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Enseñar a los niños a contactar con su sabiduría interior. Virgina Satir y la educación espiritual.

La espiritualidad es una de las dimensiones básicas del ser humano, nuestra sed de trascendencia es intemporal y tan connatural a nuestra especie como puede ser nuestro anhelo de razón, el empuje de nuestras emociones o el bipedismo. Desde escenarios diversos, hace tiempo que se viene planteando que el laicismo moderno no tiene porqué ser incompatible con esta faceta humana. El ámbito de la educación no ha permanecido ajeno a estas propuestas. El laicismo que define a los individuos, la sociedad y Estado como entes independientes de toda confesión religiosa es un interesante valor de la modernidad que habitamos, pero no es incompatible con la dimensión espiritual humana, semilla de muchas de las religiones organizadas. Así, no hemos de confundir tales religiones institucionalizadas con el germen del que emergen, condición natural de nuestro ser.

Actualizar nuestro potencial espiritual.

El proceso educativo trata de promover la mejor versión de las personas que participan de él. No estimular una correcta gestión de los sentimientos, capacidad de autocontrol, autoconocimiento sobre el universo afectivo y otras habilidades emocionales, puede generar personas socialmente torpes, carentes de empatía, incapaces de sentir y comunicar a un nivel profundo sus necesidades, así como de colaborar por suplirlas en los demás: futuros profesionales, compañeros, madres y padres emocionalmente incompetentes. Al fin y al cabo, personas que sufren y podría aliviar en parte su sufrimiento si aprendieran una serie de habilidades emocionales básicas. Del mismo modo, el cuidado de nuestro cuerpo (higiene, energía, resistencia, flexibilidad, etc.) o nuestra capacidad de razonar, pueden quedar muy lejos de la mejor versión de los futuros adultos si nadie en la familia o la Escuela, los dos escenarios por excelencia de socialización del niño, trabaja activamente por enseñar y transmitir el cultivo de tales posibilidades, de actualizar y realizar todo el potencial del que son capaces. Lo mismo sucede con la espiritualidad. Carentes de una educación espiritual, los niños pueden encontrar dificultades para conectar y confiar enla fuerza transformador de la vida, aprovechando el caudal de resiliencia, conocimiento y regeneración natural del crecimiento y el desarrollo; dificultades para senitrse parte de un todo más extenso del que forman parte, para aprender la humilidad de no desear imponer sus dictados a la totalidad de la creación, para  conectar a un nivel profundo con otros seres,  para sentirse plenamente integrados y dotados de un horizonte de sentido; para alcanzar estados de serenidad, sosiego y comprensión más allá de la intelectualización; así como  un largo etcétera de valores y caracterísitcas que definen la dimensión espiritual del ser humano.

Pero qué es la espiritualidad

La psicoterapeuta Virgina Saitr, especialista en el trabajo con familias, presenta el tema narrando su propia experiencia personal. “Mi comprensión personal de la espiritualidad se originó a partir de mis experiencias infantiles en una pequeña granja lechera de Wisconsin. Pude ver que las cosas crecían por doquier. A temprana edad comprendí que el crecimiento era una manifestación de la fuerza vital, una forma de expresión del espíritu… pude presenciar el nacimiento de mi hermano y me sentí maravillada; pude sentir su misterio, emoción y solemnidad”.

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Satir nos recuerda que sabemos cómo funciona el crecimiento, pero desconocemos como se inicia. “Ninguna planta crecía mejor porque yo lo exigiera o por temor a mis amenazas. Sólo crecían cuando encontraban las condiciones adecuadas y recibían los cuidados necesarios, aunque en mi opinión, estos incluyen el afecto”. Sólo cuando hemos recibido alimento podemos ofrecerlo a los demás de forma adecuada. “La creación de toda vida procede de una fuerza muy superior a la nuestra; el desafío de volvernos más humanos es permanecer abiertos y en contacto con dicha fuerza a la que damos diversos nombres, de los cuales Dios es el más socorrido. Considero que una vida exitosa depende de nosotros y de que aceptemos una relación con nuestra fuerza vital.”

