El origen de la subjetividad: cómo nace la mente a través del vínculo.

De la corregulación a la autorregulación: el viaje hacia nuestra propia identidad.

¿Cómo emerge la subjetividad? El útero psicológico y el origen de la mente

¿Cómo emerge la subjetividad? El útero psicológico y el origen de la mente

¿Cómo llegamos a reconocernos como sujetos de nuestra propia experiencia? ¿Cómo se desarrolla esa cualidad aparentemente tan inmediata y natural que nos permite sentir que somos nosotros quienes pensamos, sentimos, deseamos y actuamos? Aunque habitualmente damos por supuesta esta capacidad, la experiencia de ser alguien, de reconocernos como un yo relativamente estable y diferenciado del mundo, es el resultado de un complejo proceso de desarrollo en el que intervienen tanto nuestra organización biológica como las relaciones que mantenemos con otros seres humanos desde el comienzo de la vida.

Distintas tradiciones de investigación y pensamiento, entre ellas numerosas escuelas psicoanalíticas, la teoría del apego, la psicología evolutiva, la etología, la fenomenología y las perspectivas constructivistas y construccionistas, han abordado desde distintos ángulos el problema de cómo emerge la subjetividad. Aunque sus explicaciones difieren considerablemente, muchas coinciden en reconocer que la experiencia de uno mismo no se desarrolla al margen de las relaciones interpersonales, sino que encuentra en ellas algunas de sus condiciones fundamentales de posibilidad.

Podríamos expresar esta idea mediante una formulación sencilla, aunque cargada de implicaciones: para llegar a reconocernos como sujetos necesitamos haber sido reconocidos y tratados como sujetos por otras personas. No basta con que alguien satisfaga nuestras necesidades físicas y garantice nuestra supervivencia biológica; necesitamos también una relación en la que nuestros estados internos sean percibidos, acogidos e interpretados como expresiones significativas de alguien que siente y experimenta el mundo.

Esto no significa que el recién nacido carezca de toda forma de subjetividad, ni que su mente sea una página en blanco sobre la que las figuras cuidadoras escriben progresivamente una identidad. Desde el nacimiento existen capacidades de percepción, sensibilidad, organización corporal y respuesta al entorno que constituyen los fundamentos de una experiencia propia. Lo que las relaciones tempranas permiten es que esa experiencia inicial, todavía limitada en sus posibilidades de integración y elaboración, vaya adquiriendo una organización cada vez más compleja, hasta hacer posible el desarrollo de una mente capaz de reconocerse, regularse y pensar sobre sí misma.

CONCEPTO CLAVE | ¿QUÉ ES LA SUBJETIVIDAD?

La subjetividad es la cualidad de nuestra experiencia por la que no solo sentimos, percibimos o pensamos, sino que vivimos esas experiencias desde una perspectiva propia.

Podemos distinguir tres dimensiones relacionadas:

Dimensión Significado
Experiencia subjetiva Existe una perspectiva desde la que se siente y experimenta el mundo.
Sentimiento de ser uno mismo La experiencia se vive como propia y dotada de cierta continuidad.
Autoconciencia reflexiva Podemos reconocernos, representarnos y pensar sobre nosotros mismos.

Estas dimensiones no aparecen simultáneamente ni constituyen etapas rígidas. Las formas elementales de experiencia preceden al desarrollo de la capacidad para pensar reflexivamente sobre uno mismo.

Del útero físico al útero psicológico

Durante la gestación, el organismo materno proporciona al bebé unas condiciones de protección, nutrición y regulación que hacen posible su desarrollo. El feto no necesita mantener por sí mismo la temperatura corporal, obtener alimento o responder de manera autónoma a muchas de las exigencias del entorno, porque una parte esencial de esas funciones se encuentra sostenida por el organismo de la madre.

El nacimiento supone una transformación extraordinaria de estas condiciones. El bebé abandona el medio intrauterino y comienza a respirar, alimentarse y relacionarse con un mundo lleno de estímulos y variaciones que su organismo debe aprender a gestionar. Sin embargo, el hecho de haber nacido no significa que disponga ya de todos los recursos necesarios para regular su experiencia y organizar su vida psicológica.

