El apego en psicoterapia: cómo las relaciones transforman nuestra experiencia

El apego en psicoterapia: la relación como lugar de transformación

«Es más fácil eludir algo cuando a uno se lo dicen desde afuera, que cuando surge de las profundidades del propio ser».

— Frase atribuida a Irvin Yalom

Las distintas perspectivas psicoterapéuticas han tratado de comprender cómo se organiza la experiencia humana, cómo surgen y se mantienen las dificultades psicológicas y qué hace posible su transformación. La teoría del apego, desarrollada inicialmente por John Bowlby y enriquecida posteriormente por las investigaciones de Mary Ainsworth, Mary Main, Peter Fonagy y numerosas autoras, ha contribuido decisivamente a esta comprensión. Su principal aportación a la psicoterapia no consiste en ofrecer un conjunto de procedimientos técnicos, sino en ayudarnos a reconocer que buena parte de nuestra vida psicológica se constituye en el seno de nuestras primeras relaciones y que, precisamente por ello, también puede experimentar transformaciones a través de nuevas experiencias relacionales.

Como señala David Wallin en El apego en psicoterapia (2007), la teoría del apego no proporciona tanto técnicas específicas para promover el cambio terapéutico, como un marco extraordinariamente fértil para comprender los procesos que tienen lugar en terapia y las condiciones que permiten trascender las limitaciones impuestas por nuestra historia.

Wallin sintetiza las principales implicaciones clínicas de estas investigaciones en tres hallazgos fundamentales:

  1. Los vínculos de apego constituyen el contexto fundamental del desarrollo. La experiencia psicológica se organiza inicialmente en la relación con otras personas, de modo que una nueva relación puede convertirse también en un contexto de transformación.

  2. La experiencia preverbal constituye una dimensión fundamental del self en desarrollo. Antes de disponer de palabras para comprender lo que nos ocurre, hemos desarrollado formas implícitas, corporales y afectivas de experimentar nuestra existencia y nuestras relaciones.

  3. La postura que adoptamos ante nuestra propia experiencia puede ser más importante para la seguridad del apego que los acontecimientos de nuestra historia considerados aisladamente. No solamente importa lo que hemos vivido, sino también la relación que hemos aprendido a mantener con nuestros sentimientos, recuerdos y necesidades.

Estas tres aportaciones permiten comprender la psicoterapia como un proceso simultáneamente relacional, corporal, emocional y reflexivo, en el que la transformación no depende exclusivamente de adquirir nuevos conocimientos sobre nosotros mismos, sino también de desarrollar otras posibilidades de experiencia.

ESQUEMA · Tres dimensiones del cambio terapéutico según los hallazgos destacados por Wallin

Vínculo seguro → posibilita explorar experiencias difíciles

Experiencia preverbal → permite atender lo corporal, afectivo e implícito

Postura reflexiva → favorece una nueva relación con la propia experiencia

No son tres etapas sucesivas, sino dimensiones que se influyen mutuamente.

La relación terapéutica como base segura

Una de las contribuciones más importantes de Bowlby fue reconocer que la seguridad proporcionada por una figura de apego no solamente protege frente al peligro, sino que constituye una condición fundamental para la exploración. El niño que puede confiar en la disponibilidad y sensibilidad de su cuidador dispone de una base segura desde la que aventurarse hacia el mundo, aproximarse a lo desconocido y afrontar experiencias que, en ausencia de esa seguridad, podrían resultar demasiado amenazantes.

Algo semejante sucede en psicoterapia. La relación con el terapeuta puede llegar a convertirse en una base segura desde la cual explorar regiones de la propia experiencia que hasta entonces habían permanecido inaccesibles, evitadas o disociadas. Sentimientos que nunca pudieron ser expresados, necesidades cuya manifestación suponía un peligro para el vínculo o recuerdos que resultaban difíciles de integrar pueden comenzar a encontrar un lugar en la conciencia cuando existe una relación suficientemente segura para aproximarse a ellos.

