¿Quién soy yo? El self como proceso

Si alzo ahora la vista del ordenador en el que escribo este artículo, veo mesas, sillas, una caja de pañuelos, una planta. Puedo detenerme en esta última y, conforme la observo, advertir cada vez más detalles: sus distintas ramas, la diversidad de las hojas, el dibujo de las nervaduras, las variaciones de luz sobre su superficie o los matices de color que al principio habían pasado inadvertidos. Sin embargo, por mucho que me abra a esa riqueza sensorial, no dejo de percibir una experiencia organizada. Veo una planta, hojas, ramas; distingo figuras y fondos, establezco límites, reconozco unidades dentro de otras unidades.

Bergson afirmaba que en toda percepción hay memoria. Los casos de personas ciegas de nacimiento que recuperaron la visión ya en la edad adulta permiten vislumbrar hasta qué punto aquello que llamamos “ver” no consiste simplemente en recibir estimulación visual. Al comienzo, la cantidad y complejidad de esa estimulación puede resultar abrumadora: hay colores, intensidades, contornos y movimientos, pero todavía no necesariamente mesas, pomos, baldosas, círculos o cuadrados. Hace falta un prolongado aprendizaje para que ese flujo llegue a organizarse de una manera semejante a como nosotros, sin advertirlo, organizamos continuamente nuestra experiencia.

En este sentido, podría decirse que vemos conceptos, siempre que no entendamos aquí por concepto una palabra o una definición explícita, sino formas preverbales de organización de la experiencia: regularidades que hemos aprendido a reconocer en nuestra historia interactiva con el mundo y, de manera inseparable, en nuestra historia intersubjetiva con otros seres humanos. La percepción no nos entrega simplemente una colección de estímulos; configura un mundo inteligible.

Algo semejante sucede con aquello que llamamos self.

💡 La intuición de la ipseidad: Gran parte de nuestra experiencia se encuentra organizada por una serie de sentidos de sí mismo —por una cierta ipseidad o “yoidad”— cuya presencia damos tan por supuesta que normalmente solo alcanzamos a advertirla cuando se altera. Del mismo modo que a quien ha visto desde que nació le resulta casi imposible imaginar cómo sería recibir estimulación visual sin que esta se organizara espontáneamente en objetos, nos resulta extraordinariamente difícil imaginar una experiencia completamente desprovista del sentimiento de estar siendo vivida por alguien. Las experiencias de despersonalización permiten acercarnos, de forma necesariamente parcial, a esa posibilidad.


Ipseidad: el sentimiento básico de ser yo

Ipseidad designa la cualidad de la experiencia por la que esta se presenta inmediatamente como mi experiencia.

No consiste todavía en saber quién soy, describirme o pensar acerca de mí mismo. Es algo más elemental: antes de formular «yo estoy triste», la tristeza ya sucede desde aquí, como algo que me está ocurriendo a mí. Ipseidad no es una idea acerca del yo. Es la primera persona implícita de la experiencia.

🌱 Sentirse uno mismo

Nivel prerreflexivo, inmediato y fundamentalmente preverbal.

🧠 Pensarse a uno mismo

Nivel reflexivo, narrativo y conceptual (se construye sobre el primero).

Daniel Stern señalaba esta dificultad cuando escribía que, aunque apenas exista acuerdo acerca de qué sea exactamente el self, los adultos poseemos un sentido extraordinariamente real de nosotros mismos que impregna de manera cotidiana nuestra experiencia. Nos sentimos un cuerpo único y diferenciado, agentes de nuestras acciones, experimentadores de nuestros sentimientos, autores de intenciones y planes, y sujetos capaces de traducir parte de su experiencia al lenguaje y compartirla con otros. Estos sentidos suelen permanecer fuera de la conciencia reflexiva, como permanece la respiración mientras no dirigimos la atención hacia ella, pero organizan silenciosamente aquello que vivimos.

Podemos aproximarnos a esta organización distinguiendo algunos de sus componentes fundamentales.