Podríamos decir, utilizando una metáfora, que después de abandonar el útero físico, el bebé continúa necesitando una especie de útero psicológico o relacional, constituido por el conjunto de cuidados, intercambios afectivos y experiencias de protección que le permiten continuar desarrollándose.

Este segundo útero no posee paredes ni límites anatómicos. Está formado por brazos que sostienen, miradas que reconocen, voces que tranquilizan y, especialmente, por la capacidad de otras personas para percibir y responder a lo que sucede en el mundo interno del bebé. Mientras su sistema nervioso y sus capacidades psicológicas continúan madurando, las figuras cuidadoras contribuyen a realizar funciones de regulación que todavía no puede desempeñar suficientemente por sí mismo.

La metáfora tiene, además, una consecuencia interesante. En el útero físico, las condiciones de desarrollo dependen de una organización biológica compartida; después del nacimiento, una parte de esas condiciones depende de una relación entre dos sujetos. El niño comienza a participar en un intercambio en el que sus manifestaciones provocan respuestas y esas respuestas modifican, a su vez, su experiencia.

Para entender cómo sucede esto, podemos observar una escena cotidiana.

Una madre, un bebé y el nacimiento de una experiencia compartida

Imaginemos a un bebé que comienza a llorar porque experimenta una sensación difusa de malestar. Su madre se acerca, lo observa y, considerando el tiempo transcurrido desde la última toma, piensa que quizá tenga hambre. Le ofrece el pecho y, después de alimentarse, el niño recupera un estado de bienestar. Algo más tarde vuelve a llorar y, en esta ocasión, la madre percibe que necesita contacto y proximidad, por lo que lo sostiene cálidamente contra su cuerpo hasta que comienza a tranquilizarse.

Sin embargo, no siempre resulta tan sencillo comprender lo que está sucediendo. En otro momento, el bebé se muestra irritable y continúa llorando a pesar de que su madre lo acuna, le habla suavemente y trata de consolarlo. Durante unos instantes no consigue identificar qué necesita, pero permanece atenta a sus movimientos, a la expresión de su rostro y a las pequeñas variaciones de su llanto. Finalmente, piensa que quizá tenga demasiado calor y decide aligerar su ropa. El contacto del aire con su piel parece producirle alivio y, poco a poco, recupera la calma.

Más adelante, ciertos movimientos y gestos apenas perceptibles indican a la madre que el niño comienza a tener sueño. La experiencia compartida le ha permitido reconocer estas señales y sabe que, si permanece demasiado tiempo despierto, probablemente terminará sobreexcitado y tendrá mayores dificultades para dormirse. Lo toma entonces entre sus brazos y comienza a acunarlo lentamente mientras le susurra unas palabras. Al cabo de unos minutos, el bebé se duerme plácidamente.

Esta escena podría parecer una descripción trivial de los cuidados que recibe cualquier bebé. Sin embargo, si nos detenemos en lo que está ocurriendo, descubriremos que la madre no se limita a satisfacer una sucesión de necesidades físicas, sino que participa activamente en la organización de la experiencia de su hijo.

El bebé siente algo que todavía no puede comprender plenamente. Su cuerpo experimenta una alteración que se manifiesta mediante el llanto, los movimientos y las expresiones faciales. La madre recibe esas señales y trata de identificar lo que pueden significar, relacionándolas con lo que conoce de su hijo y con las circunstancias en que aparecen. A veces acierta de inmediato; otras necesita probar distintas respuestas, observar sus efectos y modificar lo que hace.

En este intercambio sucede algo extraordinariamente importante: aquello que para el bebé constituye inicialmente una experiencia de malestar relativamente indiferenciada encuentra en la mente de otra persona una posibilidad de reconocimiento y significado. La madre puede pensar que su hijo tiene hambre, siente frío, necesita contacto o está cansado. No solo modifica las condiciones externas que originan su malestar, sino que lo ayuda a transitar desde un estado de desorganización hacia otro más tolerable.