Nuestras primeras relaciones no solamente nos enseñan qué podemos esperar de los demás, sino también qué aspectos de nosotros mismos podemos experimentar y expresar sin poner en riesgo el vínculo. A través de innumerables interacciones, muchas de ellas anteriores a la adquisición del lenguaje, el niño aprende si su miedo encontrará consuelo, si su tristeza despertará comprensión, si su enfado será tolerado o si sus necesidades provocarán rechazo, indiferencia o intrusión.

De estas experiencias surgen los modelos operativos internos descritos por Bowlby: organizaciones relativamente estables de expectativas, representaciones y disposiciones afectivas que orientan nuestra manera de percibirnos y relacionarnos. Estos modelos no deben entenderse únicamente como creencias conscientes acerca de quiénes somos o cómo son los demás. Incluyen también formas implícitas de anticipar lo que puede suceder en una relación, de regular nuestras emociones y de responder corporalmente a determinadas situaciones interpersonales.

CONCEPTO · Modelos operativos internos

Patrones de expectativas sobre uno mismo y los demás, formados a partir de las relaciones de apego. Incluyen representaciones conscientes y aprendizajes implícitos que organizan la interpretación de las relaciones, la regulación emocional y las respuestas ante la proximidad o la distancia.

Una persona puede comprender intelectualmente que tiene derecho a expresar sus necesidades y, sin embargo, experimentar una angustia intensa cuando intenta hacerlo; puede saber que su terapeuta no va a abandonarla por manifestar enfado y descubrir, pese a ello, que algo en su interior le impide expresar su desacuerdo. La dificultad no reside necesariamente en una creencia equivocada que deba corregirse, sino en una organización más profunda de la experiencia, desarrollada cuando depender emocionalmente de otra persona suponía determinadas condiciones para preservar la relación.

La seguridad terapéutica puede permitir que estas organizaciones comiencen a modificarse. No porque el terapeuta sustituya simplemente una interpretación negativa por otra positiva, sino porque ofrece un contexto interpersonal en el que ciertas experiencias pueden producirse de una manera diferente a la esperada.

La relación terapéutica no constituye solamente un lugar donde comprender nuestra historia, sino también un lugar donde algunos aspectos de esa historia pueden dejar de repetirse del mismo modo.

ESQUEMA · De la experiencia relacional temprana a la posibilidad de cambio

Experiencias reiteradas con las figuras de apego → expectativas y respuestas relacionales aprendidas → activación en las relaciones actuales → nuevas experiencias de relación y reflexión → posibilidad de flexibilizar esas expectativas.

Es una representación pedagógica, no una secuencia automática ni lineal.

La experiencia preverbal: aquello que sabemos sin poder pensarlo

La segunda aportación señalada por Wallin nos conduce hacia una dimensión particularmente importante de la psicoterapia: buena parte de las organizaciones psicológicas que condicionan nuestra experiencia adulta comenzaron a desarrollarse antes de que dispusiéramos del lenguaje necesario para representarlas y comprenderlas.

Las primeras relaciones de apego se inscriben en una experiencia fundamentalmente corporal, emocional e interpersonal. Antes de poder pensar «no puedo confiar en los demás» o «mis necesidades resultan molestas», el niño puede haber desarrollado formas de tensión, retirada, inhibición o búsqueda ansiosa de proximidad que expresan un conocimiento implícito acerca de cómo funcionan sus relaciones.

Este conocimiento no tiene necesariamente la forma de un recuerdo autobiográfico. Puede manifestarse como una sensación de fondo, una disposición corporal, una expectativa apenas reconocible o una manera habitual de organizar la atención y las respuestas emocionales ante determinadas situaciones. Se trata de formas de experiencia que, aunque no hayan sido formuladas conceptualmente, participan activamente en nuestra manera de estar en el mundo.

