Olvidé que abusaron de mí. Amnesia disociativa y abusos sexuales en la infancia. (2ª parte)

Continuamos con la segunda entrada de una serie dedicada a la Amnesia Disociativa y el Abuso Sexual Infantil, o en otras palabras, al fenómeno de ser abusado sexualmente durante la infancia y olvidar por completo lo sucedido.  En la entrada anterior (consultar aquí) describimos el fenómeno. En esta ocasión expondremos algunas de las teorías explicativas actuales. Estas teorías tratan de iluminar su comprensión y guiar la intervención terapéutica de un modo más respetuoso y efectivo.

CÓMO Y POR QUÉ SUCEDE. LA LÓGICA DEL OLVIDO.

Encabezamos este apartado con el sugerente título del libro de Freyd “La lógica del olvido”. La amnesia disociativa del ASI obedece a una lógica que permite al organismo adaptarse lo mejor posible a la experiencia traumática de ser abusado. Los conocimientos actuales en neurociencia y psicología cognitiva permiten comprender algunos de los mecanismos implicados en este fenómeno.

La función del dolor.

Imagine a alguien que realizando un sendero por una aislada cumbre montañosa cae al suelo rompiéndose la pierna. Lo más probable es que si la persona iba a acompañada de alguien permanezca con un dolor intenso en el suelo hasta que su compañero regrese con ayuda. Sin embargo, lo más probable en el caso de que fuera sola, es que la persona no sienta excesivo dolor en la pierna y pueda caminar hasta encontrar ayuda. Será entonces cuando, sabiéndose a salvo, se tumbe en el suelo acosada por un intenso dolor. Lo más adaptativo para la supervivencia en el primer caso es permanecer inmóvil hasta que vengan a socorrerla y no causar daños incensarios y posiblemente irreversibles en la pierna en caso de caminar con ella. En el segundo caso, lo más adaptativo es caminar, pues de lo contrario, no sólo la pierna puede sufrir daños, sino que literalmente la persona puede morir abandonada. El sistema de estrés es capaz de anestesiar el dolor físico y emocional y ayudar a la persona a concentrar sus fuerzas en la superación de un desafío vital. Se ha llegado a reportar el caso (Levine) de un hombre que fue atacado por una tigresa, arrastrado decenas de metros y luego permaneció durante largos minutos como juguete de la misma siendo mordisqueado de vez en cuando sin sentir apenas dolor. No fue hasta que unos cazadores abatieron al animal que toda la intensidad del dolor físico y una abrumadora oleada de terror la sobrecogieron.

El dolor y el malestar físico tienen primariamente una función adaptativa. Es el dolor el que nos obliga a inmovilizar una zona lesionada hasta que se recupera. El que nos obliga a descansar o dejar de comer cuando lo contrario nos dañaría. Sin embargo, nuestro organismo dispone de mecanismos que nos ayudan a suprimir o amortiguar su percepción en aras de garantizar nuestra supervivencia. Especialmente cuando el abusador es una figura significativa y de autoridad para la víctima, alguien en quien confía, en la que de algún modo está “obligada” a confiar para su bienestar, y muy especialmente si se trata de una figura de apego primaria, el olvido del dolor, el malestar y los hechos que lo despiertan puede ser profundamente adaptativo para la supervivencia.

El sistema de apego en la infancia

El psiquiatra y neurocientífico Daniel Siegel afirma que cuando un niño es abusado por una figura de apego primaria, como un padre o madre, se encuentra en una paradoja biológica. Por un lado, todo su sistema de apego le empuja a salvaguardar intimidad y cercanía con ella como una fuente de seguridad. Por otro lado, todo su sistema de lucha y huida para protegerle del peligro y la agresión, le empuja a alejarse. Es en el cruce de esas fuerzas contradictorias donde se produce la disociación y la amnesia.