Naturalmente, no siempre acierta, ni sería deseable imaginar una relación en la que pudiera anticipar perfectamente todas las necesidades del bebé. Lo importante es su capacidad para mantenerse disponible, percibir las señales que recibe, revisar sus primeras interpretaciones y modificar su respuesta cuando descubre que no está resultando adecuada. La sintonía no consiste en una coincidencia permanente, sino en la disposición a reconocer los desajustes y restablecer el encuentro.

Bion: prestar una mente para que otra pueda desarrollarse

El psicoanalista británico Wilfred Bion intentó explicar algunos de los procesos psicológicos que tienen lugar en estos intercambios. Le interesaba especialmente comprender cómo llegamos a transformar nuestras experiencias emocionales en algo que podemos representar y pensar, una capacidad que habitualmente damos por supuesta, pero que necesita desarrollarse.

Bion utilizó el término reverie para describir un estado de receptividad emocional y mental que permite a la madre acoger la experiencia afectiva del bebé, incluso cuando esta se presenta de una manera confusa, intensa o difícil de comprender. No se trata simplemente de adivinar qué necesita el niño o de responder correctamente a sus demandas, sino de una disposición a recibir sus estados emocionales, tolerarlos y transformarlos en algo que pueda adquirir significado.

Regresemos por un momento a nuestro ejemplo. Cuando el bebé comienza a llorar y se agita, la madre no recibe un mensaje claro y organizado que diga «tengo demasiado calor». Recibe un conjunto de manifestaciones corporales y afectivas que necesita interpretar. El bebé, por su parte, tampoco dispone necesariamente de una representación mental diferenciada de lo que le sucede. Experimenta un malestar que puede llegar a desbordarlo, sin contar todavía con los recursos psicológicos necesarios para comprenderlo y modularlo.

La madre puede permanecer junto a él, tolerar su malestar sin desorganizarse y tratar de comprenderlo. Cuando finalmente descubre que tiene calor y lo ayuda a recuperar el bienestar, no solo ha resuelto una necesidad física; ha participado en una experiencia relacional en la que un estado interno difícil de tolerar ha encontrado una respuesta organizada.

Bion propuso que una de las funciones fundamentales de la mente consiste precisamente en transformar aquellos aspectos de la experiencia que todavía no pueden ser pensados en materiales susceptibles de representación y elaboración. Denominó elementos beta a los componentes de la experiencia que permanecen en ese estado no elaborado, mientras que llamó función alfa al proceso mediante el cual pueden transformarse en elementos disponibles para el pensamiento, la memoria y la actividad onírica.

Estos términos pueden resultar extraños, pero la distinción que intentan expresar es importante: no es lo mismo experimentar algo que disponer de una mente capaz de elaborar lo experimentado. Podemos sentir intensamente una emoción sin comprenderla, sin poder representarla y, en determinadas circunstancias, sin disponer siquiera de recursos suficientes para tolerarla.

En el modelo de Bion, la figura cuidadora puede desempeñar inicialmente una función continente, acogiendo y transformando aspectos de la experiencia emocional que el bebé todavía no puede elaborar por sí mismo. No basta con que desaparezca el malestar corporal; lo fundamental es que, a través de innumerables experiencias de este tipo, se vaya desarrollando también la posibilidad de organizar internamente aquello que se siente.

En cierto sentido, podríamos decir que la madre presta su propia mente al bebé. No porque piense literalmente en su lugar, sino porque pone a su disposición capacidades de atención, tolerancia y elaboración que él todavía está desarrollando. Con el tiempo, y mediante la interiorización progresiva de estas experiencias, el niño podrá disponer de mayores recursos para reconocer sus propios estados internos y pensar acerca de ellos.

