación con nuestra fuerza vital.”

Aprender a contactar con el milagro de la vida.

La propuesta de Satir es una invitación a contactar con el profundo milagro de la vida. La unión de dos células alberga todos los elementos de los complejos sistemas que originan una persona. “La fuerza vital no sólo supervisa el crecimiento de cada semilla, sino que canaliza la energía para que cada parte reciba todo lo que necesita”. Educar en la espiritualidad es encontrar la manera de atesorar, disfrutar, nutrir y utilizar eficazmente ese milagro.

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La educación, desde esta perspectiva, debería basarse en una actitud de veneración por la vida. En nuestro esfuerzo por cambiar y modelar conductas, corremos el grave riesgo de lisiar el cuerpo, aturdir la mente y aplastar el espíritu. “La curación, la vida y la espiritualidad son el reconocimiento del poder del espíritu… Cuando los individuos aceptan y encaran a su poder superior, surge una fuerza vital y se inicia la curación (al modo de Alcohólicos Anónimos, refiere como ejemplo). Hay miles de personas que han cambiado sus vidas de sufrimiento al seguir esta filosofía. No existe otra proposición que haya tenido un éxito semejante”.

Contactar con nuestra sabiduría interior, con la inteligencia universal.

La espiritualidad es también tomar consciencia de que somos manifestaciones únicas de la vida, que somos divinos en nuestro origen, recipientes que contienen todo lo que ha acontecido antes de que fuéramos lo que somos. Educar en la espiritualidad es también, en este sentido, transmitir formas para comunicar con esa vasta y profunda inteligencia interior, de desarrollar una intuición que nos permita beneficiarnos de ese inmenso caudal de sabiduría. Así, “la meditación, la oración, la relajación, la conciencia, el desarrollo de una elevada autoestima y de un gran respeto por la vida… son formas para entrar en contacto con mi espiritualidad.”

Educar desde el centramiento

Parte ineludible de una educación espiritual es promover e las personas la capacidad de estar tranquilos, de sentirse bien con ellos mismos y aprender a adoptar actitudes positivas. Satir llama a esto “estar centrado”. Desde esa posición se puede aprender “a amar sin condiciones al espíritu, aprendiendo al mismo tiempo a reconocer, reorientar y trasformar mi conducta para adecuarla a los ideales éticos y morales. Este es uno de los retos más importantes de nuestra época.” En resumen: “mi espiritualidad es comparable a mi respeto por la fuerza vital que se encuentra en mí y en todos los seres vivos.”

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El reto de la educación espiritual.

Uno de los retos ineludibles de la educación es promover el desarrollo multidimensional del ser humano, sin menoscabar ni privilegiar el enorme potencial de cada uno de los procesos o facetas que nos componen. Nuestra época y sociedad se debate entre formas institucionalizadas del fenómeno espiritual y el rechazo a todo lo que tenga que ver con la trascendencia y el contacto con esa “fuerza vital” de la que hablaba Satir. Da alguna forma un ser humano incapaz de todo contacto consciente con esta fuerza es un ser empobrecido. Es importante reconocer el potencial transformador de esta perspectiva. La espiritualidad no es algo privativo de determinadas religiones organizadas, ni se corresponde con la imagen banal, huera y superficial que en ocasiones se defiende desde determinadas tribunas del laicismo. La espiritualidad es una importante dimensión humana y como tal ha de ser nutrida para el beneficio personal y social, individual y colectivo, que supone uno de los principios y objetivos fundamentales de la actual educación pública.


 

Nota
El contenido de esta entrada ha sido extraído del libro de Virginia Satir “Nuevas Relaciones Humanas en el Núcleo Familiar”. También te puede interesar la entrada:

Cómo fomentar una auteoestima positiva en los niños. Virginia Satir y las Familias Nutricias

La Vida Auténtica. ¿Qué significa ser nosotros mismos? Erich Fromm

El experimento de la persona hipnotizada.

Para reflexionar sobre la autenticidad de nuestras vidas, Erich Fromm proponía un experimento mental. Imaginemos una persona que es hipnotizada. Durante el trance se le induce lo siguiente. Cuando se despierte tendrán grandes deseos de leer un manuscrito que creerá haber llevado consigo, cuando lo busque y no lo halle pensará que una tercera persona se lo ha robado y entonces se enojará mucho con ella. Por supuesto, también olvidará que todo ha sido preparado durante una sesión de hipnosis.

El sujeto se despierta. Entabla una conversación con otra persona : “Eso es precisamente lo que escribí en mi trabajo, voy a leérselo”. Lo busca y no lo encuentra. Piensa enseguida en la persona que el hipnotizador había declarado como culpable. “Ha debido de ser él”, piensa. Cree en ello y comienza argumentar su creencia. “En una ocasión mostró interés por mi trabajo, en otra me dijo que le costaba poner por escrito lo que piensa, etc.” Va ordenando información anterior de su relación con él de tal forma que su creencia sea coherente. Nunca antes había pensado ni sospechado esas cosas, pero ahora que cree que el culpable es él organiza la información de ese modo y genera nuevos pensamientos para que tenga sentido, en definitiva, racionaliza. La persona implicada se niega. A él le han robado y cada vez se enoja más, se siente impotente, rabioso, encolerizado. La ira aumenta.