Ahora mismo, por ejemplo, usted sabe de algún modo que sus pensamientos son suyos. No necesita elaborar un razonamiento que le permita concluirlo. Tampoco tiene que comprobar que las sensaciones de su mano proceden de su mano y no de la mía o de la de otra persona. Existe un sentido inmediato de pertenencia de los contenidos mentales y corporales: lo que suele denominarse sentido de propiedad. Mi cuerpo, mis sensaciones, mis pensamientos se presentan directamente como míos.

Pero propiedad y acción no son exactamente lo mismo. Si le pido que gire la cabeza hacia la derecha y usted lo hace, no solo experimentará el cuello que se mueve como suyo, sino que sentirá además que ha sido usted quien ha realizado el movimiento. Si otra persona tomara su brazo y lo levantara, el brazo seguiría siendo inequívocamente suyo, pero el movimiento dejaría de sentirse como producido por usted. Esta distinción, también inmediata y habitualmente prerreflexiva, constituye el sentido de agencia: la experiencia de ser quien inicia o realiza una conducta corporal, verbal o mental.

Y hay todavía algo más elemental y, precisamente por ello, más difícil de apresar conceptualmente. Cuando mira la habitación en la que se encuentra, no solo existen objetos percibidos: la experiencia acontece desde algún lugar. Hay una perspectiva desde la cual el mundo aparece. Usted no necesita decirse «soy yo quien está viendo esta mesa» para sentirse el perceptor de aquello que ve. La experiencia posee ya una primera persona antes de que esa primera persona sea formulada lingüísticamente.


Tres sentidos básicos del yo

Estos sentidos operan normalmente antes de que pensemos acerca de ellos. No son conclusiones, sino formas de organización de la experiencia.

  1. Propiedad — “Esto es mío”
    Mi cuerpo, mis pensamientos, mis emociones y mis sensaciones se presentan como pertenecientes a mí.
  2. Agencia — “Esto lo hago yo”
    Me experimento como iniciador de determinadas acciones, movimientos, palabras o procesos mentales.
  3. Perspectiva o condición de perceptor — “Esto acontece desde aquí”
    El mundo no aparece desde ninguna parte: aparece desde una perspectiva encarnada que experimento inmediatamente como propia.

Estos tres sentidos se entrelazan, pero no son idénticos. Algo puede pertenecerme sin haber sido realizado por mí (mi brazo continúa siendo mío si otra persona lo mueve). Y puedo experimentar simultáneamente mi cuerpo, mi acción y el mundo percibido como dimensiones diferentes de una única experiencia en primera persona.

Propiedad, agencia y perspectiva subjetiva no son, por tanto, ideas que mantengamos acerca de nosotros mismos. Son modos en los que la experiencia se organiza y gracias a los cuales esta aparece inmediatamente como mi experiencia. Constituyen un nivel del self anterior a las descripciones que podemos elaborar posteriormente acerca de quiénes somos.

Aquí conviene introducir una distinción importante. Una cosa es **ser alguien** y otra, en cierto sentido posterior, **pensarse como alguien**.

La primera remite a esa subjetividad primaria desde la que siento, percibo y actúo; la segunda aparece cuando puedo volverme sobre mí mismo, tomarme como objeto de mi propia experiencia y decir algo acerca de quién soy. Puedo describirme, recordar mi infancia, atribuirme rasgos, pensar en las experiencias que me han transformado o imaginar quién podría llegar a ser. Sobre un self prerreflexivo se construye así un self narrativo y conceptual.

Incluso una acción elemental contiene ya una cierta estructura narrativa. Me levanto de la silla, atravieso el pasillo y entro en la habitación de al lado: hay un personaje —yo mismo— que desarrolla una acción, en un escenario, a lo largo de un pequeño intervalo temporal. La experiencia permanece inteligible porque conserva implícitamente una continuidad: quien comienza a caminar y quien llega a la otra habitación se viven como el mismo sujeto.

Esto es importante porque la narratividad no comienza necesariamente allí donde comenzamos a contarnos historias con palabras. Antes de que pueda decir «ayer hice esto» o «yo soy de esta manera», la experiencia posee ya formas preverbales de temporalidad: algo comienza, prosigue y termina; una acción conduce a otra; aquello que siento ahora guarda alguna relación con lo que estaba sintiendo hace unos segundos. Existe una continuidad vivida antes de convertirse en una continuidad relatada.