Christopher Bollas utilizó la expresión «lo sabido impensado» para referirse a dimensiones de nuestra experiencia que conocemos de alguna manera, aunque nunca hayan llegado a constituirse plenamente como pensamientos conscientes. Desde una perspectiva contemporánea, este concepto puede ponerse en relación con el conocimiento implícito, la memoria procedimental y las formas no declarativas de aprendizaje afectivo y relacional, aunque no exista una equivalencia exacta entre estos constructos.

CONCEPTO · Experiencia preverbal y conocimiento implícito

Experiencia preverbal: formas de sentir y organizar las relaciones desarrolladas antes de disponer de lenguaje narrativo.

Conocimiento implícito: aprendizaje que influye en la percepción, las emociones y la conducta sin necesidad de formularse conscientemente. No equivale, por sí mismo, a un recuerdo reprimido o disociado.

En la práctica clínica, esto significa que las dificultades del paciente no siempre se presentan como ideas, recuerdos o narraciones susceptibles de ser examinadas mediante la reflexión. En ocasiones aparecen en la propia manera de relacionarse, en las emociones que despierta la proximidad del terapeuta, en la tensión que acompaña a determinados silencios o en una sensación corporal cuya significación todavía no puede expresarse mediante palabras.

Por ejemplo, una persona puede experimentar una vaga sensación de peligro cada vez que comienza a sentirse comprendida. Quizás desee profundamente establecer relaciones íntimas y, sin embargo, descubra que la proximidad emocional despierta en ella un impulso casi irresistible de retirarse. Puede que nunca haya formulado conscientemente que la intimidad supone una amenaza para su autonomía, pero su organismo parece anticipar ese peligro antes de que pueda pensarlo.

Desde esta perspectiva, el trabajo terapéutico no consiste exclusivamente en interpretar significados ocultos, sino también en ayudar a reconocer, sostener y desarrollar experiencias que todavía no han encontrado una representación suficientemente clara.

Lo que no podemos expresar también aparece en la relación

Una de las consecuencias clínicas más interesantes de esta concepción es que aquello que no podemos reconocer, tolerar o expresar acerca de nosotros mismos no desaparece necesariamente de nuestra vida psicológica. Puede continuar manifestándose a través de formas implícitas de comunicación y de organización de nuestras relaciones.

Siguiendo a Wallin, podemos distinguir tres maneras especialmente relevantes mediante las cuales la experiencia negada o disociada puede hacerse presente en psicoterapia:

Evocamos experiencias en los demás. Nuestra manera de relacionarnos puede despertar determinadas emociones, actitudes o impulsos en otra persona, incluidos aquellos que no somos capaces de reconocer en nosotros mismos.

Representamos o escenificamos experiencias con los demás. Determinadas configuraciones relacionales aprendidas pueden reproducirse en la interacción, de modo que paciente y terapeuta llegan a participar, a menudo sin advertirlo inicialmente, en una dinámica que guarda relación con experiencias anteriores.

Corporizamos experiencias. Aquello que todavía no puede expresarse verbalmente puede manifestarse mediante sensaciones físicas, cambios posturales, tensiones musculares, alteraciones de la respiración o formas características de activación y retirada.

ESQUEMA · Tres vías de expresión de la experiencia difícil de simbolizar

Evocación: lo que la relación despierta en otra persona.

Escenificación: lo que ambas personas terminan reproduciendo en la interacción.

Corporización: lo que se manifiesta en la vivencia y la respuesta del cuerpo.

Estas vías pueden coexistir y requieren exploración contextual; ninguna constituye una prueba interpretativa por sí sola.

Estos fenómenos muestran hasta qué punto el trabajo terapéutico requiere prestar atención a dimensiones de la experiencia que van más allá del discurso explícito del paciente. Su historia no se expresa solamente a través de lo que cuenta, sino también mediante cómo lo cuenta, qué emociones puede experimentar mientras lo hace, cuáles parecen quedar fuera de su conciencia y qué ocurre en la relación cuando determinados aspectos de su experiencia comienzan a aproximarse.

