La Teoría del Experienciar de Gendlin y Rogers
La experiencia directa y el paso de la tercera a la primera persona en psicoterapia
En psicoterapia hablamos constantemente de comprendernos. Intentamos averiguar por qué reaccionamos como lo hacemos, de dónde proceden determinadas emociones o qué relación existe entre lo que nos ocurre en el presente y nuestra historia. Sin embargo, comprender algo acerca de nosotros mismos no significa necesariamente estar en contacto con la experiencia que intentamos comprender. Podemos construir explicaciones muy sofisticadas sobre lo que nos sucede y, al mismo tiempo, permanecer relativamente alejados de cómo lo estamos viviendo.
Esta diferencia ocupa un lugar central en el trabajo de Carl Rogers y, especialmente, de Eugene Gendlin. Sus investigaciones sobre el proceso psicoterapéutico fueron mostrando que no solo importaba de qué hablaba una persona, sino desde dónde lo hacía. Dos pacientes podían relatar acontecimientos semejantes, utilizar palabras emocionales e incluso poseer una buena comprensión de su historia y encontrarse, sin embargo, en lugares muy distintos respecto a su propia experiencia. Uno podía hablar acerca de sí mismo; el otro podía ir descubriendo lo que le sucedía mientras hablaba.
Podemos aproximarnos a esta diferencia como el paso de una perspectiva predominantemente en tercera persona a otra en primera persona. La tercera persona nos permite observarnos, explicarnos, clasificarnos y establecer relaciones: «me ocurre esto porque soy inseguro», «reacciono así por lo que viví con mis padres», «siempre he tenido miedo al rechazo». Todo ello puede ser cierto y resultar valioso. Pero la primera persona introduce una pregunta diferente: «¿Qué es exactamente esto que estoy sintiendo ahora, aquí, cuando hablo de ello?» Al detenernos ahí puede aparecer algo que todavía no estaba contenido en nuestras explicaciones.
Un caso clínico puede ayudarnos a observar esta diferencia.
Exposición del caso de L.
L., una mujer de 35 años, llegó a consulta acosada por una fuerte autocrítica interna y un sentimiento de vacío paralizante. Se relacionaba consigo misma de un modo predominantemente en tercera persona: reflexionaba sobre sus vivencias como podría hacerlo acerca de una amiga a la que conociera desde hacía muchos años, construyendo explicaciones a partir de lo que sabía de ella.
Cuando nos relacionamos en tercera persona con nosotros mismos es como si saliéramos de nuestro cuerpo y, mirándonos desde allí, reflexionáramos acerca de lo que está pasando aquí. Por ejemplo, siento inquietud y ansiedad en el pecho. Salgo de mí, observo la situación —voy a dar una charla en breve— y supongo que estaré nervioso, como siempre, debido a mi inseguridad ante la posibilidad de ser evaluado. Puede que esta reflexión no esté del todo desencaminada; después de todo, hace años que convivo conmigo. Pero al hacerla estoy renunciando a una información crucial: la que se está desplegando aquí y ahora y a la que solo yo tengo acceso. Solo esa inquietud y esa ansiedad podrían informarme de qué me inquieta realmente en este momento.
En el caso de L., su hijo de apenas dois años la había desafiado. Ella le había gritado y reprendido de forma amenajante, pero él aún persistía en una sonrisa que ella percibía como «socarrona». L. le pegó con violencia. Observándose a sí misma desde fuera, contemplando la escena como si se tratara de una película, el acto había sido claramente desproporcionado y cruel. L. se sentía una madre horrorosa y un ser humano despreciable. Desde esa aproximación a lo sucedido no parecía haber otra explicación posible que su propia maldad y su vergonzosa imperfección. Tampoco había, desde ahí, una dirección clara para el cambio.
La propuesta terapéutica fue invitarla a acercarse a lo sucedido de un modo diferente, en primera persona. Pasar del ella al yo. ¿Qué le hacía sentir aquella sonrisa desafiante de su hijo? ¿Qué le hacía sentir, en ese preciso instante, recordarla?
Tras detenerse y atender a lo que se desplegaba en el presente de su cuerpo, enseguida apareció la sensación que experimentaba en el instituto cuando otras adolescentes sonreían de ese mismo modo mientras la humillaban. Era insoportable sentir aquello en su propia casa: encontrarse de nuevo atrapada en aquella humillación y, peor aún, a manos de su propio hijo. Sentía una rabia desmedida, una necesidad inmensa de acabar con aquello y borrarlo para siempre. Unas intensas ganas de golpear.