Sobre esta trama primaria podremos posteriormente construir narraciones enormemente más complejas y decir «cuando era niño…», «después de aquello cambié» o «en el futuro quisiera…». El yo narrativo organiza temporalmente una vida porque existe previamente una experiencia en primera persona capaz de reconocerse, de algún modo, a través de sus transformaciones.


Del yo vivido al yo que puede contarse

El self no aparece de pronto cuando el niño aprende la palabra “yo”. Hay una continuidad entre diferentes niveles de organización de la experiencia:

1. Experiencia inmediata: Siento, percibo, actúo. La experiencia posee una primera persona implícita, aunque todavía no necesite ser nombrada.
2. Continuidad preverbal: Soy quien estaba hierba… digo, quien estaba aquí hace un instante y quien continúa ahora. Las experiencias se enlazan en secuencias (comienzos, desarrollos, finales, expectativas, memoria implícita).
3. Self narrativo: Esto me ocurrió a mí. Los acontecimientos pueden organizarse como episodios de una misma vida, conectando pasado, presente y futuro.
4. Self conceptual: Soy de esta manera. Atribución de características, categorías, valores e identidades («soy tímida», «soy psicóloga», «soy una persona independiente»).

Pero la relación no funciona en una sola dirección. La experiencia da lugar a narraciones y conceptos acerca de nosotros mismos, y estos, una vez constituidos, vuelven a organizar aquello que podemos percibir, esperar, sentir e incluso permitirnos experimentar.

EXPERIENCIA → NARRACIÓN → CONCEPTO

↑___________________________↓

No hay aquí estratos independientes, sino un proceso recursivo.

Pero esta manera de expresarlo puede conducirnos fácilmente a imaginar que existe primero un self, una especie de entidad interior, y que posteriormente ese self integra sus experiencias. Probablemente sea más adecuado **invertir la formulación**.

Recogiendo las ideas de Loevinger, Ignacio Serván señala que no existe un self que esté integrado; el self es integración. Cuando los distintos componentes de la experiencia —percepción, cuerpo, afecto, acción, memoria, intención— alcanzan una organización suficientemente integrada, acontece la subjetividad. Cuando esa integración se compromete gravemente, puede alterarse también la propia experiencia de ser un yo.

🎵 La analogía musical (Daniel Siegel)

En una pieza coral cada voz necesita estar suficientemente diferenciada de las demás: el tenor no puede confundirse con el bajo ni la soprano con la contralto. Pero la música tampoco reside en ninguna de ellas por separado. Surge de su articulación, de la manera en que sonidos diferenciados se relacionan y constituyen una totalidad que se despliega en el tiempo. Un do, un mi y un sol pueden formar un acorde de do mayor sin que el acorde sea una cuarta cosa añadida a las tres notas. Existe en su organización.


El self no es una pieza más del sistema

Podemos sentir la tentación de imaginar:

cuerpo + emociones + pensamientos + recuerdos + YO

como si el yo fuera una instancia adicional que observa, reúne y gobierna todos esos elementos.

La perspectiva que estamos desarrollando propone algo distinto: cuerpo ↔ percepción ↔ emoción ↔ memoria ↔ acción ↔ relación convergen mediante la integración hacia la experiencia de self.

El self no sería el director situado fuera de la orquesta. Se parecería más a la música que surge cuando los distintos elementos consiguen diferenciarse y coordinarse sin perder su singularidad.

✨ Fórmula aparentemente paradójica:
No hay primero un yo que integre la experiencia. Cuando la experiencia se integra de determinada manera, hay yo.

Algo semejante podemos pensar acerca del self. No sería una entidad escondida detrás del cuerpo, los pensamientos, las emociones o las acciones, sino la forma integrada que estos procesos adquieren cuando acontecen como una experiencia diferenciada y, al mismo tiempo, articulada. El yo no sería aquello que posee la experiencia, sino una propiedad emergente de la manera en que la experiencia se organiza.

Esto no significa, sin embargo, que los distintos niveles del self permanezcan separados. La experiencia inmediata de ser alguien permite construir posteriormente una representación conceptual de nosotros mismos, pero esa representación vuelve a afectar, de forma recursiva, a aquello que vivimos de manera mucho menos conceptual.