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Imagine ahora que una persona entra de repente en la habitación. No sabe nada. Desea saber si lo que piensa y siente es coherente con los hechos. Nosotros que conocemos lo acontecido durante la hipsonisis sabemos que todo es infundado. Sabemos que lo que siente, piensa y desea, de alguna forma no es suyo. Para el que acaba de entrar nadie conoce mejor lo que siente y piensa que la propia persona que vivencia tales emociones y pensamientos, sin embargo nuestra visión es distinta. El hipnotizador podía haberle instado a sentir que el sabor de la piña, su fruta favorita, es muy desagradable, u obligarle a sostener con encono que la tierra es plana y no redonda.

¿Qué nos incita a reflexionar este experimento hipnótico? El sujeto quiere leer su manuscrito, piensa quién es el culpable y racionaliza sus motivaciones, siente una ira creciente. Estos tres actos mentales –voluntad, pensamiento y emoción, no son los propios, no se han originidado en su yo, sino que han sido puestos desde el exterior y son subjetivamente experimentados como si fueran propios. Aunque podamos estar convencidos de la espontaneidad de nuestros actos mentales, estos pueden ser el resultado de la influencia ejercida por otra u otras personas.

El falso yo

La incapacidad para obrar con espontaneidad, para expresar lo que verdaderamente uno siente y piensa, y la necesidad consecuente de mostrar a los otros y a uno mismo un pseudoyó, constituye la raíz de los sentimientos de inferioridad y debilidad. …No hay nada que nos avergüence más que no ser nosotros mismos y nada nos proporciona más orgullo y felicidad que pensar, sentir y decir lo que es realmente nuestro, afirmaba Erich Fromm.

El hombre malogra el únivo goce capaz de darle la felicidad verdadera -la experiencia de la actividad del momento presente- y persigue, en cambio, un fantasma que lo dejará defraudado apenas crea haberlo alcanzado: la felicidad ilusoria que llamamos éxito.
Cuando logra vivir, no ya de manera compulsiva y automática, sino espontáneamente, entonces sus dudas desaparecen… se da cuenta de que sólo existe un significado de la vida: el acto mismo de vivir.

La realización de yo implica la afirmación plena del carácter único del individuo.

Emociones.

La represión de los sentimientos espontáneos y, por tanto, del desarrollo de una personalidad genuina empieza tempranamente; en realidad desde la inciación misma del aprendizaje del niño.

En nuestra cultura, la educación conduce con demasiada frecuencia a la eliminación de la espontaneidad y a la sustitución de los actos psíquicos originales por emociones, pensamientos y deseos impuestos desde fuera.

Para elegir un ejemplo al azar, una de las formas más tempranas de represión de sentimientos se refiere a la hostilidad y la aversión (si se desa ampliar información seguir este enlace). Así, muchos de las emociones tratan de ser reprimidas, extinguidas, eliminadas del niño, que pronto a aprende a no ser consciente de las mismas y en consecuencia, a no ser capaz de recornocerlas en los demás. Con esto se instaura una especia de analfabetismo emocional.

Del mismo modo, también se enseña al niño a experimentar sentimientos ajenos, es decir, que no son suyos. Fromm cita en esta ocasión el muy frecuente caso de querer inculcar al niño en la más temprana infancia simpatía por la gente, en el sentido de deber representar actitudes amistosas con todas las personas con las que interacciona. Si la represión de la hostilidad era un ejemplo de supresión, los sentimientos amistosos son un ejemplo de falsificación. Durante la educación, una amplia gama de emociones espontáneas son reprimidas (cólera o miedo) o reemplezadas por pesudosentimientos.

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Pero en nuestra sociedad existe incluso una tendencia general de desaprobación de las emociones. El mundo afectivo es infravolorado frente al mundo racional. Ser emotivo, nos recuerda Fromm, llega en ocasiones a ser sinónimo de débil, enfermizo o falto de equilibrio y fortaleza. Esto conduce a escindir el universo emocional, una faceta humana inextinguible, del aspecto intelectual y en gran medida fuera del alcance de la consciencia. En gran cantidad de ocasiones no somos conscientes de lo que sentimos.

La psiquiatría y psciología modernas han desempeñado un importante papel en el proceso de prohibición de las emociones. Lo que se considera una personalidad “normal” en una persona que nunca está demasiado triste, airada o excitada. “Infantil” o “neurótico” señalan rasgos inconformes con lo convencional. Determinadas emociones son abolidas, determinadas intensidades y calidades también. Como nos recuerdan Vaughan y Walsh, del mismo modo que la persona enferma no encaja con la definición de “persona normal” creada por la ciencia actual, las personas especialmente sanas, en las que sus emociones están integradas con la totalidad de su ser, a la vez que mantienen un alto nivel de consciencia sobre su universo afectivo, no encajan tampoco con la definición de normalidad. Pero esto no quiere decir que estén enfermas, como a veces puede deducirse del concepto de normalidad esgrimido por la psiquiatría y psicología, sino que se trata de personas especialmente saludables.

Pensamientos.

Tal y como ocurre con las emociones, el pensamiento original y genuino de las personas es desaprobado. La educación, la familia, la cultura, la sociedad, llenan la cabeza de pensamientos preparados. Fromm nos recuerda que, como a los ancianos, enfermos y quienes carecen de poder, los niños suelen ser tratados con condescendencia. Ese trato desalienta profundamente el pensamiento independiente. A la vez, la insinceridad con la que el mundo adulto tiene a relacionarse con la infancia tiende a trasmitirles un mundo falsificado, una imagen ficticia, carente de veracidad. Es como si diéramos instrucciones para sobrevivir en el ártico a quien ha de prepararse para afrontar una vida en el Sahara.