Aprender a contactar con el milagro de la vida.

La propuesta de Satir es una invitación a contactar con el profundo milagro de la vida. La unión de dos células alberga todos los elementos de los complejos sistemas que originan una persona. “La fuerza vital no sólo supervisa el crecimiento de cada semilla, sino que canaliza la energía para que cada parte reciba todo lo que necesita”. Educar en la espiritualidad es encontrar la manera de atesorar, disfrutar, nutrir y utilizar eficazmente ese milagro.

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La educación, desde esta perspectiva, debería basarse en una actitud de veneración por la vida. En nuestro esfuerzo por cambiar y modelar conductas, corremos el grave riesgo de lisiar el cuerpo, aturdir la mente y aplastar el espíritu. “La curación, la vida y la espiritualidad son el reconocimiento del poder del espíritu… Cuando los individuos aceptan y encaran a su poder superior, surge una fuerza vital y se inicia la curación (al modo de Alcohólicos Anónimos, refiere como ejemplo). Hay miles de personas que han cambiado sus vidas de sufrimiento al seguir esta filosofía. No existe otra proposición que haya tenido un éxito semejante”.

Contactar con nuestra sabiduría interior, con la inteligencia universal.

La espiritualidad es también tomar consciencia de que somos manifestaciones únicas de la vida, que somos divinos en nuestro origen, recipientes que contienen todo lo que ha acontecido antes de que fuéramos lo que somos. Educar en la espiritualidad es también, en este sentido, transmitir formas para comunicar con esa vasta y profunda inteligencia interior, de desarrollar una intuición que nos permita beneficiarnos de ese inmenso caudal de sabiduría. Así, “la meditación, la oración, la relajación, la conciencia, el desarrollo de una elevada autoestima y de un gran respeto por la vida… son formas para entrar en contacto con mi espiritualidad.”

Educar desde el centramiento

Parte ineludible de una educación espiritual es promover e las personas la capacidad de estar tranquilos, de sentirse bien con ellos mismos y aprender a adoptar actitudes positivas. Satir llama a esto “estar centrado”. Desde esa posición se puede aprender “a amar sin condiciones al espíritu, aprendiendo al mismo tiempo a reconocer, reorientar y trasformar mi conducta para adecuarla a los ideales éticos y morales. Este es uno de los retos más importantes de nuestra época.” En resumen: “mi espiritualidad es comparable a mi respeto por la fuerza vital que se encuentra en mí y en todos los seres vivos.”

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El reto de la educación espiritual.

Uno de los retos ineludibles de la educación es promover el desarrollo multidimensional del ser humano, sin menoscabar ni privilegiar el enorme potencial de cada uno de los procesos o facetas que nos componen. Nuestra época y sociedad se debate entre formas institucionalizadas del fenómeno espiritual y el rechazo a todo lo que tenga que ver con la trascendencia y el contacto con esa “fuerza vital” de la que hablaba Satir. Da alguna forma un ser humano incapaz de todo contacto consciente con esta fuerza es un ser empobrecido. Es importante reconocer el potencial transformador de esta perspectiva. La espiritualidad no es algo privativo de determinadas religiones organizadas, ni se corresponde con la imagen banal, huera y superficial que en ocasiones se defiende desde determinadas tribunas del laicismo. La espiritualidad es una importante dimensión humana y como tal ha de ser nutrida para el beneficio personal y social, individual y colectivo, que supone uno de los principios y objetivos fundamentales de la actual educación pública.


 

Nota
El contenido de esta entrada ha sido extraído del libro de Virginia Satir “Nuevas Relaciones Humanas en el Núcleo Familiar”. También te puede interesar la entrada:

Cómo fomentar una auteoestima positiva en los niños. Virginia Satir y las Familias Nutricias

Cómo fomentar una autoestima positiva en los niños. Virginia Satir y las familias nutricias.