ESQUEMA | CÓMO UNA EXPERIENCIA LLEGA A SER PENSABLE

  1. EXPERIENCIA EMOCIONAL NO ELABORADA
    El bebé siente un malestar que todavía no puede comprender ni organizar suficientemente.
    Bion denomina elementos beta a los aspectos de la experiencia que no han podido ser elaborados.
  2. RECEPCIÓN Y CONTENCIÓN
    La figura cuidadora recibe sus manifestaciones, tolera la experiencia emocional y trata de comprender lo que sucede.
    Reverie y función continente.
  3. TRANSFORMACIÓN DE LA EXPERIENCIA
    La experiencia puede comenzar a adquirir una organización que facilite su representación y elaboración.
    Función alfa: transformación en elementos disponibles para el pensamiento.
  4. DESARROLLO DE CAPACIDADES PROPIAS
    A través de su maduración y de experiencias relacionales repetidas, el niño desarrolla progresivamente sus propias capacidades para elaborar lo que siente.

El esquema simplifica la teoría de Bion. La función alfa no equivale a identificar una necesidad física o a conseguir que desaparezca el malestar, sino que se refiere a un proceso de transformación psíquica que el ejemplo cotidiano nos ayuda a aproximar.

Winnicott: sentirse sostenido para poder llegar a ser

Otro psicoanalista británico, Donald Winnicott, abordó una cuestión estrechamente relacionada, aunque desde una perspectiva parcialmente distinta. Mientras Bion se interesó especialmente por la transformación de la experiencia emocional en pensamiento, Winnicott prestó una atención particular a las condiciones que permiten al bebé desarrollar un sentimiento de continuidad de su propia existencia.

Podemos volver una vez más a nuestra escena. Cuando la madre observa las señales de cansancio del niño, lo toma entre sus brazos y lo acuna hasta que se duerme, no solo está ayudándolo a regular su activación fisiológica. Le está proporcionando también una experiencia de seguridad y continuidad en la que puede abandonarse al sueño sin tener que permanecer constantemente movilizado frente a las exigencias del entorno.

Winnicott utilizó el concepto de holding, habitualmente traducido como sostén, para referirse al conjunto de condiciones ambientales y relacionales que hacen posible esta experiencia. El término incluye la manera física de sostener al bebé, pero también la regularidad de los cuidados, la protección frente a estímulos excesivos y la adaptación sensible a sus necesidades.

Su conocida expresión madre suficientemente buena tampoco alude a una figura perfecta, permanentemente disponible o incapaz de equivocarse. Describe a una persona que puede adaptarse de manera suficientemente adecuada a las necesidades iniciales del niño y modificar progresivamente esa adaptación conforme se desarrollan sus capacidades.

Para Winnicott, cuando el entorno proporciona unas condiciones suficientemente estables, el bebé puede experimentar una cierta continuidad de su existencia, sin verse obligado a reaccionar constantemente frente a intrusiones o perturbaciones que exceden sus posibilidades de adaptación. Esta continuidad constituye una de las condiciones fundamentales para desarrollar el sentimiento de estar vivo, sentirse real y llegar a experimentar la propia existencia como algo personal.

Podemos comprender ahora algo mejor la metáfora del útero psicológico. El sostén que proporcionan las primeras relaciones no consiste únicamente en proteger al niño de los peligros externos, sino también en crear unas condiciones en las que su experiencia pueda ir organizándose sin quedar continuamente interrumpida por exigencias que todavía no está preparado para afrontar. A medida que sus recursos maduran, ese entorno puede ir modificándose, permitiéndole tolerar pequeñas frustraciones, afrontar separaciones progresivas y descubrir sus propias capacidades.

La tarea del cuidado consiste, por tanto, en algo más complejo que satisfacer todas las necesidades o evitar cualquier malestar. Se trata de ofrecer una relación suficientemente sensible y estable que permita al niño desarrollar, gradualmente, una mayor capacidad para sostener su propia experiencia.