Conviene, sin embargo, evitar una comprensión excesivamente lineal de estos procesos. Una sensación corporal no posee un significado psicológico unívoco, del mismo modo que la emoción evocada en el terapeuta no constituye una prueba directa de lo que el paciente está sintiendo inconscientemente. Son indicios que pueden orientar la exploración, pero cuyo sentido necesita descubrirse en el contexto singular de cada relación.

Los tres canales de comunicación terapéutica

Esta atención a las diferentes dimensiones de la interacción puede organizarse mediante los tres canales de comunicación descritos en la tradición clínica de Otto Kernberg, que permiten observar simultáneamente lo que el paciente expresa, cómo lo expresa y qué sucede en la experiencia subjetiva del propio terapeuta.

El canal verbal comprende el contenido explícito del discurso: los acontecimientos relatados, las creencias, los recuerdos, las explicaciones y los significados que el paciente puede formular acerca de sí mismo y de sus relaciones.

El canal no verbal incluye la expresión facial, el tono de voz, los silencios, los movimientos, la postura corporal y las modificaciones de la activación emocional que acompañan al relato. En ocasiones, estos aspectos permiten advertir discrepancias entre aquello que una persona afirma sentir y la manera en que parece estar experimentándolo.

El canal contratransferencial corresponde a la experiencia subjetiva que se despierta en el terapeuta durante la interacción: sus emociones, sensaciones corporales, pensamientos, fantasías e impulsos de acción, incluidos aquellos que pueden resultar inesperados o difíciles de comprender.

CUADRO · Los tres canales de comunicación

| Canal | ¿A qué presta atención el terapeuta? | |—|—| | Verbal | Lo que el paciente relata y puede formular. | | No verbal | Cómo lo comunica: gestos, tono, silencios y postura. | | Contratransferencial | Qué emociones, pensamientos y sensaciones aparecen en el propio terapeuta. |

Los tres aportan indicios complementarios, que deben interpretarse con cautela.

La importancia de este tercer canal reside en que el terapeuta no observa la relación desde una posición exterior a ella. Participa inevitablemente en el campo interpersonal que se desarrolla durante la sesión y, por tanto, su propia experiencia puede proporcionar información relevante acerca de los procesos que están teniendo lugar.

Pero esta misma participación exige una especial prudencia. Como señala Theodore Jacobs, la contratransferencia constituye una realidad compleja en la que se entremezclan las respuestas subjetivas del terapeuta con aspectos del mundo interno del paciente que pueden movilizarse en la relación.

De ahí la importancia de no considerar las reacciones contratransferenciales como una lectura transparente de la experiencia ajena. El sentimiento de impotencia, irritación, ternura o distancia que aparece en el terapeuta puede guardar relación con aspectos comunicados implícitamente por el paciente, pero también con su propia historia personal, sus expectativas, sus conflictos o la manera particular en que ambos están participando en la interacción.

Su utilidad clínica depende, precisamente, de la capacidad para convertir esa experiencia en objeto de reflexión en lugar de actuarla irreflexivamente.

Así, cuando un terapeuta advierte que comienza a sentirse excesivamente responsable del bienestar de un paciente, puede preguntarse qué está sucediendo entre ambos: si esa responsabilidad responde a necesidades reales de la situación, si constituye una disposición personal del terapeuta o si ambos están participando en una organización relacional en la que uno parece necesitar ser cuidado mientras el otro se siente obligado a hacerse cargo de todo.

El valor de estas preguntas no consiste en alcanzar inmediatamente una interpretación correcta, sino en ampliar la conciencia acerca de una relación que se está construyendo momento a momento y en la que pueden estar reproduciéndose, transformándose o incluso creándose nuevas formas de experiencia interpersonal.

La postura del yo ante su propia experiencia

La tercera aportación que Wallin destaca de las investigaciones sobre el apego introduce una cuestión decisiva: la seguridad psicológica no depende exclusivamente de los acontecimientos que una persona ha vivido, sino también de la manera en que puede relacionarse con ellos y con la experiencia que despiertan en su interior.