Luego la escuela actual se basa en métodos educativos instruccionales, donde lo primordial es la asimilación de hechos, de información, una estrategia pedagógica basada en la pasividad del pensamiento original y la creatividad. Las cabezas de los estudiantes se llenan de decenas y cientos de hechos aislados e inconexos. A la vez, se inculca la idea de una objetividad imposible. El experto, con sus manos esterilizadas examina la verdad. Esta imagen también es enemiga del pensamiento original, porque éste parte de los intereses y deseos de la persona, de su particularísimo, único e irreplicable punto de vista. Pero la educación no trata tanto de generar personas con capacidad de crear pensamientos genuinos, auténticamente propios, de los que son legítimos emisores, sino de transformarlos en máquinas registradoras de hechos que transportan información vacía de una cabeza a otra.

A la vez, la mayor parte de los medios de comunicación, en una era en la que su presencia es radicalmente importante, parecen ejercer una sola función: la de confundir a los individuos. Todo es demasiado complejo para el hombre común, que ha de delegar parcelas altamente relevantes de su existencia (económía, política, moral) al juicio de expertos a veces completamente ajenos a su situación. Sólo los especialistas pueden comprender la realidad. El hombre común sólo puede sentir impotencia frente a una caótica maraña de datos.

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El estilo de los medios de comunicación tiende a fomentar dos tipos de actitudes. Por un lado genera escepticismo y cinismo en las personas interesadas por la información. Por otro una aceptación infantil de lo todo lo que afirme la autoridad.

En un informativo convencional de televisión es costumbre presentar la escena de un bombardeo y sus consecuencias: centenares de muertos, una ciudad arrasada, para acto seguido comentar el resultado de un partido de fútbol o anunciar una marca de jabón. Esta perspectiva erosiona toda imagen coherente y estructurada del mundo, Las cosas no componen una totalidad, sino que se suman desordenadamente, datos tras datos, información tras información, sin dirección ni sentido. Toda esa información embota al ser humano, entorpecen sus sentidos, los adormece. Frente a la viva y compleja realidad del mundo, el ser humano que ve la televisión o lee la prensa en internet, por citar dos ejemplos, vive una experiencia de indiferencia y chatedad.

El imperativo del egregio oráculo de Delfos: “conócete a ti mismo” mantiene su vigencia y su poder. Sólo el autoconocimiento puede conducir al hombre a asegurar la fuerza y la capacidad de vivir en plenitud, de desarrollar sus propios pensamientos, originales y únicos, su genuina forma de ser en el mundo.

Motivaciones

Lo mismo que se ha descrito sobre las emociones y el pensamiento sucede con la voluntad. Solemos creer que las mayor parte de nuestros problemas radican en un hecho, que no podemos conseguir lo que queremos, por lo que empleamos prácticamente toda nuestra energía en perseguir aquello que deseamos. Pero pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre un hecho fundamental, si auténticamente sabemos lo que queremos. ¿Persigo mis sueños o los de otros, mis auténticos deseos o los de mi familia y sociedad? ¿Mi voluntad es mi voluntad o algo ajeno a mí mismo? ¿De quién son realmente mis motivaciones?

En gran medida vivimos bajo la ilusión de saber lo que queremos. Socialmente se supone lo que hay que desear. Fromm reflexiona sobre esto: el hombre moderno es capaz de asumir una gran cantidad de riesgo por lograr metas que identifica como propias, pero teme profundamente asumir el riesgo y la responsabilidad de forjarse sus propios fines. Cuando los actores preparan una obra, una vez conocen la trama general pueden llegar a improvisar coherentemente fragmentos de textos, reacciones, detalles de la acción, pero no dejan de representar el papel que les ha sido asignado.

La debilidad de nuestro yo en la sociedad contemporánea ha aumentado nuestra necesidad de conformismo. Si no soy otra cosa que lo que creo que los otros suponen que yo debo ser.. ¿Quién soy yo realmente?

Si no logro satisfacer las expectativas de los demás no arriesgamos a perder la identidad de nuestra personalidad, con lo que comprometemos nuestra salud psíquica y nuestro funcionamiento en sociedad. Si nos adaptamos, si renunciamos a ser diferentes, acallamos nuestras dudas y ganamos seguridad. El precio es la frustración que vivimos cuando abandonamos nuestra individualidad y espontaneidad. Vivimos entonces como autómatas, biológicamente vivos, pero no emocionalmente, no nuestros pensamientos, no de un modo integral y consciente. Fritz Perls, el creador de la Terapia Gestalt, llamaba a este estado “cadáveres computantes”.

Hacia la vida auténtica

Estas líneas tratan de ser una invitación a la plenitud y espontaneidad de la vida. A tomar consciencia de que gran cantidad de pensamientos, emociones y motivaciones son sólo espejismos inoculados durante nuestra crianza, durante la educación reglada, diariamente por un determinado orden social. Sólo seremos libres de actuar según nuestra propia voluntad si realmente sabemos lo que queremos, pensamos y sentimos. Mientras nos ajustemos al mandato de autoridades anónimas adoptamos un yo que no nos pertenece. Cuanto más procedemos de este modo, más conformamos la apagada autenticidad de nuestro comportamiento a la expectativa ajena. Y nuestro sentimiento de impotencia crece. La conquista de nuestra libertad es un empeño activo en el que, paradójicamente, es necesario desprenderse, desnudarse, deshacerse, despojarnos de servidumbres y sumisiones, de hábitos que conducen nuestro destino sin que tomemos parte en ello. Una invitación a aprender desaprendiendo.

fromm hombre modernoDe barbaricarius.wordpress.com

NOTA:

  • Esta entrada ha tomado literalmente varios párrafos de la obra “La Vida Auténtica” de Erich Fromm, publicado por la Editorial PAIDÓS, en la colección Nueva Biblioteca Erich Fromm, en 2007, aunque no deja de contener material propio intercalado, y el original ha sido ordenado de forma que permitiera crear una exposición coherente de una de las ideas centrales de la obra. A saber, el concepto de falso yo en cuyo seno nuestras emociones, pensamientos y motivaciones no son genuinas.
  • También contiene referencias a la obra “dentro y fuera del tarro de la basura” de Fritz Perls
  • y al libro “Más allá del Ego. Textos de Psicología Transpersonal” de Vaughan y Walsh
  • Las imágenes de las citas han sido tomadas de dos páginas web cuya dirección detallamos a continucación. Las citas sobre el pasado y el hombre moderno se encuentran respectivamente en:
  1. http://frasescelebres.frasesparapensar.es/erich-fromm/
  2. https://barbaricarius.wordpress.com/2013/03/02/el-hombre-moderno-vive-bajo-la-ilusion-de-saber-lo-que-quiere/

Técnicas de Meditación para niños y familias de Thich Nhat Hanh

Esta entrada reúne varias de las prácticas meditativas recomendadas por el maestro zen Thich Nhat Hanh para realizar con niñas y niños o en familia. Son prácticas profundas que pueden incrementar el bienestar de quienes las realizan. Incorporarlas a nuestra vida cotidiana puede transformar el sufrimiento.

Thich Nhat Hanh es un maestro budista de origen vietnamita asentado en Francia. Lleva años dedicado a promover y enseñar prácticas de atención plena, defendiendo que una mayor consciencia es el camino para transformarnos positivamente, tanto a nosotros mismos como a la sociedad. Las prácticas aquí reunidas son lo que su propio nombre indica, eminentemente prácticas. Se trata de técnicas que ha probado él mismo y en su propia comunidad y que se han demostrado eficaces en su trabajo con niñas, niños y sus familias.

En el libro, titulado en español, “Felicidad, prácticas esenciales de mindfulness” se recopilan una gran cantidad de ellas. En dicho libro se encuentra un apartado dedicado a la práctica con niños. De allí hemos obtenido el resumen que deseamos compartir.

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1. La comunicación en la familia. La familia como sangha

En muchas ocasiones, madres, padres, hermanos mayores, educadores, etc. pensamos que los niños no tienen suficiente experiencia, por lo que sus pensamientos y voluntad no son auténticamente importantes. Nosotros sabemos mejor que los niños como han de ser las cosas. Pero el amor verdadero brota de la comprensión. Un amor que no nace del entendimiento genuino es dañino, ya que podemos estar generando sufrimiento cuando deseamos hacer e bien. “El camino hacia el infierno está empedrado de buenas intenciones”, escribía Nietzsche, y así puede suceder cuando se trata de los niños. Creemos que sabemos lo mejor para ellos, pero ¿podemos saberlo auténticamente si no practicamos una escucha atenta? En este sentido la comunicación es imprescindible. Cuando las puertas de la comunicación se cierran madres y padres, hijos e hijas, hermanos y hermanas, todos sufren. Para evitarlo, Thich Nhat Hanh nos recomienda mantener un encuentro semanal y convertir la familia en una sangha, una comunidad de practicantes budistas. Hablar en ese encuentro de nuestras emociones y necesidades, de lo que sentimos sobre nosotros mismos y los otros. No es necesario, nos recuerda, convertirnos al budismo, convertir nuestro hogar en la extraña versión de un monasterio, simplemente se trata de vivir con atención y establecer prácticas que pueden sernos de ayuda.

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Trabajando como mediador familiar con adolescentes me he dado cuenta de que los conflictos tienden a amainar cuando las familias restablecen las vías de comunicación y aprenden a escucharse y hablarse. Usualmente se trata simplemente de eso. A veces, las familias comentan que en las sesiones se comprenden, se sorprenden incluso de ello, pero que al salir todo vuelve a ser lo mismo, se reinstaura la cotidiana dinámica del conflicto. Sin embargo, conforme avanzan las sesiones, poco a poco van aprendiendo, o reaprendiendo la capacidad de establecer una comunicación sincera con los otros miembros de la familia más allá de los encuentros en consulta y la intervención de un tercero ajeno al núcleo familiar. De este modo, y poco a poco, va expandiéndose al funcionamiento del hogar. Cuando esta generalización ha sucedido y comienza a asentarse la terapia o mediación va tocando a su fin y suelen manifestar un temor: “¿Sucederá de nuevo lo mismo?” ¿Se mantendrá la comunicación sin sesiones periódicas mediadas por un tercero neutral? La consigna es crear un espacio de mediación que ellos mismos gestionen. Yo suelo invitarles, tal y como hacían al acudir a nosotros, a crearlos fuera de la casa. Donde está la familia está el hogar. No tiene porque ser entre las paredes donde viven cotidianamente, esto puede ayudarle s a tomar distancia de las energías y recuerdos que impregnan el lugar donde realizan la vida cotidiana. De este modo, pueden ayudarse de tomar cierta distancia, acudiendo al parque p a una cafetería o a cualquier lugar en el que puedan conversar y todos estén a gusto para expresa lo que sienten, lo que necesitan, sus temores y deseos, sus anhelos y orgullos, su amor al cabo.