              La importancia del sistema de apego fue revelado experimentalmente en las polémicas investigaciones de Harry Harlow. Separó a monos recién nacidos de sus madres biológicas y los colocó en jaulas con madres artificiales. Unas eran figuras de alambre con un biberón, las otras figuras cubiertas de felpa con una forma y textura más similares a una madre real. Las crías pasaban la mayor parte del tiempo con la madre más cálida. Si acudían a la otra era para alimentarse y volver rápidamente a acurrucarse en la cubierta de tela. Si se introducía un artefacto ruidoso y de aspecto terrorífico para asustarles corrían velozmente con la madre de felpa para encontrar alivio y seguridad. Si la madre artificial no estaba caían en la desesperación tardando largos periodo de tiempo en restablecer la calma.  En la edad adulta los monos criados con madres de felpa eran más susceptibles al estrés y encontraban más dificultades para calmarse que los monos criados con sus madres, pero tenían menos dificultades que los criados sin una madre real o de felpa.

En el caso de los monos que eran criados siendo despojados de todo contacto, incluso del de una madre artificial de felpa, crecían gravemente trastornados. Si se introducían otros monos sanos en la jaula se apartaban en una esquina balanceándose durante horas o autolesionándose hasta que los otros monos se alejaban. Si con el tiempo y una socialización paulatina llegaban a adaptarse era de una forma precaria y sucumbiendo a estados de intenso sufrimiento y desorganización antes estímulos estresantes o de peligro.

Este y otros experimentos coetáneos al de Harlow, como el seguimiento de niños abandonados en hospicios altamente negligentes, iniciaron una línea de investigación para biólogos, etólogos, psicólogos evolutivos, y más recientemente neurocientíficos, que condujo al descubrimiento del conocido como sistema de apego. El organismo humano está predispuesto a garantizar el contacto y la intimidad con las figuras de apego primaria (madre, padre o figura equivalente) con la misma imperiosidad que respirar o mantener otras funciones biológicas. Como mamíferos sociales, la presencia de cuidadores en la temprana infancia y el mantenimiento de dicho contacto en el tiempo es crucial para la supervivencia. Sin dicho contacto la supervivencia no es posible. El organismo dispone de multitud de mecanismos que involucran procesos cognitivos, emocionales, corporales o motores, en definitiva, la globalidad del organismo infantil en desarrollo, para garantizar y promover esta interacción con las figuras de apego. El ser humano no llega al mundo capaz de una vida autónoma. Cuando sale del útero físico de su madre necesita aun del útero de las relaciones tempranas, de un útero psicológico para terminar de desarrollarse hasta ser capaz de vivir con mayor autonomía. El sistema de apego regula y modula de muy diversas maneras el mantenimiento de estas relaciones tempranas. Son tan necesarias para el niño como el cordón umbilical para el feto.

Qué pasa entonces si es una figura de apego la que está abusando sexualmente de la persona. Como mencionamos al principio, el organismo se encuentra en una encrucijada biológica irresoluble. La amnesia disociativa es una de las respuestas posibles a esa situación sin salida.

Traición

La investigadora Jeniffer Freyd acuño la expresión Trauma de Triaición (Betrayal Trauma) dado el papel preponderante que da a la traición de la confianza en la amnesia disociativa. Parece encontrarse un mayor número de testimonios de recuperación de recuerdos en casos en los que la persona mantenía una relación de confianza con la persona y en la que el abusador ejercía, o mejor dicho, debía y se esperaba que ejerciera, una cercana labor de responsabilidad y cuidado sobre la víctima que en los casos contrarios. Es decir, personas que ejercían roles de cuidado o educación como es el caso prototípico de docentes o el más extremo de figuras de apego primarias.

              Algunos autores proponen que es el trauma es una experiencia tan dolorosa y terrible que el organismo se defiende de la misma apartándola de la conciencia. Este hecho sucede en ocasiones, sin embargo, Freyd propone que “los traumas cuya probabilidad de olvido es mayor no tienen por qué ser los más dolorosos, terribles o abrumadores (aunque puedan tener esas cualidades), sino aquellos en los que la traición sea un componente fundamental… Cuánta más dependa la víctima del agresor -más poder tenga esta sobre la víctima en una relación íntima y de confianza-, mayor será la proporción de traición que afrenta. Esta traición cometida por un cuidador de confianza es el factor fundamental que determina la amnesia del trauma”. De este modo, el trauma del ASI, posee en la mayoría de los casos, el factor clave para el olvido.