Francisco Varela proponía una analogía sugerente: Francia no existe del mismo modo que existe una piedra o una montaña; es, en un sentido importante, una construcción. Podríamos decir que Francia es aquello que hacen los franceses. Y, sin embargo, una vez constituida, “Francia” condiciona profundamente lo que los franceses pueden hacer: crea instituciones, fronteras, posibilidades, prohibiciones e identidades. Del mismo modo, el self narrativo es construido a partir de una experiencia más primaria, pero las historias que elaboramos terminan modulando esa misma experiencia de la que proceden.

Si alguien llega, por ejemplo, a organizar narrativamente su historia alrededor de la proposición «soy débil», no estamos ante una frase que simplemente describa desde fuera una realidad psicológica ya existente. Ese concepto puede comenzar a seleccionar retrospectivamente determinados recuerdos, volver más perceptibles ciertas experiencias, hacer menos reconocibles otras, modificar aquello que la persona espera de sí misma y, finalmente, participar en la producción de nuevas experiencias que parecen confirmarlo. Lo conceptual ha emergido de la experiencia y vuelve después sobre ella.

Aún queda una dificultad. Hasta aquí he hablado de mi experiencia, mi cuerpo, mi perspectiva, y este lenguaje puede hacernos imaginar que el self es una realidad inicialmente cerrada sobre sí misma que posteriormente entra en contacto con otras realidades igualmente cerradas. But nuestra capacidad de diferenciar e integrar la experiencia se desarrolla desde el comienzo en interacción con otras personas. Aprendemos a reconocernos siendo reconocidos, a distinguir estados internos mientras alguien responde a ellos, a regular nuestros afectos dentro de relaciones y a construir progresivamente los límites entre uno mismo y los demás.

Desde una perspectiva experiencial, por tanto, tampoco habría que imaginar primero dos selfs completos que después comienzan a relacionarse. Como advertía Gendlin: «no hay dos personas en interacción, hay interacción». Los polos que posteriormente denominamos “yo” y “otro” se diferencian en el interior de un proceso relacional que los precede y los constituye.


Diferenciación e integración

Para que exista una experiencia organizada hacen falta dos movimientos que pueden parecer opuestos, aunque en realidad se necesitan mutuamente:

⚖️ DIFERENCIAR

Esto soy yo y aquello no soy yo. Esta emoción no es idéntica a aquella. Mi deseo puede ser distinto del tuyo.

🔗 INTEGRAR

Estas experiencias diferentes pueden pertenecer a una misma totalidad. Sigo siendo yo aunque cambie. Puedo estar en relación contigo sin dejar de ser distinto de ti.

Una integración que elimina las diferencias se convierte en fusión. Una diferenciación que impide cualquier relación se convierte en fragmentación.

El self puede pensarse precisamente como una organización dinámica capaz de mantener simultáneamente diferencia y relación, multiplicidad y continuidad.

Aquí cualquier esquema comienza a resultar peligroso. Necesitamos distinguir cuerpo y mente, sujeto y objeto, yo y mundo, self inmediato y self narrativo para poder pensar y hablar acerca de ellos; pero las mismas categorías que nos permiten comprender el fenómeno pueden terminar cosificándolo. Allí donde existe un proceso dinámico de diferenciación e integración empezamos a imaginar entidades independientes que posteriormente tendrían que relacionarse entre sí.

Quizás por eso la pregunta «¿qué es el self?» resulte algo engañosa desde su misma formulación. Parece pedirnos que señalemos una cosa. Y, sin embargo, quizá aquello que llamamos self se parezca menos a una cosa que a una melodía: una organización que existe mientras acontece, diferenciándose y relacionándose, conservando cierta continuidad mientras cambia.

Preguntar qué significa ser yo sería entonces preguntar cómo llega la experiencia a organizarse de tal manera que este cuerpo sea vivido como mío, estos actos como realizados por mí, este mundo como apareciendo desde aquí y esta sucesión de momentos como perteneciente, de algún modo, a una misma vida.

No hay detrás de todo ello necesariamente un pequeño yo que contemple el proceso.

✨ El proceso integrado es, precisamente, aquello que llamamos yo.