Thich Nhat Hanh recomienda esto centrándose en dos prácticas fundamentales dentro del budismo: el habla amorosa y la escucha atenta. Ambas son fuentes de comprensión, reducen el sufrimiento y estimulan un desarrollo sano e integral.

2. La escucha atenta y el habla amorosa.

Como padres podemos usar el lenguaje del amor o el de la autoridad. El primero nace de una escucha profunda, de un genuino entendimiento de las dificultades, ansiedades y sufrimientos del otro. Si no comprendemos a nuestros hijos difícilmente podremos establecer una comunicación genuina con ellos. A veces sólo oímos nuestro propio rumor cuando les hablamos, nuestras ideas y prejuicios sobre el mundo y las personas, nuestra propia experiencia pero no la de ellos. Anteponemos nuestro propio conocimiento, los estereotipos que nos hemos formado sobre ellos (estudioso, desorganizada, inteligente, perezoso, tímida, etc) antes que los hechos sin más. Oímos las palabras que deseamos escuchar (siempre miente, exagera, está minimizando lo ocurrido, etc) más que lo que auténticamente nos cuentan. Como comentábamos, anteponemos nuestro conocimiento, enteramente subjetivo, a los hechos y sus palabras, las de ellos y ellas, las de nuestras alumnas, hijos, hermanas, etc.

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Es por esto que Thich Nhat Hanh recomienda dos prácticas de gran profundidad. La escucha profunda y habla amorosa. Ambas se retroalimentan. Sólo si cultivamos la capacidad de oír sin más, sin contaminar todo lo que observamos con el velo de nuestras ideas preconcebidas, podremos hablar desde el amor y la comprensión. Y cuando comencemos a hablar desde el amor, aprenderemos a escuchar sin dejarnos guiar por los prejuicios y las ideas preconcebidas. Les prestaremos atención sólo a ellos, a los niños y niñas con los que nos relacionamos y nuestro respeto será profundo con su individualidad, con el milagro único y genuino que representan.

3. Meditación caminando con niños.

La práctica de la tención mientras caminamos tiene un sentido profundo en la tradición zen y Thich Nhat Hanh ha escrito múltiples páginas y enseñado en multitud de lugares a practicar la forma correcta de hacerlo. Si caminamos cultivando la plena consciencia acompañado de un niño él percibirá nuestra concentración y estabilidad. A veces los niños correrán de nuestro lado, adelantándonos. Nosotros percibiremos su frescura y su inocencia. Le recordaremos la posibilidad de prestar atención a cada uno de nuestros pasos.

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En Plum Village, una comunidad de practicantes en Francia en la que reside Thich Nhat Hanh , han desarrollado un método para practicar este tipo de meditación con niños. Cuando pasean los niños dicen “si, si, si” al inspirar y “gracias, gracias, gracias” al expirar. Con ello responden positivamente a la vida, la sociedad y la Tierra. También dan las gracias. Esta actividad suele gustarles mucho. Thich Nhat Hanh trata de trasmitirles este mensaje “cada uno de tus pasos te ayuda a llegar ¿Adónde? Al momento presente, al aquí y ahora. Y es que, para ser feliz, no necesitas absolutamente nada”. Si caminan con esa actitud, están practicando la meditación caminando.

4. Gestionar la ira. Respirando juntos.

Thich Nhat Hanh nos recuerda que las emociones son como las tormentas: llegan, permanecen un tiempo, a veces breve, a veces algo más largo, y luego acaban escampando. Cuando llegan, los niños están a merced de la tormenta. Sin embargo, como adultos podemos reconocer la tormenta, abrazarla y sonreír y hemos de trasmitir esta posibilidad a los niños. Fundamentalmente, necesitamos ejercer una atención focalizada sobre nuestra respiración y compartir la utilidad de este método con los niños.
Cuando un niño se siente desbordado por la emoción podemos sostenerle en brazos, tomarle de la mano e invitarle a practicar con nosotros. Al hacer esto compartimos con él nuestra estabilidad. Le invitamos a respirar juntos. Al inspirar nuestro vientre se expande, al espirar se contrae. Continuamos inspirando y espirando, atentos al vientre. Respiremos lentamente, juntos, hasta que la respiración del niño se hace más fuerte y pausada. Si nosotros permanecemos estables puede tomar de nosotros esa estabilidad, de este modo la espiración va aligerándose y la mente comienza a tranquilizarse.

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5. Gestionar emociones intensas. Llevar un guijarro

Para los niños y niñas que se enfadan con frecuencia Thich Nhat Hanh propone que lleven consigo un pequeño guijarro e ir a algún lugar especial dentro o fuera de la casa: bajo un determinado árbol, sobre una determinada alfombra, en algún lugar agradable de su habitación y decir: “Aquí está mi guijarro. Voy a practicar con él porque hoy tengo un mal día. Cada vez que me sienta enfadado o molesto lo tomaré con la mano y respiraré profundamente. Haré esto hasta que me tranquilice.” Hemos de enseñar al niño a llevar el guijarro en el bolsillo durante el día. Cuando se sienta enfadado puede tomarlo y decir: “inspiro y sé que estoy enfadado, espiro y cuido de mi rabia”. El enfado puede permanecer pero se sienten seguros. Al hacerlo durante un rato podrá calmarse y llegar a sonreír. “Inspiro y veo la rabia, espiro y sonrío”. Cuando es capaz de sonreír puede guardar el guijarro. Thich Nhat Hanh afirma que la atención plena actúa como las rayos del sol, no es necesario esforzarse, simplemente cuando sus rayos atraviesan algo ese algo cambia. La flor se abre al recibir el sol. La rabia se disipa cuando le prestamos atención. Frente al miedo o el enfado, los niños pueden practicar de este modo.