Hemos de recordar que la mayoría de los casos de ASI no se ejercen con violencia. Que el abuso se produzca violentamente es más la excepción que la regla y tiende a favorecer la recuperación posterior de la víctima El abuso se produce en una relación de confianza, manipulación y engaño, lo que trae perturbadoras consecuencias en forma de confusión, dudas y autodesprecio.  Cuando se produce en el marco de una agresión violenta la víctima es más consciente de que lo sucedido ha sido un ataque involuntario y que ha participado forzadamente, siéndole más fácil separarse de lo sucedido. En el caso contrario, la víctima se tortura con reflexiones del tipo: “Pero yo en verdad le deseaba”, “Fui yo quien le provoqué”, “¿Por qué no lo conté? “¿Por qué no lo paré?”. Aunque el abusador fuera su padre o profesor y ella tuviera seis años. Por tanto, gran parte de los abusos sucede en marcos de relaciones de confianza y manipulación.

Memoria

La visión popular de la memoria se asemeja a una filmoteca. Vivimos experiencias y las vamos archivando en estanterías. Si quiero recordar el día de mi primera comunión, acudo a los archivos de esa fecha, extraigo la cinta de mis recuerdos y la proyecto en mi consciencia. Pero la memoria está muy lejos de funcionar de ese modo. Cada vez que recuperamos un recuerdo estamos incorporando información nueva al mismo acorde a nuestro presente. En una investigación (en Van der Kolk) se entrevistó durante décadas a veteranos de la Segunda Guerra Mundial. En cada entrevista referían todo tipo de recuerdos, desde episodios más o menos anodinos de sus vidas a otros más importantes, como el día de sus bodas, o bien experiencias traumáticas de sus experiencias bélicas. Cada vez que narraban los hechos lo hacían de un modo diferente. De una forma poética podríamos decir que su pasado no paraba de cambiar. Sin embargo, los recuerdos traumáticos habían quedado congelados. Era como si no se hubieran digerido y hubieran permanecido como un tóxico sin incorporarse al resto de los recuerdos que componían la trama de sus vidas. Cuando rememoraban las experiencias traumáticas de combate, el mismo olor a pólvora, la misma sensación de angustia en el cuerpo, la posición de los objetos en el espacio, seguían en el mismo lugar. No había información nueva ni se alteraba el recuerdo. Y al mencionarlos aun parecían estar vivos en el presente, manifestándose en el cuerpo y nublando la conciencia. 

La memoria se reconstruye constantemente, reorganiza, añade o borra información, ya que su función primaria no es guardar datos o esquemas, sino adaptarnos a sobrevivir. Las memorias traumáticas son estáticas, por lo que impide la creación de nuevos patrones. Suelen surgir fragmentada, como a pedazos, detonada por acontecimientos exteriores. Como el veterano de guerra que salta al suelo sobrecogido por el sonido de un helicóptero mientras bebe calmadamente café.

La memoria suele dividirse en dos tipos fundamentales: memoria explícita (más consciente) e implícita (menos consciente). La memoria explícita incluye la memoria declarativa y la episódica. La declarativa es la única a la que accedemos deliberadamente. Por ejemplo, ¿qué voy a comprar luego en el supermercado? ¿Cuál es la fecha de nacimiento de mi hermano? Datos carentes de emoción relativamente bien organizados. Con ella los humanos construyen aviones o recuerdan números de teléfono. La memoria episódica codifica experiencias vitales. Son los relatos, con componentes emocionales y ambientales, con los que damos sentido y continuidad a nuestra vida. No solemos acceder tan deliberadamente a ella como en la anterior. Veo por la calle a mi antiguo compañero de clase y de repente, como en los sueños, puedo verme y sentirme en el aula hace diez, veinte o cincuenta años.