La palabra autoestima se ha incorporado al vocabulario coloquial, pasando a formar parte común del discurso colectivo. Ingentes libros de autoayuda, películas y expresiones han popularizado su uso. Para algunos la palabra ha llegado a vaciarse de ciertos sentidos realmente importantes, significados que de alguna forma se han trivializado. En esta entrada queremos restituir un concepto fundamental para la comprensión del ser humano, su calidad de vida y la de sus relaciones familiares y sociales.
Para ello tomamos la guía de una de las mujeres que dio un uso de mayor profundidad, claridad y utilidad al concepto que tratamos de restituir. Nos referimos a Virginia Satir, psicoterapeuta familiar y trabajadora social, especialista en comunicación. Ella la definía así:

“La autoestima es la capacidad de valorar el yo y tratarnos con dignidad, amor y realidad. Cualquier persona que reciba amor, estará abierta al cambio”.

Satir afirmaba que tras años de trabajo con variados tipos de familias de toda clase económica y social, así como tras asimilar y reflexionar sobre sus propias experiencias vitales, la autoestima se le había revelado como un elemento crucial para entender qué sucede “dentro “ y “entre” los individuos

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La persona con alta autoestima positiva.

Una persona capaz de tratarse con justicia, con humanidad y compasión, capaz a su vez de respetarse y apreciarse amorosamente es también una persona que manifiesta un comportamiento socialmente integro, sincero, responsable y empático con los otros, una persona que traduce su amor en acciones concretas.
Si tenemos fe en nuestra competencia podemos pedir ayuda sin problemas conservando la confianza. Sólo si somos capaces de respetarnos a nosotros podemos respetar a los otros. Sabemos entonces que no tenemos que actuar basándonos exclusivamente en lo que sentimos, que podemos ayudarnos de nuestra inteligencia para dirigir nuestros actos. Nos aceptamos íntegramente.
Por supuesto, todos podemos sucumbir a la crisis. Sin embargo, una persona con una elevada autoestima puede permitirse entender dichas eventualidades como lo que son, momentos pasajeros a los que se puede sobrevivir.


Una persona con autoestima negativa.

Si pensamos y sentimos que nuestro valor es escaso, asumimos que merecemos el mal trato y el desprecio, ser engañados o ignorados por los otros. Si aguardamos lo peor bajamos la guardia y lo peor ocurre. Construimos un muro falsamente protector a nuestro alrededor, aislándonos de un mundo amenazante.
Una de las consecuencias fundamentales de una autoestima negativa es el miedo. Nos tornamos temerosos, nos autolimitamos, nos sentimos luego derrotados. Cuando algo va mal tendemos a pensar: “debo ser inútil, de lo contrario esto no sucedería de este modo”: Al cabo del tiempo nuestra vulnerabilidad aumenta y sucumbimos a relaciones de intensa dependencia, al alcohol o las drogas, o cualquier otra forma que pueda adoptar una fuga de la realidad.

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El niño y su autoestima.

Un bebé no tiene un pasado que le permita juzgar su valor en base a un escala de experiencias. Estas experiencias son las de otros, los mensajes que recibe sobre su valor como individuo. Durante los primeros años será la familia la encargada fundamental de conformar su autoestima. Luego la escuela, otros adultos e iguales le permitirán reforzar los sentimientos de valía o ausencia de la misma que ha adquirido en los primeros años.
Satir nos recuerda que cada palabra, ademán o gesto que un progenitor envía al niño lleva un mensaje de valoración que conformará su autoestima. No propone el ejemplo de una niña que lleva un ramo de flores a su madre, que puede reaccionar de diversas formas.

  • “¿De dónde lo sacaste?” pregunta con tono cálido y agradecido mientras sonríe. A lo que añade”¿Dónde crecen estas flores tan bonitas?”, para averiguar su procedencia.
  • Otra madre podría exclamar “¡Qué bonitas!” añadiendo luego “¿las has sacado del jardín de la vecina?” con un tono y gestualidad de claro reproche.