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6. Comida en familia.

Thich Nhat Hanh cuenta que preguntó a unos niños cuál era el propósito de desayunar. Uno le dijo que se hacía para tener fuerzas durante todo el día. Otro le contesto que el fin de desayunar era desayunar. Ese niño estaba en lo cierto, afirma Thich Nhat Hanh, pues el propósito de comer es comer. Para cultivar la armonía, recomienda en la medida de lo posible comer en familia al menos una vez al día

Antes de iniciar la comida también recomienda respirar silenciosamente, inspirar y espirar con atención al menos tres veces, mirar a los otros, darnos cuenta de que están allí, reconociendo su presencia. Prestamos entonces atención a seis contemplaciones:

1ª. El alimento es un regalo de todo el universo, de la tierra, la lluvia y el sol.

2º. Agradecemos a las personas que han hecho posible que el alimento esté allí, sean vendedores, agricultores o cocineros.

3º Sólo nos servimos la cantidad que vamos a comer.

4ª Masticamos con lentitud, atentos a los sabores y sensaciones de la comida, disfrutándola.

5º De ella tomamos energía para vivir, para amar y comprender.

6º Comemos para ser sanos y felices y amar a los demás como si fueran de nuestra familia.

Thich Nhat Hanh nos invita a compartir estas contemplaciones con los niños. Prestar atención durante la comida es ser amable con todas las personas que la han hecho posible. Si comemos distraídos y ausentes es como si despreciáramos s a todas las personas y circunstancias que han hecho posible que el alimento llegue a nuestra mesa. Además, si también escogemos con atención lo que comemos, de forma que sea saludable, incrementaremos nuestro bienestar.

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7. Invitar a la campana a sonar.

Thich Nhat Hanh, basándose en su experiencia de que cuando un grupo de personas respira unidas, sosteniendo su atención conjuntamente se produce un maravillo tipo de energía, ha ideado esta práctica de invitar a sonar. Se trata de tener una campana en casa o en clase. Todo integrante de la familia tiene derecho a hacerla sonar, con ello invita al resto de la familia a inspirar y espirar atentamente tres veces. Si alguien está enfadado o llora, sea madre, hijo o hermana, cualquier miembro puede invitar a la campana a sonar. Thich Nhat Hanh afirma que una sola semana de esta práctica puede incrementar el sosiego y el bienestar de una familia considerablemente.

Trabajando con niñas y niños en terapias de grupo suelo tener una campana o cuenco con sonido envolvente. Con ceremonia y atención la invito a sonar e invito a los niños a respirar conmigo, a volver al presente. Hago esto varias veces. Cuando la práctica se ha asentado y las situaciones se vuelven tensas, crispadas, o sencillamente alguien lo necesita o todos nos hemos dispersado en exceso evadiéndonos de la situación, podemos invitar a la campana a sonar. He podido comprobar que los niños suelen participar con agrado de esta práctica, especialmente si el sonido es cálido y envolvente, así de cómo todo el grupo nos beneficiamos de ella. En ocasiones, cuando he trabajado fuera o no me era conveniente llevar conmigo la campana, he llegado a llevar una aplicación del móvil en la que basta tocar con el dedo la imagen de una para que suene una reproducción bastante exacta del sonido. Esta práctica es capaz de contener las emociones del grupo y crear un productivo espacio de calma.

Thich Nhat Hanh realiza esta práctica con una enorme profundidad. Nos describe y recomienda su modo de hacerlo. Cuando invita a la campana a sonar tiene en mente un poema que le recuerda que cuerpo, palabra y mente han de estar en perfecta unidad, que su corazón viaja con el sonido y desea que quienes lo escuchen pueden trascender su sufrimiento. Tañe a medias la campana para que la gente puede prepararse. Luego comienza a tocar dando tiempo a que se inspire y espire tres veces. Escuchar atentamente el sonido y respirar, afirma, nos devuelve al presente, a nuestro verdadero hogar. Tres veces invita a la campana a sonar, dando tiempo suficiente para que quienes escuchan puedan realizar las tres respiraciones. La última invitación es la más larga. Afirma que puede escuchar la campana durante una hora o más, que hacerlo le nutre y sana.

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8. La habitación de respirar.

Thich Nhat Hanh nos cuenta una ocasión en la que preguntó a un niño qué hacía cuando sus padres se enfadaban y que éste le contestó: “cuando se ponen así sólo tengo ganas de escapar”. Y este es un buen ejemplo del sentir de muchas niñas y niños. Para esto recomienda la siguiente práctica. Cuando la familia está en un buen momento puede plantearse la posibilidad de crear una habitación o rincón para respirar. Un lugar agradable, para el que puede bastar una mesilla y una flor si la casa no es tan espaciosa como para reservar una estancia para ello. Cuando se enfaden han de acudir allí, invitar a la campana a sonar y respirar. Toda la familia ha de estar de acuerdo en ello y comprometerse, incluso puede realizarse un contrato que firme cada miembro de la familia. Thich Nhat Hanh cuenta que la naturalidad de los más pequeños suele jugar un papel de gran utilidad para sus padres. Cuando estos se enfadan y se ha de acudir a la sala de respirar uno suele estar en desacuerdo, atrapado en la emoción. Entonces muchos niños tienden a animarles hablando de acudir a la habitación de respirar. Este hecho suele hacerles tomar conciencia de lo que está sintiendo y prestar la atención correcta que puede transformarlo. Thich Nhat Hanh sugiere tres meses de esta práctica para comprobar cómo puede llegar a mejorar el clima familiar, así como sanar las heridas del corazón de los niños.