Los trabajos de Mary Main sobre las representaciones del apego y las investigaciones posteriores de Peter Fonagy acerca de la mentalización han mostrado la importancia de la capacidad para reflexionar sobre nuestros propios estados mentales, reconocer su naturaleza subjetiva y comprender que las emociones, deseos, recuerdos y pensamientos constituyen experiencias que pueden ser observadas, exploradas y comprendidas sin quedar necesariamente absorbidos por ellas.

Esta capacidad nos permite tomar cierta distancia reflexiva respecto de nuestra experiencia, no para desconectarnos afectivamente de ella, sino para permanecer en contacto con lo que sentimos sin quedar completamente identificados con ello ni necesitar apartarlo de nuestra conciencia.

CONCEPTO · Mentalización y función reflexiva

Mentalización: capacidad de comprender la propia conducta y la de otras personas en relación con estados mentales como emociones, deseos, intenciones y creencias.

Función reflexiva: capacidad de advertir y pensar la experiencia interna como experiencia subjetiva, sin confundir automáticamente lo sentido con lo que sucede fuera de nosotros.

Una persona que experimenta un intenso sentimiento de abandono puede interpretarlo como la confirmación de que está siendo rechazada y reaccionar con desesperación, protesta o retirada. Sin embargo, también puede llegar a reconocer que ese sentimiento forma parte de su experiencia, que tiene una historia y que, por muy convincente que resulte, no necesariamente refleja lo que está sucediendo en la relación presente.

La diferencia entre ambas posiciones no consiste en experimentar o dejar de experimentar determinados sentimientos, sino en la posibilidad de establecer una relación distinta con ellos.

ESQUEMA · Dos modos de relacionarse con el sentimiento de abandono

Identificación inmediata: «Siento abandono» → «Me están rechazando» → reacción de protesta, desesperación o retirada.

Posición reflexiva: «Siento abandono» → «Reconozco que este sentimiento tiene una historia» → exploro qué ocurre ahora antes de concluir que estoy siendo rechazado.

El objetivo no es eliminar la emoción, sino ampliar la libertad para relacionarse con ella.

Esta es una de las razones por las que el desarrollo de la función reflexiva, la mentalización y determinadas formas de atención consciente adquieren tanta importancia en las psicoterapias contemporáneas. Nos permiten reconocer nuestra experiencia sin convertirla automáticamente en una verdad absoluta acerca de nosotros mismos o de los demás, favoreciendo una mayor integración entre los distintos aspectos de nuestra vida emocional.

No obstante, esta capacidad tampoco se desarrolla al margen de las relaciones. Aprendemos progresivamente a reconocer nuestros estados internos, en buena medida, porque alguien ha podido reconocerlos, sostenerlos y responder a ellos sin negarlos ni quedar desbordado. La posibilidad de adoptar una postura reflexiva hacia nuestra experiencia está profundamente vinculada con la experiencia previa de haber sido comprendidos como sujetos que sienten, desean y piensan.

En ese sentido, la psicoterapia puede contribuir a desarrollar una relación con nosotros mismos que, en determinados aspectos, se asemeja a la que el terapeuta ha ido construyendo con nosotros: una relación más atenta, tolerante y capaz de reconocer nuestra complejidad.

Una relación desde la que poder explorar

La terapia orientada por la teoría del apego no pretende reproducir literalmente una relación parental ni convertir al terapeuta en una figura destinada a satisfacer todas las necesidades emocionales del paciente. Su propósito es ofrecer una relación profesional suficientemente segura, sensible y consistente para que puedan explorarse tanto las experiencias que han organizado su vida psicológica como las formas en que esas experiencias continúan manifestándose en el presente.

Siguiendo a Bowlby, Mario Marrone destaca cuatro tareas fundamentales para este proceso terapéutico:

  1. Establecer una base segura que permita al paciente desarrollar confianza suficiente para explorar experiencias difíciles.

  2. Examinar sus circunstancias presentes, prestando atención a su participación en las situaciones y relaciones que forman parte de su vida.