DOS MIRADAS COMPLEMENTARIAS | BION Y WINNICOTT

Wilfred Bion Donald Winnicott
Contención y pensamiento Sostén y continuidad
¿Cómo llega una experiencia emocional a convertirse en algo que podemos pensar? ¿Cómo llegamos a sentirnos reales y a experimentar continuidad en nuestra existencia?
La figura cuidadora contribuye a transformar lo que todavía no puede ser elaborado por el bebé. Un entorno suficientemente sostenedor favorece el desarrollo de la experiencia de ser.
Reverie, función continente y función alfa. Holding, madre suficientemente buena y continuidad de ser.

Ambos autores coinciden en atribuir una importancia fundamental a las primeras relaciones, aunque sus modelos describen dimensiones diferentes del desarrollo psicológico. Uno nos ayuda a comprender cómo se constituye la capacidad de elaborar la experiencia; el otro, cómo se establecen algunas de las condiciones que permiten sentir la propia existencia como real y continua.

¿Qué entendemos por afecto?

Para comprender estos procesos conviene detenernos brevemente en el concepto de afecto, que en la literatura sobre apego, regulación emocional y desarrollo temprano posee un significado más amplio que el que habitualmente atribuimos a las emociones.

Cuando pensamos en una emoción solemos imaginar experiencias relativamente diferenciadas, como el miedo, la tristeza, la alegría o la rabia. Sin embargo, existe un nivel más elemental de nuestra vida afectiva, vinculado a las variaciones del estado corporal, que no requiere necesariamente que podamos identificar una emoción concreta.

Siguiendo la formulación de Daniel Hill, podemos entender el afecto primario como la representación somática del estado del organismo, una experiencia sensoriomotora y fisiológica que se manifiesta mediante sensaciones corporales de bienestar o malestar, activación o desactivación. Se trata de una dimensión fundamental de nuestra vida mental, porque proporciona una forma de registro no verbal de lo que está sucediendo en el cuerpo, incluso cuando todavía no disponemos de palabras o categorías emocionales para interpretarlo.

CONCEPTO CLAVE | LAS DOS DIMENSIONES DEL AFECTO PRIMARIO

Dimensión Significado Ejemplos
Nivel de activación Grado de excitación fisiológica del organismo. Desde el reposo y la somnolencia hasta la agitación o la excitación intensa.
Tono hedónico Cualidad agradable o desagradable de la experiencia. Desde el malestar y el displacer hasta el bienestar y el placer.

Estas dimensiones se combinan de diversas formas:

Experiencia desagradable Experiencia agradable
Alta activación Tensión, agitación, malestar intenso. Excitación placentera, entusiasmo.
Baja activación Decaimiento, apatía desagradable. Calma, reposo placentero.

La activación fisiológica y el tono hedónico son dimensiones diferentes. Una experiencia intensa no tiene por qué ser desagradable, del mismo modo que un estado de baja activación no siempre resulta placentero.

Estas dimensiones permiten comprender cómo un bebé puede experimentar intensamente su estado corporal sin disponer todavía de las capacidades necesarias para identificarlo mediante categorías emocionales o representaciones conceptuales. Puede sentirse alterado, incómodo, excitado o plácidamente satisfecho, aunque todavía no pueda reconocer esos estados como hambre, cansancio, miedo o alegría.

Los denominados afectos categóricos, por su parte, corresponden a formas emocionalmente más diferenciadas, como la tristeza, la ira o el miedo, que van adquiriendo una organización y unas posibilidades de reconocimiento cada vez mayores a lo largo del desarrollo.

Esta distinción resulta importante porque nos permite entender qué está sucediendo en el ejemplo anterior. El bebé no necesita saber que tiene calor para experimentar el malestar asociado a su estado corporal, del mismo modo que tampoco necesita reconocer conceptualmente la tranquilidad para beneficiarse del contacto con su madre. Lo que experimenta inicialmente es un flujo de sensaciones y estados afectivos que encuentran en la sensibilidad y la respuesta de otra persona una posibilidad de regulación y, progresivamente, de diferenciación y significado.