Cada forma trasmite sutilmente una valoración. A veces, ésta reside más en los gestos, en la contradicción entre lo dicho, la forma o el tono, que en las propias palabras.
Del mismo modo trasmitimos nuestra valoración del mundo. Cuando un bebé comienza a explorar hay un continuo que va de expresiones del tipo “¡No, no, no toques eso!” a la invitación “¡Toca esto!, ¿ves qué sensación?”. Nadie vuelve a experimentar un aprendizaje tan masivo, abundante y variado como el de los primeros años de la vida.


¿Cómo fomentar la autoestima positiva? Las Familias Nutricias.

Satir denominaba familias nutricias a aquellas que proveen a sus miembros de un contexto adecuado para el crecimiento y el desarrollo a todos los niveles de su existencia, así como de los elementos que permiten adquirir una sólida autoestima positiva.
Las características de una familia nutricia son:
• Las diferencias individuales son claras y percibidas como una fuente de riqueza, no de conflicto.
• El amor se manifiesta abiertamente. Su expresión es clara, sin dobleces ni ambigüedades.
• La comunicación entre todos los miembros es igualmente abierta, comprensible y no induce a malentendidos, basándose en una expresión de sinceridad.
• Las normas colectivas son flexibles.
• Los r se aprovechan como fuente de aprendizaje.
• Las promesas se cumplen.

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Las familias conflictivas

Por el contrario, las personas con una autoestima negativa han tendido a crecer en contextos familiares que denominó conflictivos. En ellas:
• Las reglas que regulan la convivencia son inflexibles
• Las diferencias son criticadas.
• Los errores son castigados sistemáticamente.
• Las promesas no se cumplen.
• La comunicación es complicada, a menudo esconde partes del mensaje o se basa en el engaño.
En un contexto así es usual que los niños desarrollen sentimientos de inutilidad y definiciones destructivas acerca de sí mismos y el mundo.

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Cómo cambiar hacia una autoestima positiva.

En general, los adultos con una sólida autoestima positiva generan familias nutricias, y adultos con autoestima negativa familias conflictivas. De ahí el carácter de trasmisión intergeneracional de los problemas familiares
Sin embargo, Satir recordaba que es vital no culpabilizar a los padres, aunque sean los “arquitectos de la familia”. Los padres pueden aceptar las consecuencias de sus actos y comenzar una nueva forma de hacer las cosas.
Ya que el sentimiento de baja valía fue aprendido, siempre es posible desaprenderlo e incorporar un nuevo aprendizaje. Satir insistía en una frase fundamental:

“Siempre existe la esperanza de que cambie tu vida, porque tienes la capacidad de aprender cosas nuevas”.

Lo primero es aceptar la posibilidad de cambiar y luego comprometernos firmemente con en dicha posibilidad.


Un ejercicio práctico.

Para comenzar a observar qué sucede en nuestras familias y en nosotros mismos en este sentido, Satir sugería un ejercicio muy sencillo. Consistía en escoger un momento cotidiano en el que nuestras familias estén unidas. Si es el caso, por ejemplo, la hora de la cena. Durante ese periodo, insta a la persona interesada a observar todos y cada uno de los intercambios comunicativos que tengan lugar. Es necesario recordar, como hemos visto, que cada palabra, tono o gesto, incluso al pedir el pan, implica un acto de valoración del otro y el mundo. Hay muchas formas de pedir el pan. Hay muchas formas de contar algo. La clave está en observar la comunicación entre los miembros de la familia teniendo presente exclusivamente esa característica valorativa. A veces sorprende lo que observamos. Al día siguiente se le puede decir al resto de los miembros lo que ha sucedido e invitarla a hacer lo mismo. Tomar conciencia, parar y dedicar un poco de tiempo a conocernos es una de las primeras claves para seguir creciendo.


Nota
El contenido de esta entrada ha sido extraído del libro de Virginia Satir “Nuevas Relaciones Humanas en el Núcleo Familiar”. Aunque la autora dedicó una amplia bibliografía a profundizar en lo expresado en esta entrada, el libro citado está dirigido expresamente, en un lenguaje sencillo y directo, a las propias familias, proponiendo ejercicios y explicando y sugiriendo multitud de actividades para mejorar su calidad de vida.