La memoria implícita puede dividirse en emocional y procedimental. Ambas están profundamente entremezcladas. Las emocionales son poderosamente convincentes cuando las sentimos. No podemos evocarlas a voluntad ni no son accesibles como la atmósfera de un sueño. Se estructuran en torno a las emociones (miedo, sorpresa, asco, tristeza, alegría…) Se organizan bajo el umbral de nuestra consciencia, sin que nos demos cuenta, y se experimentan fundamentalmente como sensaciones en el cuerpo que tiñen lo que estamos vivenciando en ese momento. Cruzamos a esa persona en el paso de peatones y sentimos miedo o desconfianza. Estamos en una fiesta y nos acercamos a esa persona que nos inspira alegría.

Levine describe la memoria emocional como banderas que describen el matiz de las experiencias y la memoria procedimental como los impulsos. La memoria procedimental es corporal y nos guía a la acción, a alejarnos o acercarnos. Por la memoria procedimental sabemos montar en bicicleta o saltamos a la acera sin darnos cuenta cuando un coche casi nos atropella   

              Si las cosas funcionan con normalidad, la mayoría de estas memorias están integradas, es decir, de algún modo están en contacto entre ellas. Como hemos visto, se reorganizan constantemente, actualizándose cada día en función de nuestras nuevas experiencias. Imaginemos que Alberto ve a su hijo, vestido con un pantalón azul, tropezarse tras una paloma en el parque. De repente siente una extraña sensación de nostalgia teñida de alegría que inunda su cuerpo y se ve inmerso en una escena ocurrida hace décadas. En una atmósfera semejante a los sueños se contempla a sí mismo cuando era niño, corriendo tras un grupo de palomas en su ciudad natal. Durante la persecución tropieza y se tambalea. Su abuelo, al que hace mucho tiempo que no recordaba, le sostiene amorosamente para que no caiga. Siente que le echa de menos a la vez que amor y gratitud mientras lo recuerda. Ese amor y gratitud se extiende a la mirada sobre su hijo. Se vuelve hacia su pareja y relata explícitamente lo que acaba de vivir. “Era en el año 89, cuando vivíamos en Madrid…”. Detonado por el tropiezo de su hijo las memorias implícitas, corporales y emocionales, inundan su consciencia, luego traen al presente un episodio concreto vivido con su abuelo, que más tarde traerá más episodios de su relación con él. Ayudado de la memoria declarativa incorpora datos que puede compartir verbalmente con su pareja. Al hacerlo reconstruye y reorganiza su memoria autobiográfica, dando un nuevo sentido y matiz a su experiencia presente, a su nuevo rol como padre, pero también a su pasado, a su forma de comprender y narrar como ha llegado hasta allí y cómo puede proyectarse hacia el futuro. Alberto ha reorganizado espontáneamente su memoria en función de su presente.

¿Pero qué pasa si esas memorias no están integradas, si determinados aspectos, como en algunos de los episodios bélicos de los veteranos han quedado escindidos, congelados, sin posibilidad de mezclarse con el resto?

Disociación

Richard Gartner[1] explica:

        “La disociación es lo opuesto a la asociación. Significa cortar o desconectar un conjunto de contenidos mentales de otros conjuntos. Cuando ciertos pensamientos, sentimientos, recuerdos, sensaciones, comportamientos y conocimientos se encuentran normalmente asociados entre sí, la disociación los «des-asocia». Cuando se disocia, la mente desconecta los recuerdos desagradables de los sentimientos que tenía sobre ellos, o se desprende algunas partes de los hechos, o separa la memoria de la conciencia impidiendo que puedan ser recordados, de tal modo que la persona puede seguir ocupándose de su vida mientras permanece inconsciente de lo sucedido. La disociación toma los ingredientes de un trauma y los congela en el tiempo y el espacio. Esto previene que tales ingredientes se combinen y le abrumen más allá de lo soportable. En su lugar, los elementos de memoria congelados permanecen fuera del alcance de su conciencia, protegiéndole de una devastadora experiencia emocional”.