Guiada por aquella sensación, L. narró después que había padecido una grave historia de maltrato físico y negligencia por parte de su padre y su madre. Especialmente el primero le propinaba reiteradas palizas en un clima de vejación constante. En la preadolescencia comenzó a sufrir acoso escolar sin que ningún adulto reaccionara. Este se agravó a su llegada al instituto. Las humillaciones que describía eran cotidianas y ritualizadas, llegando, en una ocasión, a ingresar en un hospital por los golpes recibidos. En la actualidad se encontraba además en una relación de maltrato con su pareja, sobrepasada por una alienante carga de trabajo familiar que la apartaba de toda actividad que no fuera el cuidado de sus hijos.
Su historia no justificaba sus actos de maltrato, pero le permitía comprender algo de ellos y descubrir una dirección nueva. Ahora sabía, o comenzaba a saber, que decirse que era una mala madre y castigarse no ayudaba y tampoco describía adecuadamente lo que estaba ocurriendo. Lloraba. Percibía de un modo directo e intuitivo que estaba proyectando sobre su hijo figuras y experiencias maltratadoras del pasado. Comprendía que no estaba reaccionando simplemente a aquella sonrisa, sino a la sensación que esa sonrisa producía en ella: una sensación cargada de una historia y un significado únicos.
Lo ocurrido con L. permite observar una diferencia que va más allá de este caso particular. Mirada desde fuera, su conducta podía describirse, juzgarse e incluso explicarse recurriendo a su biografía. Pero faltaba todavía un eslabón: cómo estaba siendo vivida aquella situación desde dentro. Ese eslabón no podía deducirse completamente desde fuera, porque pertenecía a la experiencia singular de L.
La sonrisa de su hijo era un hecho observable; la humillación, el atrapamiento y la rabia que aquella sonrisa movilizaba constituían su experiencia de ese hecho. Solo cuando pudo acercarse a ella apareció una información que ninguna descripción externa podía sustituir. Esta diferencia entre hablar sobre nuestra experiencia y hablar desde ella nos aproxima al núcleo de lo que Gendlin denominó experienciar.
Los problemas de primera y tercera persona
Muchos de los problemas humanos que se presentan en psicoterapia tienen que ver, al menos en parte, con intentar comprender y resolver lo que nos sucede desde una perspectiva exclusivamente en tercera persona, renunciando así a una parte fundamental de la información disponible: la propia vivencia interior.
No reaccionamos simplemente a los acontecimientos, sino a cómo esos acontecimientos son vividos por nosotros. Entre la situación y nuestra respuesta existe ese eslabón de la experiencia subjetiva. Una mirada, un silencio, una crítica o una sonrisa pueden ser objetivamente los mismos para dos personas y, sin embargo, producir experiencias radicalmente diferentes. Incluso para una misma persona pueden significar algo distinto en momentos diferentes.
Sin acceso a esa dimensión, las explicaciones que construimos sobre nosotros mismos se fundan necesariamente, al menos en parte, en suposiciones. Pueden ser inteligentes, coherentes y estar bien fundamentadas en nuestra historia, pero continúan siendo explicaciones acerca de la experiencia y no necesariamente conocimiento surgido desde ella.
Esto no significa que debamos sustituir la tercera persona por la primera. Necesitamos ambas. La posibilidad de observarnos desde fuera, conceptualizar lo sucedido, establecer relaciones, reconocer patrones o comprender nuestra historia resulta imprescindible. El problema aparece cuando esa mirada ocupa todo el espacio y sustituye a la experiencia que pretendía comprender. El movimiento terapéutico más bien consiste en poder transitar entre ambas: entrar en contacto con la experiencia y, posteriormente, encontrar palabras y conceptos capaces de expresarla.
Esta diferencia no quedó únicamente en el terreno de la descripción clínica. Rogers, Gendlin y sus colaboradores intentaron observar cómo aparecía en procesos psicoterapéuticos reales y qué relación guardaba con el cambio.
La escala experiencial
Cuánto acceso tenemos a ese «eslabón» de la sensación interna —esa conexión invisible entre la situación y nuestra respuesta— es precisamente uno de los aspectos que trató de medir la escala experiencial.
Los trabajos pioneros de Rogers, Gendlin y sus colaboradores mostraron la importancia de diversas condiciones para el cambio terapéutico. Algunas se referían a la actitud del terapeuta en la interacción; otras, al modo en que el propio paciente se relacionaba con su experiencia interna.
Una manera sencilla de comprender la escala experiencial consiste en preguntarnos cuánto de nuestra experiencia dejamos fuera cuando hablamos de nosotros mismos y cuánto somos capaces de incorporarla al relato. En los niveles más bajos, la persona habla fundamentalmente de acontecimientos, personas o explicaciones. A medida que aumenta el nivel experiencial, comienza a atender a sus sentimientos y, posteriormente, a utilizar su propia vivencia presente como fuente de información y como lugar desde el que surgen nuevos significados.