La sintonía afectiva y el desarrollo de la autorregulación

Los estudios contemporáneos sobre el apego y la regulación afectiva han ampliado considerablemente nuestra comprensión de estos procesos. Autores como Allan Schore, Daniel Siegel y Daniel Hill han destacado la importancia de las interacciones tempranas en el desarrollo de los sistemas implicados en la regulación emocional y en la organización de la experiencia interpersonal.

La regulación afectiva del bebé se produce inicialmente, en buena medida, mediante procesos de corregulación: el adulto contribuye a modificar sus estados fisiológicos y emocionales a través del contacto corporal, la temperatura, el ritmo de sus movimientos, el tono de voz, las expresiones faciales y otras formas de comunicación no verbal.

Como señala Daniel Hill, durante los primeros momentos del desarrollo el contacto físico desempeña un papel especialmente importante, mientras que progresivamente adquieren mayor relevancia otras formas de comunicación afectiva a distancia. Una mirada, una expresión facial, una determinada inflexión de la voz o la manera en que el adulto responde a un gesto pueden transmitir información emocional y modificar el estado del bebé sin necesidad de contacto directo.

Esta comunicación implícita constituye una dimensión esencial del vínculo de apego. Antes de comprender las palabras, el niño participa ya en un intercambio continuo de señales corporales y afectivas mediante el cual aprende, de una manera inicialmente no verbal, qué puede esperar de los demás y cómo se relacionan sus propios estados internos con las respuestas que recibe.

A través de estas experiencias repetidas, los patrones de regulación que inicialmente dependen de la relación van convirtiéndose en recursos progresivamente disponibles para el propio individuo. La capacidad de tranquilizarse, tolerar determinados niveles de activación, diferenciar estados emocionales y recuperar el equilibrio después de una experiencia perturbadora se desarrolla sobre la base de mecanismos biológicos propios, pero también de la historia de regulación compartida con las figuras de apego.

La calidad de esta sintonía depende, a su vez, de las posibilidades emocionales de quienes cuidan. Una madre que ha aprendido a desconectarse de sus propios estados corporales o afectivos, que se encuentra sometida a un estrés desbordante o que atraviesa una situación de profunda inseguridad puede experimentar mayores dificultades para percibir, tolerar e interpretar las necesidades del bebé. No porque carezca necesariamente de afecto hacia él, sino porque su propia capacidad de regulación y disponibilidad emocional puede encontrarse comprometida.

Sin embargo, sería un error convertir estas dificultades en una relación causal simple o atribuir a cada desajuste consecuencias inevitables sobre el desarrollo infantil. Las relaciones tempranas incluyen necesariamente momentos de desconexión, interpretaciones equivocadas y respuestas insuficientes. Lo decisivo no es la ausencia absoluta de dificultades, sino la existencia de condiciones suficientemente estables de cuidado, sensibilidad y reparación, junto con las oportunidades que ofrecen otras relaciones significativas a lo largo del desarrollo.

La importancia de estas experiencias no reside únicamente en que el niño aprenda a calmarse. A través de la regulación compartida se establecen también las condiciones que permiten prestar atención a lo que sucede, diferenciar los estados internos y elaborar progresivamente la experiencia. Una activación emocional que desborda de manera persistente los recursos del individuo dificulta estas funciones, mientras que un entorno suficientemente regulador facilita su desarrollo.

De la regulación compartida al sentimiento de ser uno mismo

Podemos regresar ahora a la pregunta con la que comenzábamos: ¿cómo llega una persona a experimentar su vida como propia?

Las aportaciones de Bion y Winnicott permiten comprender que el desarrollo de la subjetividad no consiste únicamente en adquirir determinadas capacidades cognitivas o construir una representación conceptual de uno mismo. Antes de poder decir yo, antes incluso de disponer de palabras con las que describir sus emociones, el niño necesita desarrollar una organización de su experiencia que le permita sentir cierta continuidad entre sus estados corporales, sus acciones y las relaciones que mantiene con el mundo.