La disociación es un fenómeno normal. Es una experiencia cotidiana para muchas personas conducir desde su casa hasta el trabajo sin haberse percatado en absoluto del trayecto. Para ello han realizado innumerables maniobras corporales, atendido a infinidad de estímulos para orientarse en la complejidad de la circulación y han adaptado sus movimientos y reacciones a la perfección para evitar chocar o tomar otra dirección. Todo esto lo han hecho sin darse la más mínima cuenta de ello. Puede que durante el trayecto organizaran la lista de la compra, planificaran como recoger a su madre el domingo, o se preguntaran si una amiga se habría ofendido por su comentario de ayer en la cena. Cuando conducimos así estamos disociados. Si nos preguntan por información relativa al trayecto somos incapaces de responder, porque, de algún modo, no estábamos allí.

La disociación es, pues, tanto un aspecto normal de la experiencia humana como, llevada al extremo, el síntoma de un trastorno”, explica J.J. Freyd. “No obstante, aunque se clasifique como un trastorno, podemos decir que la disociación es una respuesta razonable a una situación irrazonable. Cuando un cuidador traiciona a un niño, este tiene que disociar la información sobre la traición de los mecanismos que controlan el vínculo y la conducta de mantenimiento del mismo. Esta respuesta disociativa es adaptativa, no patológica. Más tarde, puede conducir a problemas y causar trastornos de la conciencia y de la memoria, pero sirve para dar apoyo al niño y garantizarle cierto grado de atención.”

Marilyn van Derbur Alter ganó el concurso de Miss América en 1958. Fue abusada sexualmente por su padre desde los 5 a los 18 años, cuando salió de casa para ir a la universidad.  Recuperó los recuerdos de treces años de incesto cuando tenía 24 años. Describe gráficamente la disociación:

No recuerdo cómo ni cuando escindí mi mente. Sé que el terror de la noche a cierta edad, probablemente entre 5 ó 6 años, provocó que disociara a la niña del día de la niña de la noche. La niña del día no sabía nada de la existencia de la niña de la noche”.

Enormemente popular en Colorado, su tierra natal, se dice que cuando reveló a la prensa el incesto que había padecido, un aluvión de miles de personas acudió a Denver, la capital del estado, a buscar apoyo profesional durante las semanas posteriores. Derbur ayudó a crear la organización SUN (Survivor United Network), para dar respuesta a esta demanda.

LOS TRES CEREBROS. ANATOMÍA DEL TRAUMA

En este apartado abordaremos algunos descubrimientos de las últimas décadas en la fisiología del trauma y cómo esto puede ayudarnos a entender la amnesia disociativa del ASI. De forma simplificada podríamos afirma que poseemos tres cerebros en uno. El primero, el de más abajo, es el tronco encefálico y la base del cerebro, evolutivamente el más primitivo, y que compartirnos con los reptiles. Recibe la información del entorno a través de los sentidos y del resto del organismo, como las sensaciones musculares del bíceps o las sensaciones viscerales del estómago, y se encarga de regular procesos básicos como la digestión, la temperatura corporal o el equilibrio.  Más arriba, en el centro, se encuentra el cerebro emocional, evolutivamente más reciente y compartido con el resto de mamíferos. Se trata de la zona límbica, donde se regulan nuestras emociones básicas como la alegría, la tristeza, la repugnancia o el miedo. Más arriba, cubriendo al cerebro límbico se encuentra el córtex o corteza, el más reciente evolutivamente y donde se regulan los procesos que entendemos como más genuinamente humanos, como es el caso de la autoconsciencia , la resolución de problemas, la  planificación a largo plazo o el lenguaje. Estos tres cerebros están anatómicamente relacionados con los sistemas de memoria que vimos anteriormente. Los recuerdos explícitos asociados fundamentalmente al córtex y los implícitos al cerebro reptiliano y mamífero.