La escala describía, por tanto, un continuo desde una actitud experiencial baja —personas altamente centradas en una perspectiva de tercera persona sobre sí mismas—, en la que el cambio terapéutico era poco probable, hasta niveles altos, en los que la persona incorporaba progresivamente su experiencia inmediata a la construcción de su relato y el proceso terapéutico tendía a evolucionar favorablemente.
Podemos verlo mediante tres ejemplos deliberadamente caricaturizados de distintos pacientes contando un mismo asunto:
1. Relato objetivado. Escasa conexión interna
«Juan vino a casa, le dijo a Lucía que yo no iba a ir al viaje. Les miré y sin decir nada me fui dando un portazo. Caminé varias calles, lloré un montón. Golpeé a una farola, me hice un poco de daño. Volví a casa ya muy de noche.»
La narración apenas contiene referencias a la experiencia interna. Es fundamentalmente una descripción de acontecimientos: qué sucedió, qué hicieron los demás y qué hizo posteriormente la persona.
2. Relato con contenido emocional básico
«Juan vino a casa como una furia. Estaba dolido por lo que dije de él. Así que quería vengarse. Le zampó a Lucía que yo estaba mintiendo y no iba a ir al viaje. Ella no se lo creía, pero estaba muy triste. Me quedé en blanco. No sabía qué hacer. Por no matar a Juan salí de la casa corriendo. No sé ni qué me pasaba. Estaba realmente furioso. Corrí varias calles… golpeé a una farola. El dolor me puso un poco en mi sitio… Luego caminé hasta que se bajó un poco todo aquello.»
Este relato es mucho más rico en contenido emocional. Aparecen sentimientos, intenciones atribuidas y referencias al estado interno de la persona. Sin embargo, las emociones aparecen fundamentalmente como algo ya conocido y etiquetado: furia, tristeza, quedarse en blanco. La persona nos cuenta lo que sintió, pero todavía no parece detenerse sobre esa experiencia para descubrir algo que previamente desconociera.
3. Relato plenamente experiencial. Vivenciado en el presente
«Juan estaba dolido conmigo por mis mentiras, se sentía traicionado. Le dijo a Lucía la verdad, que yo no quería ir al viaje. Me quedé… no sé… es difícil explicarlo, fue una especie de shock… como si…»
(La persona queda pensativa, contactando con una sensación interna difusa.)
«…se hubiera roto un molde, ¿sabes? Sí, es como esas figuras que tenía de pequeño, me encantaban como eran, perfectas, y de repente se hubiera roto… Sí, la idea que tenía de Juan se había roto de repente, aquello me dejó completamente…»
(Silencio.)
«…desorientado… Juan es como… un hermano para mí… un hermano…»
(Repite la palabra y se aprecia una relajación en su cuerpo, acompañada de gestos de comprensión.)
«…pero a la vez no lo es…»
(Sonríe.)
«Es extraño este amor y esta desilusión… pero… sí, de algún modo le quiero ahora más realmente que antes…»
Aquí sucede algo diferente. La persona no se limita a informar de una experiencia que ya conoce. Se detiene, busca palabras, comprueba si encajan, rectifica y permite que vaya apareciendo un significado que inicialmente no estaba formulado. El relato emana de la vivencia interna e integra progresivamente contenido explícito e implícito, subjetivo y objetivo, primera y tercera persona, pasado y presente. La persona no solo está contando algo: algo está ocurriendo mientras lo cuenta. La experiencia avanza.
Esta última forma de hablar nos acerca especialmente a lo que Gendlin trataba de señalar mediante el concepto de experienciar. No se trata simplemente de sentir emociones ni de prestar atención al cuerpo, sino de una determinada relación con una experiencia que está ocurriendo y desarrollándose en el presente.
Características del experienciar
Podemos señalar algunas características principales de esta forma de experienciar:
- La experiencia ocurre siempre en el presente, en el ahora. Incluso cuando recordamos algo sucedido hace treinta años, aquello a lo que podemos acceder directamente es a cómo ese recuerdo está siendo vivido ahora.
- Precisamente por ser actual, la experiencia posee algo fresco, genuino y nuevo. Nunca es únicamente el reciclado de una explicación previa, una plantilla o un sistema prefabricado.
- La experiencia es en primera persona, aunque la persona pueda posteriormente objetivarla, conceptualizarla y hacerla accesible mediante un lenguaje que permita comunicarla a otra persona.
- La experiencia es corporalmente sentida, encarnada. No sucede únicamente como pensamiento abstracto: de algún modo se manifiesta en nuestra manera de estar corporalmente en la situación.