  3. Explorar cómo interpreta la conducta de los demás y qué espera de ellos, reconociendo las expectativas relacionales que pueden condicionar su experiencia.

  4. Establecer conexiones entre pasado y presente, comprendiendo de qué manera las experiencias anteriores continúan organizando determinadas respuestas emocionales e interpersonales.

ESQUEMA · Cuatro tareas terapéuticas en la perspectiva de Bowlby y Marrone

Base segura ↔ Exploración del presente ↔ Expectativas sobre los demás ↔ Conexiones entre pasado y presente

Las flechas indican influencia recíproca: estas tareas se desarrollan conjuntamente y no constituyen fases cerradas.

Estas tareas no constituyen una secuencia estrictamente lineal. La seguridad se construye y reconstruye a lo largo del tratamiento, mientras que la exploración del presente, la comprensión de la propia historia y la transformación de las expectativas relacionales se influyen mutuamente.

Desde esta perspectiva, la sensibilidad del terapeuta no es solamente una cualidad deseable que acompaña a las intervenciones técnicas, sino una dimensión fundamental del propio proceso terapéutico. Una interpretación puede resultar intelectualmente acertada y, sin embargo, no ser emocionalmente accesible para el paciente si aparece en un contexto donde este se siente incomprendido, amenazado o invadido.

Esto no significa que toda intervención deba esperar a que exista una seguridad completa, algo probablemente imposible en muchas relaciones terapéuticas, especialmente cuando las dificultades de apego forman parte del motivo de consulta. Significa que la manera en que una intervención es recibida, y las posibilidades que abre o cierra para la exploración, dependen también de lo que está sucediendo en el vínculo.

La relación terapéutica adquiere así una doble función: permite investigar las formas en que nuestra historia continúa organizando nuestra experiencia y, al mismo tiempo, puede convertirse en el escenario donde algunas de esas formas comienzan a transformarse.

Quizás uno de los aspectos más profundos de esta concepción sea reconocer que el cambio psicológico no siempre consiste en descubrir algo que desconocíamos. En ocasiones, conocemos suficientemente bien nuestra historia y comprendemos las razones de nuestras dificultades, pero seguimos experimentándonos y relacionándonos de maneras que parecen resistirse a esa comprensión. Lo que necesitamos entonces no es necesariamente una explicación más precisa, sino una experiencia en la que aquello que hemos aprendido a temer, ocultar o rechazar pueda comenzar a encontrar otra respuesta.

La psicoterapia ofrece, en sus mejores momentos, la posibilidad de que algo que solamente podía sentirse de manera confusa encuentre una forma de expresión, que algo que necesitaba permanecer fuera de la conciencia pueda comenzar a ser reconocido y que una relación con nosotros mismos organizada alrededor del miedo, la vergüenza o la desconfianza adquiera gradualmente otras posibilidades.

De este modo, el vínculo terapéutico no se limita a proporcionarnos seguridad para mirar hacia nuestra historia. También puede ayudarnos a desarrollar la capacidad de estar con nuestra propia experiencia sin tener que abandonarnos a nosotros mismos.


Referencias y lecturas recomendadas

  • Bowlby, J. (1988). A Secure Base: Parent-Child Attachment and Healthy Human Development. Basic Books.

  • Wallin, D. J. (2007). Attachment in Psychotherapy. Guilford Press. Publicado en español como El apego en psicoterapia.

  • Bollas, C. (1987). The Shadow of the Object: Psychoanalysis of the Unthought Known. Free Association Books.

  • Fonagy, P., Gergely, G., Jurist, E. L., y Target, M. (2002). Affect Regulation, Mentalization, and the Development of the Self. Other Press.

  • Benito, G. (2006). Teoría del apego y psicología del self: una integración posible. Aperturas Psicoanalíticas, n.º 22.

  • Celis Sierra (2007). Reseña de Contratransferencia, pasado y presente: una revisión del concepto, de Theodore Jacobs. Aperturas Psicoanalíticas, n.º 25.

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