De forma usual, la información de todos nuestros sentidos entra en el cerebro y se centraliza en una zona llamada tálamo. Allí se organiza toda la información en un todo coherente como si pudiéramos responder a la pregunta ¿Qué me está sucediendo ahora? A partir de ahí la información puede tomar dos direcciones. Por un lado, puede ir a la corteza donde será procesada. Pero también va a la amígdala. Van der Kolk la denomina el “detector de humos del cerebro” y Goleman “el centinela”. La amígdala se encarga de detectar eventos peligrosos para nuestra supervivencia. Para ello se sirve del hipocampo. El hipocampo es una estructura cercana cuya función es relacionar la información entrante con las experiencias vividas en el pasado. Si la amígdala percibe una amenaza se comunica instantáneamente con el tronco cerebral y el hipotálamo, activando las hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina y el sistema nervioso autónomo para que todo el cuerpo pueda involucrarse en la respuesta. Esta “decisión” se produce antes incluso de que seamos conscientes de ello. Cuando nos damos cuenta puede que ya estemos en movimiento. Va a atacarme un perro rabioso y salto corriendo al otro lado del muro sin darme siquiera cuenta de ello.

Si la amígdala percibe una amenaza se comunica instantáneamente con el tronco cerebral y el hipotálamo, activando las hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina y el sistema nervioso autónomo para que todo el cuerpo pueda involucrarse en la respuesta. Esta “decisión” se produce antes incluso de que seamos conscientes de ello. Cuando nos damos cuenta puede que ya estemos en movimiento.

Cuando el estrés es enorme, como sucedía en las experiencias bélicas de los veteranos, la amígdala emite una respuesta tan urgente que el paso de la información a la corteza cerebral se ve interrumpido. Es el paso a la corteza, donde se encuentran las memorias episódicas y declarativas, lo que permite que procesemos la información, la configuremos como un relato y podamos acceder a ella de forma intencional o recrearla al modo onírico que describimos anteriormente. Si esa información no accede al córtex para ser integrada y configurada permanece desordenada e inconexa. Cuando algún detonante la despierta, no está la memoria episódica o declarativa para darle sentido. Alguien puede ver un rostro parecido al del abusador y siente angustia corporal, miedo y deseos de huir, o bien queda paralizado por el terror, pero no sabe por qué le sucede. Alguien puede oler en el vestuario del gimnasio un sudor parecido al del abusador y sentir de repente una intensa oleada de asco, una repugnancia visceral que no sabe con qué relacionar. Cuando las memorias son evocadas no lo hacen como un relato o un episodio vivencial, sino a fragmentos. Es el olor a pólvora de los soldados, es la sensación corporal de presión en el pecho o tensión en los hombros. Muchos de los recuerdos de víctimas de ASI no están integrados en su memoria autobiográfica, no son accesibles a la memoria explícita y permanecen larvados en las partes evolutivamente más antiguas de sus cerebros. Integrar dichas memorias emocionales y corporales con el resto de experiencias vitales de modo que sea explícitamente accesibles para su elaboración es parte crucial de la sanación. Aunque doloroso, la recuperación de los recuerdos disociados del ASI abren la puerta a que esta integración pueda producirse.

Por otro lado, una sobreestimulación crónica de la amígdala, en expresión del Van der Kolk, sobrecalienta el sistema de tal forma que el detecto de humos se estropea y funciona en exceso. “Todo me parece enormemente difícil, incluso pedir un café en un bar puede ser un desafío para mí”, explica una víctima de ASI. La amígdala, sobreestimulada, estresa al organismo incluso en ausencia de peligros reales, prácticamente por defecto.