- La experiencia es más rica, densa, fluida y sutil que el conocimiento conceptual que podemos construir acerca de ella. Todo concepto selecciona y delimita. La experiencia de la que procede contiene siempre más de lo que conseguimos formular.
- La experiencia directa posee una forma particular de certeza. No necesariamente nos informa de cómo es objetivamente el mundo, pero sí de cómo algo está siendo vivido por nosotros en ese momento. Puedo equivocarme al concluir que alguien pretende humillarme; no puedo equivocarme del mismo modo acerca del hecho de que me estoy sintiendo humillado. La experiencia es verdadera en este segundo sentido.
Esta última distinción es especialmente importante. La reivindicación de la experiencia subjetiva no implica afirmar que todo aquello que sentimos o intuimos constituya una descripción objetiva de la realidad. Volviendo al caso de L., su experiencia de humillación era verdadera como experiencia, pero eso no significaba que su hijo de dos años estuviera intentando humillarla. Precisamente poder reconocer la experiencia como propia permitía comenzar a diferenciar ambas cosas.
Respecto a esta característica puede resultar sugerente recordar la distinción que Heidegger establece entre aletheia y veritas. Aletheia, en su sentido griego, remite al desocultamiento, a aquello que se muestra o se desvela; veritas remite a otra concepción de la verdad, vinculada a la adecuación de nuestras afirmaciones acerca de las cosas.
Antonio Escohotado utilizaba una imagen especialmente sugerente para aproximarse a la diferencia entre la realidad y nuestras construcciones sobre ella: lo fabricado por nosotros posee límites definidos, mientras que la realidad, cuando nos acercamos a ella, parece abrirse en una complejidad prácticamente inagotable. Una mota de polvo que a simple vista parece una realidad insignificante y delimitada puede revelar, observada mediante instrumentos suficientemente potentes, accidentes y formas comparables a las de un paisaje.
Algo semejante sucede con la experiencia. Podemos decir «estoy enfadado», «tengo miedo» o «esto me ocurre porque soy inseguro». Cada una de esas formulaciones delimita y organiza algo que puede ser cierto. Pero si volvemos a la experiencia concreta de la que han surgido, podemos encontrar algo mucho más complejo que las palabras con las que inicialmente la habíamos definido.
En este sentido podemos decir que la experiencia es verdadera, no porque proporcione una descripción objetiva y universal de la realidad, sino porque desvela cómo esa realidad está siendo vivida por una persona concreta en un momento concreto. La experiencia no sustituye a la realidad externa; constituye nuestro acceso vivido a ella.
Buena y mala salud mental
Podemos ahora volver al punto de partida. La experiencia que se persigue mediante Focusing podría describirse como una vivencia interna, corporalmente sentida, integrada, fluida, directa y auténtica de la realidad en proceso.
Pero quizá sea más preciso decir que Focusing no pretende producir una experiencia especial, sino favorecer las condiciones que permiten que un proceso que ya está ocurriendo pueda continuar. La experiencia no permanece inmóvil. Una sensación inicialmente confusa puede encontrar una palabra; esa palabra puede modificar la sensación; de esa modificación puede surgir un recuerdo, una imagen, una necesidad o una nueva comprensión. Cada paso modifica el lugar desde el que puede aparecer el siguiente.
En el caso de L., «soy una madre horrible» cerraba el proceso. Era una conclusión acerca de sí misma que parecía explicarlo todo y, precisamente por eso, ya no dejaba nada por descubrir. Detenerse ante la sensación que producía la sonrisa de su hijo abrió de nuevo el movimiento: humillación, instituto, atrapamiento, rabia, historia de violencia, situación actual. Ninguno de esos elementos estaba completamente contenido en el anterior y, sin embargo, cada uno emergía de él y permitía avanzar al siguiente.
Desde esta perspectiva, la salud psicológica no consistiría en permanecer en determinados estados emocionales considerados positivos ni en carecer de conflicto, dolor o sufrimiento. Tendría más que ver con la posibilidad de que la experiencia pueda continuar su curso, transformarse, simbolizarse e integrarse sin quedar rígidamente detenida.
Cuando este proceso experiencial puede desarrollarse de ese modo hablamos de salud mental, desarrollo o crecimiento. Cuando queda interrumpido, atascado o paralizado, aparecen distintas formas de malestar y patología. La cuestión terapéutica deja entonces de ser únicamente «¿qué le sucede a esta persona?» para incluir otra pregunta quizá más cercana al pensamiento de Gendlin: «¿Dónde se ha detenido su experiencia y qué necesitaría para poder continuar?»