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9. El pastel de la nevera

Cuando un niño ve que sus padres están a punto de perder los estribos puede decirles algo del tipo: “¿te acuerdas del pastel que tenemos en la nevera?”. No se trata de un pastel real, simplemente de una consigna, una frase cotidiana que adquiere un valor simbólico. Como afirma Thich Nhat Hanh , se trata de un pastel que nunca se acaba. Cuando la madre, el padre o el abuelo escuchan esas palabras tiene la oportunidad de salir literalmente de la situación, apartarse de la discusión o la situación y tomando distancia tratar de serenarse. Luego, sosegados, pueden incluso preparar un pastel o algo que lo sustituya, algo apetecible a compartir. Se trata de una práctica para cuando aun no se tiene una campana o un lugar para respirar.

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10. La meditación de la naranja

A veces comemos una naranja y no estamos comiendo una naranja, sino una discusión pasada o una tarea por hacer. Saboreamos lo que nos ha dicho nuestro jefe o la pregunta ¿cómo vamos a llegar a fin de mes?, pero no la naranja. La tomamos sin consciencia. Para enseñar a los niños a disfrutar y concentrarse podemos practicar la meditación de la naranja.

Para ello nos sentamos cómoda y establemente. Contemplamos la naranja como contemplamos una obra de arte, o más aun como si se tratara de un fabuloso milagro. Sostenemos la naranja en la mano y nos serenamos respirando consciente y profundamente, Luego contemplamos la naranja. Tratamos de visualizar el naranjo del que procede. Imaginamos la lluvia y el sol, la flor que brota, la lenta transformación hacia la naranja que sostenemos. Así conectamos con el milagro de la vida. Luego la pelamos despacio. Prestamos atención a su tacto y al aroma que desprende. Luego depositamos un gajo en la boca y degustamos su jugo. Comemos así el resto de la naranja, atentos al modo en que el alimento y su sabor se expanden en nuestra boca. Como afirma Thich Nhat Hanh , el naranjo ha tardado unos tres, cuatro o seis meses en crear esa naranja que sostenemos en la mano. Si la comemos si prestar atención es como si la naranja no existiera. Como cuando tomamos un helado viendo la televisión, podemos no darnos cuenta cuando el helado ya ha terminado. Enseñar esta práctica a los niños es hacerles participar del milagro de la vida, del auténtico milagro de la presencia.

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11. Abrazar árboles.

La estabilidad y frescor del árbol tiene mucho que enseñarnos, afirma Thich Nhat Hanh . Recomienda que junto a los niños nos detengamos y toquemos un árbol, da igual que se trate de un roble, manzano o pino. Respiramos conscientes y palpamos atentamente su corteza. Le invitamos a conectar con el árbol y si quiere, puede luego abrazarlo. Thich Nhat Hanh nos recuerda que los árboles nunca rechazan los abrazos. Son fiables, están ahí. También su sombra cuando la necesitamos, esperándonos.

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12. El día de hoy

Existen el día de la madre, del padre, del amor, los santos, los cumpleaños, del trabajo, de la tierra, etc. ¿Por qué no declarar el Día de Hoy?, nos pregunta Thich Nhat Hanh. Para celebrar el Día de Hoy no se piensa en el mañana, sino sólo en lo que estamos haciendo. Cuando jugamos disfrutamos del juego, cuando comemos de la comida. Cuando bebemos sabemos que bebemos. En el Día de Hoy no vivimos preocupados por el resto de los días, pues se trata del día más extraordinario, del único que disponemos. Ayer no está y mañana aun no ha llegado. No existe otro que el Día de Hoy y hemos de celebrarlo, hemos de convertirlo en el día más importante de nuestra vida.

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Notas:

– Como mencionábamos al principio, las prácticas aquí recopiladas se encuentran en el libro: “Felicidad. Prácticas esenciales de plena consciencia.” Escrito por Thich Nhat Hanh y publicado por Editorial Kairos en 2009. En él se reúnen prácticas de minfulness agrupadas como: cotidianas, del comer, físicas, en relación y comunidad, extendidas y con niños.

– Quien desee profundizar en la visión de Thich Nhat Hanh y en su aplicación del budismo para transformar el sufrimiento de nuestras vidas, recomendamos el libro “EL corazón de las enseñanzas de Buda”.

– Si desean acceder a información relacionada con una iniciativa de Thich Nhat Hanh y su comunidad para llevar estas prácticas a las aulas recomendamos leer nuestra anterior entrada:

– Otras prácticas con niños como son “la meditación del guijarro” o “los cuatro mantras” no han sido descritas en esta entrada por no alargarla en exceso, ya que requerían de mayor detalle. Dada su profundidad y utilidad trataremos de dedicar alguna entrada posterior a las mismas.

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Erich Fromm. El arte de amar.

En esta entrada citamos y resumimos algunos fragmentos de la obra “El Arte de Amar” de Erich Fromm, psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista. Una de las voces más fundamentales de la psicología. También conectamos con el video de una interesante entrevista subtitulada en español.