CONGELACIÓN

En línea con lo anterior, cuando la amígdala orquesta una respuesta rápida de supervivencia, encamina al organismo en dos direcciones: luchar o huir. La lucha o huida son dos formas de defensa que compartimos con gran cantidad de animales. Ante un peligro nuestras extremidades se llenan de sangre para la acción (podemos sentir hormigueo en las brazos y piernas, así como intensas palpitaciones), la tasa respiratoria se incrementa, los músculos se tensan prestos al ataque o la carrera, la atención se concentra en el peligro (nada más importa ahora) y toda la energía se reúne en un solo propósito: sobrevivir. Pero qué sucede si la fuente de peligro no permite la lucha o la huida. Si el animal está acorralado sin posibilidad de defensa, incapaz de luchar por la desproporción del agresor y acorralado sin vía escape. Cuando la lucha y la huida son imposibles suele activarse otra respuesta: la congelación. Algo así como “hacerse el muerto”. El corazón entra en bradicardia y la conciencia se nubla apartándose de los sentidos. En el caso de una violación la víctima puede atormentarse por no haber reaccionado. En congelación la garganta se cierra, los músculos se paralizan y la consciencia se nubla produciendo un apartamiento de la consciencia. En ocasiones, la disociación es tan intensa, que las personas se describen como fuera de sus cuerpos, como si no les estuviera sucediendo a ellos o tan solo logran recordar un detalle de la habitación, un cuadro al que miraban mientras sucedía. La integración de la información ha colapsado. Lo que, como hemos visto anteriormente, no quiere decir que la experiencia no esté siendo memorizada, aunque fragmentariamente, por otras zonas cerebrales.

Una de las consecuencias de vivir una situación así a largo plazo, es decir, verse sometido a un escenario estresante de forma continuada, frente a un abusador ante el que no cabe la defensa ni la huida, como sucede en los casos de ASI, hace que el organismo se vuelva más proclive a entrar en congelación. A veces, un estrés social aparentemente mínimo para un observador externo puede desencadenar una respuesta de congelación en una víctima de ASI en la edad adulta. Por ejemplo, estar ante un grupo de desconocidos en una fiesta puede ser altamente estresante. Cualquier interacción social que suponga un desencuentro desafortunado en ese contexto puede desencadenar una respuesta de congelación. “No me salía la voz, me quedé como atascado, no podía moverme, me quedé con esa cara hasta que se marcharon, no sé que pensarían de mí. Luego me aparté, estaba muy angustiado, tenía ganas de huir de allí, pero no sabía cómo, no podía. No creo que se me notara desde fuera. Me quedé el resto de la fiesta pero en realidad no estaba allí.  Tampoco es que estuviera pensando en nada. Simplemente no estaba. Aguanté como pude hasta el final. Luego en casa estuve fatal el resto del día”. Este es el relato de una víctima de ASI que, acompañando a su hijo pequeño una fiesta de cumpleaños, se vio inteperledado de broma por unos padres a los que apenas conocía.

El hecho de que los abusos sumerjan a la víctima en respuestas de congelación favorece los mecanismos disociativos que definen este tipo de amnesia. 

RESUMEN

El psicólogo norteamericano Mic Hunter usa el siguiente símil. “Si es costoso mantener un hecho en secreto para otras personas, imagina el coste de esfuerzo y energía de mantenerlo en secreto para nosotros mismos”. Toda esa energía y esfuerzo no está disponibles para otras áreas de la vida. A lo largo de esta entrada hemos recopilado varias de los conocimientos actuales que permiten elaborar explicaciones para la amnesia disociativa en casos de ASI. Como la forma en la que se produce la consolidación de las memorias a largo plazo, el funcionamiento de la evocación de recuerdos (dependiente del contexto y del estado emocional), el procesamiento modular de la información por parte del sistema nervioso humano, la contradicción de impulsos provenientes del sistema de apego y los sistemas de autoprotección, los fenómenos disociativos o las respuestas de congelación.

Deseamos que esta entrada aporte comprensión a las víctimas de ASI que han padecido amnesia disociativa, así como a los profesionales, permitiendo una guía para el proceso terapéutico. Se dice que a veces lo más práctico es una buena teoría. El grado de desconcierto de las personas que recuperan los recuerdos de abusos alcanzan cotas de desconcierto y confusión difíciles de imaginar. De este desconcierto y confusión se hacen partícipes en ocasiones los propios terapeutas que les atienden. Disponer de una base sobre la que apoyar y dar sentido a estas vivencias puede ser de gran ayuda. En una próxima entrada aportaremos algunas descripciones y experiencias  prácticas para el trabajo terapéutico en casos similares.


[1] Richard B. Gartner, Beyond Betrayal: Taking Charge of Your Life After Boyhood Sexual Abuse (Hoboken, NJ: John Wiley & Sons, 2005), 55

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