La presencia de otro ser humano capaz de reconocerlo como alguien que siente, desea y necesita contribuye a que esas experiencias puedan ir adquiriendo una organización cada vez más diferenciada. Lo que inicialmente se encuentra sostenido por la capacidad reguladora y elaborativa de la figura cuidadora va convirtiéndose, de manera gradual y nunca completamente independiente de los demás, en una capacidad propia.

ESQUEMA | DE LA CORREGULACIÓN A LA AUTORREGULACIÓN

  1. REGULACIÓN COMPARTIDA
    El bebé necesita la participación de otra persona para modular muchos de sus estados internos.
  2. EXPERIENCIAS RELACIONALES REPETIDAS
    Se establecen regularidades entre lo que siente, cómo responde el otro y lo que sucede después.
  3. INTERIORIZACIÓN Y DIFERENCIACIÓN
    Se desarrollan recursos propios para reconocer, organizar y modular la experiencia.
  4. MAYOR AUTONOMÍA PSICOLÓGICA
    El niño amplía su capacidad para sostener sus estados internos, pensar sobre ellos y actuar desde una experiencia propia.

No se trata de cuatro etapas rígidas ni de un proceso que culmine en una independencia absoluta. La autorregulación y la regulación interpersonal continúan coexistiendo durante toda la vida.

En este sentido, la subjetividad emerge en la intersección entre los procesos de maduración del organismo y la experiencia de encontrarse con otros sujetos. No es simplemente algo que recibimos desde fuera, como tampoco constituye una propiedad plenamente formada que se despliega al margen de nuestras relaciones. Se desarrolla mediante un proceso continuo en el que nuestra experiencia corporal, nuestra capacidad de actuar y sentir y las respuestas que encontramos en los demás participan en la constitución de una vida psíquica progresivamente más integrada.

Podemos volver, finalmente, a la imagen del útero psicológico. Su función no consiste en conservar indefinidamente al individuo en una situación de dependencia, sino precisamente en proporcionar las condiciones que hacen posible una autonomía creciente. Del mismo modo que la gestación biológica prepara al organismo para vivir fuera del útero materno, las experiencias tempranas de sostén y regulación contribuyen a que el niño desarrolle capacidades psicológicas con las que podrá afrontar progresivamente situaciones que antes necesitaba atravesar acompañado.

Pero hay una diferencia fundamental: mientras que el nacimiento pone fin a nuestra permanencia en el útero físico, el desarrollo psicológico no culmina con la desaparición de nuestra necesidad de los demás. Durante toda la vida seguimos recurriendo a otras personas para regular nuestras emociones, comprender experiencias difíciles y encontrar nuevas formas de pensar aquello que nos sucede. La autonomía psicológica no consiste en dejar de necesitar relaciones, sino en poder participar en ellas sin perder la experiencia de ser uno mismo.

Quizá una de las intuiciones más profundas de estas perspectivas sea que la posibilidad de estar con nosotros mismos se desarrolla, en parte, a través de la experiencia de haber estado con alguien capaz de acompañarnos en lo que nos sucedía. La mente que un día podrá reconocer, pensar y sostener su propia experiencia ha encontrado antes, en otras mentes, algunas de las condiciones que hicieron posible ese desarrollo.

Referencias bibliográficas

  • Bion, W. R. (1962). Learning from Experience. Heinemann.
  • Winnicott, D. W. (1960). The Theory of the Parent-Infant Relationship. International Journal of Psycho-Analysis, 41, 585–595.
  • Hill, D. (2015). Affect Regulation Theory: A Clinical Model. W. W. Norton & Company.
  • Groth, J. (2016). W. R. Bion’s Models of Mind as the Foundation of the Concept of Mentalization. Current Issues in Personality Psychology, 4(1), 18–30.
  • Ogden, T. H. (2004). On Holding and Containing, Being and Dreaming. International Journal of Psychoanalysis, 85(6), 1349–1364.
  • Reseña de Nicolás Lorenzini sobre los modelos de la mente de Bion: https://revistamentalizacion.com/ultimonumero/resena_los_modelos.pdf