EL DOMINIO DE UN ARTE
Para llegar a dominar un arte no sólo es necesario un conocimiento teórico que permita una práctica juiciosa, sino también una dedicación constante y esforzada. Un músico virtuoso conoce todo el entramado teórico necesario para la ejecución de su instrumento, el conocimiento sobre el que fluye su arte y su técnica. A través de una práctica prolongada de estos conocimientos alcanza altas cotas de dominio. Esto no le sería posible de no entregar a la música gran parte de su tiempo y energía, de no priorizarla por encima de otras facetas de su existencia. Lo mismo sucede con cualquiera otra de las artes. El médico, conociendo el cuerpo humano y las enfermedades, se ejercita cotidianamente en el ejercicio de su profesión hasta lograr el punto culmen de dominio, la fusión entre los conocimientos teóricos y prácticos, la intuición. Puede concluirse que el logro de la intuición mediante la entrega existencial de tiempo y energía que esto requiere, es el pilar del dominio de todo arte, sea este la carpintería o el amor.


EL AMOR
 
“Ese deseo de fusión interpersonal es el impulso más poderoso que existe en el hombre, su pasión más fundamental, la fuerza que mantiene unida a la raza humana, al clan, a la familia y a la sociedad. La incapacidad para alcanzarlo significa insania y destrucción – de sí mismo o de los demás-. Sin amor, la humanidad no podría existir un día más.”. Sin embargo hay que explorar el amor, las distintas concepciones que pueden tomarse de esta palabra.
El “amor” como unión interpersonal. Esta visión entraña serias dificultades. La unión simbiótica tiene su patrón biológico en la relación establecida durante el embarazo entre madre y feto. En la unión simbiótica psíquica los cuerpos están escindidos, pero psicológicamente existe el mismo tipo de relación. La unión simbiótica tiene dos formas:
  • La forma pasiva. Esta forma es conocida como sumisión y clínicamente como masoquismo. El escape de la separatidad se logra mediante la conversión en parte de otra persona que la guía, decide por ella, la protege. De esta forma no es necesario tomar decisiones ni exponerse a riesgos. La persona sumisa jamás está sola, pero no es independiente. Puede describirse como una persona aun por nacer completamente, que aun no ha alcanzado su integridad. El sometimiento masoquista no es sólo hacia otra persona cuyos rasgos se engrandecen, sino a cualquier instrumento exterior ante el que se renuncia a la integridad, sea éste el destino, la enfermedad, las drogas, la música o el trance hipnótico. En definitiva, no se necesita resolver el problema de la existencia mediante la actividad productiva.
  • La forma activa es el sadismo. Sin bien las diferencias entre ambas formas son claramente constatables desde una visión externa, psicológicamente, desde la emocionalidad profunda, la diferencia es sólo una cuestión de forma. En ambas se produce la fusión sin integridad.
Frente a la unión simbiótica se halla el amor maduro: se produce la unión y se preserva la integridad. “En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos”.

EL AMOR: ACTIVIDAD PRODUCTIVA
El término actividad es ambiguo, por lo que ha de ser aclarado. Su sentido moderno es el de acción. Es activo el que construye una mesa, monta un negocio o practica algún deporte. Todo ello está dirigido hacia una meta exterior. Pasivo es aquel que permanece inmóvil y contemplativo, pues no “hace” nada. “En realidad, una actividad de concentrada meditación es la actividad más elevada, una actividad del alma, y sólo es posible bajo la condición de libertad e independencia interiores.” Así, las dos acepciones de actividad son: el uso de energía para el logro de fines exteriores y el uso de los poderes inherentes al ser humano, se produzcan o no cambios externos.
Esto puede describirse de otra forma. Spinoza distinguió entre afectos pasivos y activos, en los primeros el ser humano es impulsado, es él el objeto de motivaciones de las que no se percata (envidia, celos o ambición); en el segundo es libre, él es el amo de su afecto. El amor, por tanto, es una actividad, no un afecto pasivo, es un estar continuado, no un súbito arranque


AMAR ES DAR
En un sentido amplio, Fromm describe el carácter activo del amor afirmando que, fundamentalmente, amar es dar, no recibir. ¿Pero, qué es dar?
Un malentendido común es afirmar que dar es desprenderse de algo, “renunciar”. Quien no se ha desarrollado más allá de una etapa receptiva puede entenderlo así. El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero no sin recibir. Otros otorgan al acto de dar la dimensión de “sacrificio”, entienden por “es mejor dar que recibir”, “es mejor sufrir una privación que experimentar alegría”. Pero dar produce más felicidad que recibir, no porque sea sinónimo de privación, sino porque “en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad”.
Un ejemplo se halla en la esfera del sexo. El hombre se da a sí mismo, da su órgano sexual, en el orgasmo su semen y no puede dejar de darlo si es potente. La mujer permite el acceso al núcleo de su feminidad, en su acto de recibir, ella da. Si es incapaz de dar y sólo de recibir, entonces es una mujer frígida.
¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, su propia vida. Da su alegría, tristeza, conocimiento, comprensión, da “de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en ella. Al dar así realza el sentimiento de vida de la otra persona exaltando el suyo propio. No da por recibir, dar es ya una dicha exquisita. Pero al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la otra persona, y eso que nace a la vida, se refleja otra vez sobre ella; cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo que se le da en cambio. Dar implica hacer de la otra persona un dador, y ambas comparten la alegría de lo que han creado.”
El amor es un poder que produce amor. 
No sólo en el amor dar es recibir. El maestro aprende de sus alumnos, el auditorio estimula al actor, el paciente cura a su psicoanalista, siempre que no se traten como objetos, sino como personas productivas. “La persona ha superado la dependencia, la omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos y coraje para confiar en su capacidad para lograr el logro de sus fines.”
Mas allá de la acción de dar, “el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que implica ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas de amor. Esos elementos son: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.